Semana
06
Jesús Andrés Pico

Abuelo sin nietos

Género
No ficción
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A Ana, con todo mi cariño

 

Hay meses emotivos por diversas razones. Febrero es uno de ellos. Se notan ya los días y los almendros florecen en el cálido engaño de sus soles / que han de caer rendidos a la helada. Y en febrero nació mi padre (meses después lo haría Luis Cernuda, poeta sevillano  del que probablemente no oyera hablar nunca) en la Quintanilla vallisoletana que acabó siendo de Onésimo Redondo. Con los ojos de mil novecientos dos / … / colgando en los aleros de la luna, acudía a la Casa del Pueblo socialista y, los domingos, a la Iglesia. Trabajó en los viñedos de Vega Sicilia, plantó pinos por la zona de Sardón y fue segador por toda Castilla. La guerra le pilló mayor y no le llamaron a filas. Su hermano Victoriano, menor que él, quedó ciego en el frente. Militaba en el bando rebelde que a la postre acabó ganando aquella contienda cainita y fue considerado caballero mutilado de guerra con todas las prerrogativas que ello representaba. Andrés, mi padre, que había eludido las purgas falangistas, acompañó a su hermano al norte, puede que a Oviedo, donde se repuso de sus heridas y aprendió a valerse por sí mismo. Una enfermera se enamoró de Victoriano, pero éste no quiso renunciar al amor de su vida y volvieron a Quintanilla. Su padre, Jacobo, fue el único abuelo que alcancé a conocer. Andrés, hubiera querido quedarse en Asturias, pero acabó recalando en Sardón de Duero para casarse con una sobrina del gran dulzainero Mariano Encinas, trece años menor que él, Carmen, mi madre. En 1949 nació mi hermana y en 1956 lo hacía yo. Mi padre tenía 54 años.

Pasado un tiempo, en Valladolid, donde a veces me llevaba, al entrar en una tienda el dependiente se refirió a mí como si fuera su nieto. A él no le sentó muy bien y tras reafirmar su paternidad, abandonamos el local. Trabajaba en La Granja, donde se jubiló a los 66 años. Mi hermana contrajo matrimonio a principio de los setenta y, tras unos años en Suiza, se instaló con Santiago, su marido, en Sabadell, población en la que acabé recalando también con mis padres. Aunque mi hermana y yo, por edad, podíamos haberlo sido, incluso habérselos dado, mi padre fue un abuelo sin nietos. Ana no lograba quedarse embarazada y yo permanecía soltero cuando, alrededor de los idus de marzo, la repetición de una embolia acabó con su vida. Tenía 80 años y una gran vitalidad. Hay meses aciagos. Marzo es uno de ellos. En marzo … no habrá lápidas, ni mármol blanco, / ni humilde cruz donde carcoma habite, / ni tierra donde el llanto de las nubes / penetre hasta el olvido.

Sólo alcancé, como he dicho, a conocer al abuelo Jacobo a quien recuerdo vagamente postrado por la enfermedad. Mis hijos conservan los abuelos maternos y tuvieron cerca a mi madre hasta que en 2006 nos dejó con 91años. Tengo edad para ser abuelo y ya era padre con la edad de mi hijo menor. Mi padre se casó mayor y lo pagó con no ver a sus nietos. Yo no quise repetir su error, pero mis hijos no están por la labor de perpetuar el apellido. Tenemos sobrinos, hijos de algún hermano de Felicidad, mi esposa (A ella en Valencia, donde viven, ya la han confundido con la abuela de alguno), pero no es lo mismo.

No es que quiera ser abuelo a toda costa. Incluso, en estos tiempos tan difíciles para la clase trabajadora, el ser abuelo sin nietos no está nada mal. Por de pronto, iré dando hijos literarios para que, al menos, no se pierda mi apellido, aunque hay muchos Pico por el mundo, como deja constancia una página de Facebook. Mientras tanto, ya estuve muerto una vez, mis padres me esperarán junto a Cernuda

Allá, allá lejos;

donde habite el olvido.

 

Nota: Los versos en cursiva que aparecen en el texto son míos, salvo, lógicamente, los dos últimos.

Publicado la semana 6. 06/02/2018
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