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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .5

Amelia,

Qué puedo decirte hoy desde el recuerdo borroso de aquellos años en que te descubría y me descubría a mí mismo. Eras la muchacha mecida por el río, la corriente encantada del verano que no llegaría a pasar por tus manos. Eras la niña-mujer secreta que vislumbraba en juegos infantiles al espiar bajo el columpio el color de los muslos de las mellizas cuyos pechos comenzaban ya a florecer queriendo romper el brial de la inocencia. Te escribía sin decirte aún mis sentimientos más íntimos, los sueños alimentados por tanta lectura revuelta, caótica y desnortada que ocupaba mis horas de asueto. Ese revoltillo informe de géneros de todo tipo, TBO, Tio Vivo, Pumby, Hazañas Bélicas, Flecha Roja, El Jabato, El Capitán Trueno, Pantera Negra…, pero también novelas del oeste y de Carlos Santander, fotonovelas, y hasta La Codorniz. Y Dostoievski, Hugo, Dumas padre, Van der Meersch, El Quijote, La Bilbia, la parte digerible de la enciclopedia Álvarez y ciertos libros de texto, algún diccionario, revistas de moda o cine,  un libro que resumía las 100 mejores novelas de la literatura universal, otro de prestidigitación… Y más lecturas que no recuerdo o no vienen al caso.

Eran tiempos de indagación y asombro, de placer obtenido a través de tanta letra descarriada en tardes de sol y umbría y noches de frío y brasas. Eran tiempos de creer y de crecer. Y Allí estabas tú, tenue nube de lejanía que lo mismo me ofrecía luz entre celajes que desataba una clamorosa tormenta. Y allí estaba yo, imaginando, soñando, haciéndote participe de mis ilusiones que era un poco como materializarlas. Escribirte era ser ya escritor, mago y hasta mecánico con taller y futuro resuelto si lo anterior, como parecía lógico, no daba para comer y fundar una familia. ¿Te conté que había dejado la escuela, que trabajé por primera vez a cambio de un sueldo aquel verano, que quería ser escritor, pero, por si acaso, estudiaba mecánica por correspondencia?

¿Qué leía mucho, estaba enamorado de una actriz, y Teresa, jugando, me besó cierta tarde en un vagón apartado? ¿Llegué a hablarte de Teresa? ¿Te conté que María del Camino estuvo  bailando conmigo en las fiestas de Olivares y dejó que la acompañara a casa cogidos de la mano? ¿O no te dije nada porque tú eras también Teresa y María del Camino, tú eras, también, todas aquellas adolescentes de los bailes de colegio con olor a fruta íntima y prohibida que llegaron después cuando ya te decía querida Amelia en mis cartas y había hecho aparecer un conejo del interior de una chistera?

Eran tiempos de asombro y dudas. Ahora son tiempos de agua distorsionando recuerdos, de imaginar vidas posibles y amores que no fueron. Yo tenía, mirad entre mis dedos el polvo, / en las manos un río. Son tiempos de vivir pese a todas las lágrimas derramadas y tanto nombre amigo rodando por el polvo, de seguir palpitando, de hacer lo que entonces no hice (eran otros tiempos, otras circunstancias y otro yo distinto al que soy ahora.) Por eso te escribo y te escribiré siempre. Te diré lo que nunca dije, te contaré cosas que acaso ya conozcas y confundiré nombres y fechas, sentimientos y deseos, días y noches. Te escribo porque tú me escribiste y aún me escribes sin querer, porque, ya lo dijo Miguel: “ Aunque bajo la tierra / mi amante cuerpo esté, / escríbeme, paloma, / que yo te escribiré".

 

Buscaré en mis recuerdos tu próxima carta para contestarte a vuelta de correo.

Publicado la semana 57. 31/01/2019
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