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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .12

Querida Amelia,

Me dijiste en tus primeras cartas, intercambiadas ya aficiones, señas físicas, anhelos y aquellas primeras fotos en blanco y negro, tú en bañador, oculto el cabello por una gorrita beige, los incipientes senos bajo la tela estampada –que el brial quieren romper-, el  Mediterráneo a la espalda y el sol cayendo por tus párpados  de sirena, yo..., no recuerdo que imagen congelada te envié en recíproca correspondencia. Me dijiste que estabas enferma, que sufrías convulsiones, ataques epilépticos que iban remitiendo con la medicación y que hacías vida normal, aunque tenías que vigilar tu salud. Algún tiempo después, tenía trece años, debí contarte el episodio dominical acaecido después de misa -a veces acudíamos a la iglesia para reunirnos allí y decidir donde acabaríamos la mañana- después de misa comencé a sentir un malestar general y un fuerte dolor en el pecho que hizo que volviera a casa antes de tiempo y me acostara. A la hora de comer fui incapaz de probar bocado y torné al lecho. El médico, el joven don Tomás por aquella época, no estaba en el pueblo. Llegó ya anochecido y diagnosticó  pulmonía doble. Es grave, dijo. Antibióticos inyectados al canto. No se puede hacer más, dijo, si aguanta esta noche, saldrá de ésta. Mis padres y mi hermana se turnaron para vigilar mi entrecortado respirar. Don Tomás se pasó varias veces a controlar la evolución de los maltrechos pulmones. De madrugada vinieron a buscarme para cargar un camión de pollos. Un buen dinerito que volaba… Las inyecciones hicieron su labor y todo quedó en un susto. Tiempo después me contaste que la epilepsia estaba vencida tras dejar gradualmente de tomar tu medicación. ¿Fue entonces, vencedores del mal ambos, cuando decidimos declararnos amor eterno? Paraules d'amor, paraules, palabras sin contacto alguno entre los labios que las soñaban y las manos que les daban forma. Germinaba el poeta ante tu imagen marina, buscaba poemas de amor para decir te quiero y dormía soñándote, superponiendo tu imagen a las canciones que escuchaba en atardeceres románticos y encendidos. Si toqué otra piel femenina alguna vez, fue por ponerle tacto a la tuya, por acariciar el sueño, por oler tu aroma en la letra redonda y el mechón moreno que te cortaste para mí. No sabíem més, teníem quinze anys… Aún faltaba tiempo para tomar tu mano entre las mías y decirnos adiós. Y para entender las palabras de Joan Manuel, su catalán del Poble Sec y su peripecia vital.

Ella qui sap on és,
ella qui sap on para.
La vaig perdre i mai més
he tornat a trobar-la.

Publicado la semana 64. 23/03/2019
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