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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .11

Amelia, mi Beatriz, mi musa,

¿Qué te contaba, qué te decía yo entonces? Tú me viste nacer cómo poeta, ¿te lo decía en mis cartas, o callaba porque aún no me lo creía, porque componer poemas era un ejercicio de redacción como escribir un cuento, pero más fácil, al menos para mí, o porque el hormigueo que sentía en el corazón al concebir versos no era cosa para compartir con nadie de la noche a la mañana?

Por aquellos tiempos poca poesía o poetas conocía: algo del Romancero, los vates bendecidos por el régimen -o larga dictadura- que figuraban en enciclopedias y libros de texto, versos o canciones de carácter religioso que mi padre decía, el Juan Ramón de Platero y yo, aquel Recuerdo Infantil y escolar del Antonio más melancólico… y la Canción del pirata de Espronceda o La marcha triunfal de Rubén, que jugábamos a memorizar en tardes monótonas de celtas cortos fumados a escondidas en patios despoblados y apartados. Aún sería capaz de recitar cualquiera de los dos, algún romance antiguo y el padrenuestro, sin soporte escrito. Alguien en el colegio escribía versos -yo era más de prosa, la poesía, ya digo, no me atraía- y alardeaba tanto que me vi obligado a tantear la lírica por someter lo escrito a ignaros dictámenes ecuánimes. Y salí victorioso. Y alterno prosa y verso desde entonces, aunque la balanza, con el tiempo, se decantó más por los vericuetos medidos y acicalados de la inspiración poética. ¿Por placer, por facilidad, por emoción, por pasatiempo? Porque hay poeta, como dijeron años después en el parnaso cervantino, una mañana dominical y veraniega. Yo lo creí entonces. Y, en ocasiones, aún lo creo. En ocasiones veo muertos.

¿Cómo era, Dios mío, cómo era? / -¡Oh corazón falaz, mente indecisa!- No puedo recordar, tampoco quiero urdir tramas posibles, y te reseño lo que debí contarte y olvidé. Recuerdo sí, poemas cortos, alguno te envié dedicado a la virgen aquella que dicen que fue madre de un dios, poemillas iniciales y malos que he perdido, incluso el que te dediqué a ti, mi musa primera, cuando descubrí que todo amor ha de tener su mármol y su día, / su infalible mañana y su poeta, su Leonor, pero también su Guiomar y su papagayo verde. Porque uno tiene, sin saber por qué, sus preferencias, adquirí Campos de Castilla, una Antolojía poética, con jota, y, más tarde, el Romancero Gitano, una pequeña recopilación de poemas de Miguel Hernández y las Antologías de Diego unificadas y reeditadas en un sólo volumen. También leía en la biblioteca a Aleixandre y Salinas. Iba, […] sobre la madera / de mi vagón de tercera, reinventando paisajes. Recuerdo aquel poema, ¿Qué te pasa, Castilla, que te vistes de gala…?, con que participé por vez primera en un certamen literario, aquellos otros que me publicaron en el suplemento literario del Diario Regional, recuerdo vagamente a los poetas que conocí entonces, a las musas sucesivas de carne y hueso… Pero he olvidado el poema perdido que te escribí.

He perdido tu poema como tantos otros nonatos, asesinados, olvidados… Quizás por eso te escribo ahora, musa mía del olvido, en esta segunda vida o juventud que el azar -¿hay un dios?- me concede. Por eso te escribo ahora, semana a semana, golpe a golpe, latido a latido de mi lento corazón desmesurado…

 

Publicado la semana 63. 17/03/2019
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