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Jesús Andrés Pico

GENERACIONES

Lo conocí en el último recodo de la noche. Buscaba gastadas palabras, moribundas frases con que entretener sus forzados ocios, en la imposible hemeroteca de los contenedores de basura. Quebraba los pespuntes del rocío con su gabán tejido de cobardes limosnas que nunca solicitó. Recogía caducos enseres y abandonados óleos con que decorar el aire de las paredes de su hogar itinerante. Me recordó aquel mendigo de mi infancia que descubría nuestra miseria de prójimos inútiles y nos convertía en tributarios de su humana intemperie. Un día le ofrecí un cigarrillo, otro un brebaje oscuro y con leche en el café donde acudo aún todas las mañanas. Luego mi costumbre se hizo suya, se tornó su presencia cotidiana, y familiares su voz y sus ademanes, su descuidada barba y sus manos desnudas. Unas veces sonreía y callaba, otras justificaba su fracaso, a veces no aparecía, acaso avergonzado de su errabunda indigencia. En el calor del local y el recogimiento cómplice de la mesa, que día a día se fue poblando de nuevos rostros absortos, habló de los vértigos solitarios del hombre, del proceloso vino comprado con su lástima, del presupuesto de la villanía, del execrable pan con moho caritativo. Conocimos sus penas, sus fracasos, las pérdidas y renuncias de su larga vida. Supimos, aunque ya lo intuíamos, que procedía de una generación escindida, asesinada y olvidada. Hablaba sin rencor, pero le dolían las palabras. Nos contó las terribles secuelas de una guerra fratricida que alargaba sus brazos putrefactos. Supimos de las consignas con que los vencedores despiertan las mañanas. La razón del más fuerte constituyó la sinrazón de su vida. Sobrevivió a los cantos victoriosos que algunos de nosotros aún alcanzamos a escuchar y a las grandilocuentes mentiras panfletarias que jalonaban los caminos de la supervivencia. Simuló alegrías que no sentía, para poder decir ahora su verdad vestida de harapos, la verdad cenicienta que tantos otros se llevaron a la tumba, con sus cuerpos mutilados y sus ideales rotos.

Pronto fue absorbido por la rutina diaria de todos nosotros. Los relatos que nos cautivaron días atrás iban perdiendo interés. Sus opiniones sobre la actualidad resultaban trasnochadas. A finales de aquel invierno, mientras los empleados municipales de parques y jardines podaban las ramas bajas de los árboles que yo he visto crecer, se fue espaciando su presencia, hasta que dejó de asistir al rito del café y la palabra. Nosotros volvimos a la rutina anterior: fútbol, política de andar por casa, tragedias siempre lejanas… A veces se le recordaba con la amable indulgencia que proporciona la distancia, el tiempo, el olvido. Era de otra generación.

Ahora los árboles dan nuevos brotes sobre las cicatrices de las ramas taladas. Algunas mañanas he visto hurgando en las basuras, tal vez buscando palabras ya gastadas que deposita en la mochila sujeta a su espalda, un hombre aún joven, barba incipiente y manos sarmentosas que le habla a la basura en un idioma extraño. Tal vez le cuente los fracasos y pérdidas de su corta vida. Ayer le ofrecí un cigarrillo.

Publicado la semana 51. 19/12/2018
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