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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .7

Amelia,

Porque tu nombre es Amelia, mi carta va a buscarte una semana más, impelida por un enjambre de carteros sin aguinaldo. Llega a ti entre una nube de nombres. Nombres que me van viniendo a la memoria en este día del amor celebrado para mayor gloria del consumismo y de El Corte Inglés.  Nombres como Teresa y un vagón de tren, María del Camino y aquel baile de pueblo junto al Duero o Martha Lucía, mi truncado amor venezolano. Nombres que no recuerdo, que quizás he olvidado para siempre, asociados a cuerpos femeninos de prohibidos aromas y roces dactilares en la semioscuridad cómplice de alguna discoteca, los bailes del colegio o el último guateque. Nombres que tiemblan en mis versos de entonces: Fuencisla Marta, Mari Mar, Mónica, Mina… y Altair: puse tu rostro a una estrella / y fui viviendo de amor. Nombres posteriores y un solo nombre: Felicidad. Nombres con rostros que el tiempo difumina, nombres propios que se alejaron del mío, salvo uno que ha ido cambiando, madurando conmigo por un territorio de nieblas y de olvido, de ausencias y alegrías. En el nombre se halla el ánima de las personas, el alma de las cosas. Cuando el hombre puso nombres a los animales asistió a una segunda creación. Cuenta la Biblia que Adán, el hombre puro creado por Yahvé, iba denominando a todos los animales para que, tiempos después, Noé no se armara un lío del carajo al embarcarlos en el arca. Bonitas leyendas para referir milenios de desarrollo, o más bien de opresión. Aquí tú, tan religiosa, tan católica, te mostrarás ofendida y yo me reafirmo, no ya en el agnosticismo de aquellos años, el opresivo ambiente que se respiraba en la incultura generalizada o la educación tutelada por la religión para mayor gloria del imperio que se sacó de la manga un dictador de voz atiplada y sangre en las cunetas aún pesaba en el ánimo de aquel joven poeta desorientado, sino en el ateísmo liberal y discursivo que las naciones libres, ¡ay, España triste!, profesan y llaman laicismo. 

Pero sigamos con el amor y los nombres, que de religión y tiranías ya hablaremos otro día. Dicen que un hombre no es hombre / hasta que no oye su nombre de labios de una mujer, escribió Antonio Machado, y Luis de la Hera: mi nombre era mentira / hasta que lo pusiste en tus labios. A mí, Amelia, me gusta dibujar tu nombre en la arena donde lenguas de mar, manos de viento lo borren,  lo hagan suyo, lo recojan, se lo lleven, por eso te escribo en la playas del mar y los olvidos, entre un enjambre de carteros sin rostro y nombres sin destino o un destino distinto al que soñaron todos los adanes y adanas del mundo al nombrar a sus vástagos como dios les dio a entender, o sea mal. Pero al final el nombre cumple su función. Y aquí me tienes a mí tratando de recordar todos los nombres que el amor tenía, tan solo para decirte que te quise, tú ya lo sabes, y te quiero aún, porque con la edad el amor deviene en poligamia de nombres y revoltillo de recuerdos.

Y entre los nombres comunes, el amor. El amor nos ha llegado hoy, en una cantinela de guiños e imágenes repetidas, a través de los grupos de wassap y las redes sociales. Pero tú y yo sabemos que el amor es mentira, que este desfile de rosas y labios hechos para el beso no son sino imágenes que pierden lozanía como las metáforas que se transforman en lugares comunes. Y es que los dioses ya no aman. Y así nos va a nosotros, perdidos entre políticos procesados y políticos que no dan la talla porque saben que el pueblo es visceral a la hora de amar y de votar. En España, cito de memoria, de cada diez cabezas nueve embisten y una piensa. Mucho pensar me parece, Antonio.

En fin, sigamos con los convencionalismos, querida mía. Si estás enamorada y puedes hacerlo, disfruta lo que queda de día, noche ya, con tu amado. Y continúa amando mañana y el resto de tu vida.

Un beso y una flor,

Jesús

Publicado la semana 59. 14/02/2019
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