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Jesús Andrés Pico

LICANTROPÍA

 

Entonces era la luna leyenda. Una zarza, un hombre. Y también un rostro.

Volaba la imaginación en aquel despertar nocturno, la espalda contra el suelo y los ojos buscando estrellas fugaces entre la luminosidad de la vía láctea sobre la meseta.

Paz, asombro. Susurros nocturnos. Y la luna. El ensueño cambiante de la luna.

La luna que luego fue satélite, roca, cráteres, polvo sin viento y una bandera.

Asimilaba la razón las palabras de la ciencia, las imágenes del progreso.

Más tarde se abrió el corazón y la luna me miraba con su polisón de nardos, con un niño de la mano. Veía yo sus senos de duro estaño, oía su retumbar de agua.

Y la sangre derramada surgía por los arrayanes blancos de su luz…

Ahora el hombre lobo que me habita busca su luna llena, mientras recorro el mundo intentando descubrir las heridas que dejó el celeste cuerpo sobre la faz de la tierra.

La luna acaricia con sus dedos de agua la piel de mis pies en las noches de marea.

Yo la contemplo, embriagado, anhelando descifrar su misterio. Y el mío.

Publicado la semana 46. 15/11/2018
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Relato
Año
I
Semana
46
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