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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .3

Amelia:

Conservé tus cartas durante varios años junto a un diario que comencé a escribir tras nuestra ruptura. El diario, aunque intentó dejar constancia del día a día de un joven aspirante a escritor, de un poeta en ciernes -hay poeta, sentenció alguien y la prensa de provincias así lo recogió tras la primera lectura en público de mis poemas aquella luminosa mañana de mayo en la biblioteca de la casa de Cervantes, donde volví el pasado año por recobrar el tiempo ido, quizás, también, éste sea el verdadero motivo de las cartas que te escribo ahora. Ya me agradaría tener el versado y nutrido auditorio que tuve entonces. Hay poeta si el trabajo y el empeño no cejan, pero el poeta, como el hombre, era inconstante. El diario, iba diciendo, devino al final en mero lucimiento de escritor novato que veía los encuentros con las letras de la dos y las jugosas entrevistas de Joaquín Soler Serrano a personajes relevantes de la cultura, bien a fondo, como sabes, o la clave de Balbín, mientras, en la medida de sus posibilidades, intentaba crear una biblioteca personal un poco a salto de mata. Las anotaciones se fueron espaciando hasta que un buen día dejé de escribir en él. Por entonces pensé que mucho más interesante que un diario era la narración de un amor roto, nuestro amor, a través de las cartas que te dirigí. Cartas que habría de reescribir a partir de las tuyas que, como ya sabes y recordé la pasada semana, no tenían fecha, aunque en aquellos tiempos aún estaban más o menos ordenadas. Y así nació la idea de este epistolario de Amelia que contaría también con tus propios textos en una interactiva relación de ida y vuelta. Pero quedó en uno de los muchos proyectos literarios que no acabaron de cuajar y se perdieron por el camino de la vida.

La idea del epistolario rondó por mi cabeza durante años, curado ya de espantos y cicatrizados otros amores imposibles. Tus cartas viajaron conmigo esperando la mano de nieve que supiera arrancar tanta vida dormida en sus letras, hasta que, cumplidos los cuarenta (si a los cuarenta años no has logrado hacer realidad tus sueños, olvídalos), las destruí junto con el diario y algunos escritos de juventud. Y no lo hice entregándolas al fuego, hermosa imagen para un trágico final. En vez de ello las introduje en una bolsa y las arrojé a la basura (no recuerdo si ya había contenedores o se dejaban las bolsas en una esquina de la calle, en cualquier caso no se reciclaba como ahora), un modo desdeñable y anodino de desaparecer. Pero, ¡qué le vamos a hacer si no había poeta, ni escritor, ni leches! Entonces dejé de escribir. Y sin escribir sigo, aunque me engañe a mí mismo, con ciertos malabarismos literarios.

En fin, aún conservo tus fotografías para mirarlas de cuando en cuando y afrontar este reto briosamente retomado, antes de que la muerte vuelva a visitarme.

Y en ello ando, ya me dirás si con buena fortuna.

Hasta otra semana.

Publicado la semana 55. 18/01/2019
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