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Cuando uno marcha fuera suele contemplar la posibilidad de regresar. Quien sale del lugar donde siempre ha vivido lo hace, en la mayoría de los casos, pensando en tornar un día, porque la casa es la patria chica del hombre, el lugar común de los recuerdos. Claro que, si vuelves, puedes encontrarte con que el hogar no exista ya o que esté cerrada la puerta. También puede suceder que no desees regresar siquiera, porque hay familias desestructuradas, casas que no son hogares y pueblos malditos.

O puede ser, como me ocurre a mí, que sea imposible el regreso.

 

Vivir en un pueblo, y más en un pueblo pequeño, confiere una libertad que no dan lugares más grandes. Hay espacio para corretear sin peligro y un niño se siente seguro y feliz. Alcoralbo era tan pequeño que no teníamos ni río, ni carretera general ni, por supuesto, ferrocarril. Por no tener no teníamos ni escuela. Bares sí, dos; aunque no funcionaban a tiempo completo. Uno de ellos era, a la vez, colmado. Teníamos campo y monte, callejuelas y lugares donde correr y jugar, ganado y cultivos de secano, y un arroyo cangrejero. Vivíamos fuera de casa. Las casas tenían siempre las puertas abiertas y tornábamos a ellas cuando nuestras madres nos llamaban a voz en grito o teníamos necesidad, a veces sucedía, de regresar. En tiempos de escuela el deseo de volver era más acuciante, pues a la escasa chiquillería no nos hacía mucha gracia ir al vecino Sardón recorriendo cada día cuatro quilómetros para recibir insultos de unos pueblerinos que se creían superiores a nosotros por el solo hecho de que su pueblo tuviera más de mil habitantes. Un aciago día el Ignacio, acabada la escuela, no quiso esperar a que nos recogiera el Antolín que volvía con su tractor al caer la tarde y echó a andar en solitario para casa. El resto, que ya andábamos haciendo nuevos amigos, decidimos quedarnos jugando, pues comenzábamos a descubrir que, para ciertos juegos, los cuatro de Alcoralbo éramos número escaso. Es lo cierto que el Ignacio no volvió a casa y de él nunca más se supo. Se propagaron todo tipo de rumores en el lugar y villas aledañas: que si lo había raptado el sacamantecas, que si una alimaña desconocida lo había despedazado y no dejó ni los huesos, que si había caído al río y se lo llevó la corriente, que… La guardia civil anduvo unos días por los alrededores y no sacó nada en claro. Los mayores aprovecharon para meternos el susto en el cuerpo, cómo si no lo tuviéramos ya, contándonos historias truculentas y aparecieron, como por arte de magia, copleros que con sus pliegos de cordel y romances de ciego exacerbaban los miedos infantiles. Las puertas de las casas comenzaron a cerrarse con llave, sobre todo al entrar la noche. Y nunca más se le ocurrió a nadie andar solo lejos del refugio de las paredes de adobe y piedra que conformaban el pequeño enclave sobresaltado por la tragedia.

Aconteció, al comienzo del siguiente curso, que me fuera con los gabrielistas de Bilbao quienes, un buen día, pasaron por la escuela buscando vocaciones y decidieron que yo tenía mimbres para cura. En Bilbao, en Castillo y Elejabeitia concretamente, hice todo el bachillerato y abandoné el centro cuando debía ingresar en el seminario.

Salir fuera, pero fuera, fuera, con diez años recién cumplidos, era toda una aventura. Y como tal la viví, empapándome de saberes y cosmopolitismo. Y desarrollando un espíritu  inquieto y viajero que ha caracterizado toda mi vida. Yo estaba convencido de mi vocación, a la fuerza ahorcan y a base de rezos y misas uno llega a creerse que es el mismísimo hijo de Dios. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, me di cuenta de que no todo el monte es orégano y aguanté por conservar la beca y porque el saber no ocupa lugar, aunque sea tendencioso y dogmático y la enseñanza tenga como fin un exacerbado proselitismo. Regresaba al pueblo por navidades y en verano. En Alcoralbo recobraba la infancia, las atenciones de mi madre y a mis dos amigos, aunque Jacobo pronto dejó la escuela para andar pastoreando ovejas por lo que, la mayoría de tardes, solíamos corretear y acudir hasta el Duero para bañarnos a la altura de Sardón, Jaime y yo solos.  Cuando Jaime también se puso a trabajar yo decidí pasar los veranos en Barcelona, donde vivía Toño, uno de mis hermanos. Y la infancia dejó de ser lugar de recreo y diversión para convertirse en la añorada patria de los recuerdos.

Al abandonar los estudios me dediqué a viajar, una manera de continuar saliendo fuera y huir de un destino condicionado por las circunstancias de escasez y sumisión que un levantamiento en armas y la posterior represión habían provocado; un destino, trabajar en el campo, que me atraía tan poco como el seminario y su opresivo ambiente. Recorrí España, viviendo a salto de mata y regresando al pueblo cada vez más de tarde en tarde. Al morir mi padre, Toño insistió en llevarse a madre a Barcelona para que viera el mar. Yo la acompañé y decidí hacerme marino para poder viajar y conocer mundo. Alguna vez volví a  Alcoralbo donde cada vez había menos ganado, menos campos cultivados y menos gente, por ver a Jaime y recobrar la infancia. Jaime es ahora el único habitante del lugar y la fábrica de quesos  que regenta, un floreciente negocio que da trabajo a vecinos de los alrededores.

He viajado mucho y conocido muchos lugares, muchos modos y maneras de actuar y de pensar, a veces contradictorios, pero, sin duda, tan válidos o execrables unos como otros. He tenido la suerte de vivir plenamente el siglo XX y aquí estoy, viajero del XXI, en plenas facultades físicas y mentales. Contar mi vida daría para una larga novela. Y tal vez la escriba porque tiempo no me ha de faltar pero, ¿quién la iba a leer?

Lo que no deja de ser paradójico es que yo, que he inhalado aires múltiples y diversos, que provengo de un lugar de apenas cincuenta habitantes en sus mejores tiempos, haya elegido para morir un espacio, en apariencia, mucho más pequeño e irrespirable. Que yo, que me he pasado la vida viajando pero volviendo siempre, aunque cada vez hallara menos vínculos que me ataran a la tierra, haya rizado el rizo de hacer el viaje más largo y sin regreso posible, este definitivo salir fuera en que ha devenido mi existir. Pero tiene su lógica y tiempo ha de haber para rumiarlo que, aunque tengo una edad, aún no he dicho mi última palabra.

Tal vez todo se deba al agua del arroyo que llevaba mis ilusiones al Duero, al mar, a las nubes, cuando salía fuera de casa, de los confines del pueblo para respirar el aire puro del soto y coger nidos con Ignacio, Jacobo, Jaime, únicos habitantes de un mundo ya perdido sin remedio.

Lo cierto es que aquí estoy, un integrante más, el único español,  de este viaje sin retorno, esta pionera misión tripulada a Marte donde fundaremos la primera colonia humana lejos de la Tierra. Un hito, sin duda, histórico.

He salido fuera, pero fuera, fuera. Y me voy alejando cada vez más. O puede que esté regresando realmente a casa.

Publicado la semana 44. 01/11/2018
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