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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .15

Hay días, Amelia, en que no está uno para nada.

Se ha pasado la semana sin atar una escoba. Cierto que he cumplido con tertulias y recitales, he asistido a las últimas clases de catalán antes de las vacaciones que ya tenemos encima y hasta he reparado el agujero en la pared del comedor, originado al descubrir, en el cuarto de baño, el conducto del agua para que el lampista reparara la avería que nos surgió hace algún tiempo. Sin olvidar otras obligaciones autoimpuestas. Sin embargo me encuentro así como inapetente, abúlico, vacío, sin ganas de hacer nada, nada importante, entiéndeme. Pasa el tiempo y las musas pasan de mí. No escribo; e incluso esta carta es firme candidata a ir al cubo de la basura digital. He dejado pasar varios certámenes a los que quería presentarme y tengo trabajos pendientes que se van acumulando por ser incapaz de llevarlos a buen puerto. Compré en Valencia en la mañana del primer sábado de abril catorce libros de poemas, la mayoría de la editorial Devenir, y uno de relatos de Ángeles Mora. Los relatos los he leído en el tren en mis viajes a Barcelona y Cornellá, mas los poemarios, ya catalogados, eso sí, están sobre la mesa esperando la mano de nieve que acaricie sus estrofas. Y es que hay días, ya te digo, que no está uno para nada, ni siquiera para escribir los versos más tristes esta noche.  ¿Será que echo de menos a mi mujer? ¡Ay, demonios! ¿Será que han fallado ya trece certámenes a los que me he presentado en lo que va de año sin resultado positivo alguno? ¡Ay, diantres! ¿Será que me hago viejo o que la forma en que aprovecho mi tiempo no es la correcta sabiendo, como sé, que a la muerte cualquier día le da por decir hasta aquí hemos llegado, majete? ¡Ay, cojones!

Definitivamente, hay días en que no está uno para nada, ni para echar un buen polvo. Tal vez debería hacer la declaración de la renta a ver si me devuelven algo de lo que ya pagué o irme a Madrid a pasear por el Retiro de mano de la tristeza, como paseamos cuando me dijiste, mirando las barcas con enamorados, que lo nuestro era imposible. ¿O fui yo quien lo dijo porque comprobaba que nuestro posicionamiento ante la vida era radicalmente distinto y que abrazar tu cuerpo no producía en mí aquel estremecimiento que presentía vagamente al enviarte palabras de amor, palabras, en las noches en que sí podía escribir los versos más tristes y nostálgicos, si se puede tener nostalgia de lo que se desconoce?

¡Ay, Amelia, qué solos, qué vacios se quedan, a veces, los vivos!

Hay días… Pero me salva el escribirte y el haber parido, aunque pocos lo sepan, alguna línea memorable en otro mismo verso endecasílabo. Y también el haber sacado este domingo en una mañana luminosa, los versos a la calle conmemorando el 88 aniversario de la proclamación de la Segunda República. Hay días que se curan con otros días.

Hasta otro día, querida mía.

Publicado la semana 67. 14/04/2019
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