Semana
05
Jesús Andrés Pico

El último asesino (2)

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Relato
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En los pueblos ya se sabe, las cosas son de otra manera, o lo eran antes de la globalización y el éxodo a las ciudades. Entonces veíamos la televisión en los bares hasta que nos echaban, o en casa de algún amigo cuyos padres tenían tierras o uno o más negocios que les permitían ciertos lujos. Pero lo normal era pasar de ella y jugar hasta bien entrada la noche e intentar colarnos en el cine los fines de semana y ver alguna película para mayores.

Se jugaba en las calles porque se vivía en la calle. Había juegos que iban y venían, por modas o por épocas, juegos estacionales, juegos para los recreos, para las tardes noches, de más grandes y más chicos… Y juegos muy, muy bestias: “Me habéis matado al hijo, pero ¡como me he reído!”, Gila pudo muy bien ser de mi pueblo.

En los pueblos se convivía con los animales, se les sacaba provecho y, si había que matarlos, se los mataba y en paz. Las cosas, ya se sabe, son de otra manera. La gente es más primitiva, más sincera y más cruel. Los sentimientos están a flor de piel y hay odios y inquinas que se perpetúan por generaciones.

Y digo lo de los animales y los juegos porque hubo una temporada en que nos dio por matar gatos, pero no cualquier gato, sólo los callejeros o aquellos que tenían dueños conocidos que no nos caían bien. Cuando el siamés del alcalde apareció colgado en la fuente de la plaza, la cosa pasó a mayores y anduvo una buena temporada la pareja de la benemérita rondando por las calles. Quien más disfrutaba con estos lances era Chus el Humano. Le decían el Humano no porque fuera buena persona, pues era todo lo contrario, si no por la séptima acepción que la RAE da de humanidad, como cuerpo de una persona. Él de esta humanidad iba sobrado. Todo lo que tenía de grande lo tenía de mala persona. Yo nunca congenié con el Humano y es cierto que le maté el gato a su madre, pero pongo la mano en el fuego al aseverar que el mató a varios de los míos. Diente por diente y gato por gato. Aunque él era mayor y más fuerte y cuando nos peleábamos yo llevaba las de perder, me las fui ingeniando para suplir la diferencia de volumen y fuerza con maña y ciertas tretas que me dieron alguna sonada victoria, pero, la verdad sea dicha, siempre preferí eludirlo. Así era la vida en el pueblo. Y así éramos nosotros. Todo muy brevemente expuesto, que de esto se puede hacer un tratado, y sin entrar en consideraciones personales, pues aunque mi vida ha sido dura, no necesito justificarme. El caso, y a ello iba, es que Chus fue mi primera víctima.

 Pablo el Sardinilla era un niño pobre, pero pobre de verdad. Su padre, cojo y feo, mendigaba por los pueblos vecinos. A su madre a veces le daban trabajo en las temporadas de recolección, pero a él nunca. Y eran cinco en casa. Malvivían de la caridad, de huesos mondos para el caldo, pan duro y sardinas pasadas. Al Cojo siempre le acompañaba un perro sarnoso y abandonado al que el Sardinilla le tomó un cariño especial. Un día vinieron de la ciudad para hacer un censo de animales y vacunarlos a todos, en especial a los perros pues algún caso de rabia se había dado. Y el perro que acompañaba al Cojo salió a colación. Éste juró y perjuró que no era suyo y no tenía que hacerse cargo de vacunarlo y ¿de dónde iba a sacar el dinero para ello? El Humano, para ayudarle, se ofreció a sacrificar al animal, pues muerto el perro se acabó la rabia. Y la cosa no habría pasado a mayores si no lo hubiera hecho como lo hizo: haciendo sufrir a conciencia al pobre perrillo delante del Sardinilla. Encontré al Sardinilla golpeado, sangrando, intentando cavar un hoyo donde enterrar al animal que yacía a su lado con las entrañas fuera del cuerpo. Lo ayudé y mirándole a los ojos, le dije: “Yo me encargo.”

Cuando, días después en plena canícula, Chus presumiendo de ser el único en el pueblo capaz de cruzar el puente de lado a lado colgado de los cables que pendían de la estructura y tras el intento fallido de varios mozos que se dejaron caer en el centro del río, donde la profundidad es mayor y la caída, por tanto, menos peligrosa, cuando Chus, digo, se colgó y comenzó a avanzar por el aire, me alejé del lugar. El Humano superó el centro del río y se situó sobre la cepa donde nacía el último pilar, entonces, como mordido por alguna alimaña invisible, se soltó de repente y cayó golpeándose contra el hormigón que se adivinaba a flor de agua. La corriente se lo llevó río abajo. Nadie oyó el zumbido de la china que salió de entre los álamos y fue a impactar contra su sien. Recuperado su cuerpo se procedió al sepelio y, mientras Don Tomás, el párroco, hablaba de la inconsciencia juvenil y de los peligros en que el Maligno, lo dijo así, con mayúsculas, nos pone a los mortales, hasta en los juegos aparentemente más inocuos, me acerqué al Sardinilla y le regalé mi tirachinas. Supuse que le gustaría conservarlo.

Publicado la semana 5. 29/01/2018
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