50
Jesús Andrés Pico

UN AÑO, QUIZÁS UN MUERTO, MÁS

  Para vivir un año es necesario

morirse muchas veces mucho.

ÁNGEL GONZÁLEZ

 

 

En los últimos años he muerto de muertes

muchas veces repetidas, pero ciertas.

Muertes pequeñas, anodinas, trágicas,

súbitas, esperadas. Siempre impávido,

con un punto de incrédula certeza,

de escéptica evidencia insoslayable.

He vivido muriendo cotidianamente

como mueren los ríos, segundo a segundo,

palabra a palabra, mar a mar.

 

Se me quebró el corazón aún joven

repentinamente, solo en casa

para que el ser que yo más quiero

descubriera de madrugada mi cadáver

mientras un viento gris agitaba

las crines indómitas del cielo.

“Si ayer hablé con él, ¿cómo es posible?”

dijeron los amigos y lloraban

aliviadamente pesarosos de sentir

que la sangre corría por sus venas todavía

y que el número asignado a su anónima existencia

giraba aún en el bombo de la vida.

 

Por huir de la muerte sobrevolando el aire

de mi país masacrado injustamente

he muerto en las aguas revueltas

que  lamen los pies -o costas-

de este mundo tan ajeno y falaz

que mira desde arriba los mapas

y los hombres manchados por el sol.

He muerto en la tragedia aérea

-otra más- que abrió todos los informativos.

Cualquier fin de semana he muerto también

en la carretera para sumarme a las estadísticas.

He sido mujer para morir a manos

del falso amante que no conoce el amor

y se confiere cierto estatus donde instala

su nivel de primacía siendo un necio,

un lerdo criminal, la negación del hombre.

 

Y he estado muerto, ciertamente, en el frío

aséptico de un quirófano de urgencias,

me lo dijeron días después y no recordé

ninguna luz, ningún túnel, ningún

más allá, quizás tan sólo fuera

que no llegara a darme cuenta exacta

del tránsito ante la rápida respuesta

de los galenos que hicieron latir

de nuevo mi corazón, el mismo

que ahora palpita más lentamente,

como una vieja máquina renqueante.

 

He muerto algún año en Barcelona, París, Londres,

velas y flores mantuvieron el recuerdo

hermanado con el dolor de otras ciudades,

de otros muertos sin culpa y sin remedio.

Entre vientos huracanados y terremotos

que derriban edificios y propician saqueos,

con los pobres he muerto -¡tan lejano!-

y he jugado al dominó con el agua a las rodillas.

Me han disparado también en Norteamérica

y me he ido con algún poeta amigo

a decirle cuatro frescas al dios en quien no creo

mientras se suceden las condolencias

en las redes que lucen para la ocasión

antiguas fotos y versos trasnochados.

 

Para vivir un año más con los recuerdos

que despiertan las mañanas y visten cada día

de indiferencia, ignorancia, olvido,

he muerto, sabed, en cada página

escrita que he arrojado al fuego

-golpe a golpe, semana a semana-

o enterrado en el ataúd sin tiempo

de la memoria. Para vivir, sí,

vivir un año más aunque esté muerto.

Publicado la semana 50. 12/12/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Poesía
Año
I
Semana
50
Ranking
1 177 1