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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .13

Este 2019, Amelia,

La Fundación de los Ferrocarriles Españoles ha vuelto a convocar los premios del tren “Antonio Machado” de relato y poesía. No lo hacía desde 2014 cuando Felipe Benítez Reyes, a quien conocí en su Rota natal el pasado año, se llevó el premio de relato. Años antes le otorgaron el de poesía. Casi un lustro ausentes de las páginas que anuncian certámenes y de los correos de escritores varios, vuelven estos premios que yo descubrí allá por la primera mitad de la década de los setenta, cuando aún nos escribíamos cartas y nos despedíamos con te quieros y besos de viento al final de aquellas misivas perdidas, epístolas tiernas y olvidadas, distorsionadas por el recuerdo como el de los jóvenes que fuimos. Debió ser en segundo o tercero de oficialía, creo que fue el padre Fierro quien nos leyó en clase el relato ganador de aquel año. No recuerdo el autor, pero iba de un maletilla que viajaba de capea en capea colándose en los trenes de mercancías. Este padre Fierro, fue quien me dirigió, acabada la maestría, al colegio de San Pedro Regalado donde di clases un par de años, de taller el primero; taller, tecnología y dibujo, el segundo. Algunos de mis alumnos eran mayores que yo. Gail, jugador que fue del Valladolid y del Betis, también lo era, alumno, no mayor. Y este mismo padre Fierro, a quien recuerdo con cariño por sus ideas discordantes con la moral y la ética imperantes en el tardofranquismo, dejó, años después, los hábitos y contrajo matrimonio. No me venía su nombre a las mientes y he recurrido a la asociación de antiguos alumnos de Cristo Rey para encontrarlo. Y en su página web, entre viajes, celebraciones y comidas de hermandad, he comprobado, buscando en sus rostros actuales un atisbo de los jóvenes que fueron, que el tiempo no se detiene, que se ha llevado por delante padres, profesores e, incluso, antiguos alumnos. He vuelto a ser aquel estudiante que escribía versos y hacía juegos de manos, que fumaba Celtas cortos a escondidas los días laborables y Rex o Mencey los fines de semana, que te amaba y te dirigía cartas de amor, cantos de vida y esperanza. Aquel joven, ya mayor, que fumaba libremente en clase y en la calle, que viajó a Madrid y dejó de soñar y de escribirte después.

Ya en Catalunya, participé, al menos dos veces, en el Premio de Narraciones Breves "Antonio Machado", una de ellas en 1989, año que lo ganó Jesús Torbado con “La voz del Centurión”, relato que me enviaron por correo y aún conservo. Y digo dos veces al menos, porque guardo los dos cuentos de tema ferroviario que envié y no tuvieron suerte, pero son susceptibles, creo yo, de una posible edición, junto a otros inconclusos o acabados que aguardan tiempos mejores: "Cabellera de trenes" habla de los trenes del recuerdo y un amor imposible, en “El puente” el amor también está presente bajo un puente del ferrocarril y con la guerra civil a punto de acabar. A partir de 2012 se concedía también el Premio de Poesía y pasaron a denominarse Premios del Tren. En 2007 escribí diez sonetos que con el socorrido título de “Cabellera de trenes”, formaron mi primer asalto fallido al convoy de los versos, diez sonetos donde los recuerdos infantiles viajan en trenes de vapor hasta las ciudades futuras. Al año siguiente en Palau de Revardit les dieron una mención honorífica en los premios “Sant Jordi que se convocaban allí y figuraron junto a más poemas míos y de otros autores, en la página Plomes Poètiques del malogrado Emilio Pérez Delgado, hasta su desaparición. Volví a participar cuatro veces más, desde entonces a 2014, pero ganar el “Antonio Machado” es difícil. Restan cuatro poemas en verso libre, alguno publicado ya, que conformarán los “Poemas del tren” en una futura recopilación de trabajos que algún día verán la luz. Ahora ando preparando – después del “Ángel García López” todo es posible- un nuevo asalto al tren de los versos.

Los trenes de vía única Valladolid-Ariza…, pasaba en la mañana el correo hacia la capital castellana y volvía por la tarde, pasaba el rápido entre los pinos y largos mercancías pasaban. Desde la puerta trasera de casa, que daba al corral y al arroyo, los veía pasar y contaba, contábamos, los vagones del convoy que iba tomando velocidad, o reduciéndola si se dirigía a la estación. Cuando estudiaba interno en Cristo Rey, a veces pasaba el fin de semana en el pueblo y volvía el domingo en un vagón de tercera machadiano de aquel tren de madera que cantó Víctor Manuel, recorriendo el camino inicial, Tudela, Laguna, Valladolid, de las primeras cartas que te envié desde la infancia perdida. La última, Valladolid-Madrid, la recorrería después, en la amorosa juventud, para tomar tu mano por primera y última vez… Ahora viajo frecuentemente en trenes de cercanías y aprovecho para leer y ver pasar la vida. Y estas cartas que te escribo no necesitan ya circular por las vías, y el tren ya no pasa por Sardón, y yo ya no cuento vagones porque “quieren huir los trenes por el dolor penetrante del recuerdo,/ cabellera de humo bajo el temblor rectilíneo de la memoria/ y un eco herrumbroso estacionado en la vía muerta/ de los nombres borrados y los vagones desiertos.

Este 2019, Amelia, vuelven, como las aves migratorias de mis cartas, los premios del tren. Que la suerte nos sonría.

Publicado la semana 65. 31/03/2019
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