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Jesús Andrés Pico

MIEDO

Con la noche caída volvíamos a casa desde el cine cuando los días eran cortos, o desde los juegos vespertinos que se prolongaban más de la cuenta en la paz estival de la Meseta. O de fumarnos un cigarrillo a escondidas mientras hablábamos en corro de cosas de suma importancia bajo la luz de las estrellas.

Volvíamos al seguro resguardo de nuestros hogares y se dispersaba la pandilla por calles transversales, callejones y recodos donde se desvanecía la luz y la oscuridad se agazapaba. Y quedábamos Jaime y yo solos, mientras las bombillas encendidas, adosadas a las fachadas como farolas pobres, emergían, luminosas islas en un mar tenebroso, y se alejaban unas de otras al ritmo de nuestra intrépida travesía por aquel siniestro piélago informe y amenazante. Resonaban las pisadas en intervalos de luces y sombras en medio de la noche silenciosa. Cuando Jaime entraba en su casa yo seguía andando con la vista puesta en la última farola que iluminaba la puerta de Los Queseros. Pasaba bajo su foco observando cómo ante mí, mi sombra solitaria se iba haciendo más larga y más tenue a medida que avanzaba acelerando el paso y aguzaba el oído temiendo percibir otros pasos, sigilosos, tétricos, amenazadores. El miedo se descolgaba desde las sombras por encima de la luz, venía desde la masa gris del lagar, desde la lúgubre fosforescencia de los corrales y me recorría la espina dorsal en un escalofrío que me obligaba a correr hasta empujar la puerta entornada de mi casa buscando la protección del portal y la sala o la cocina iluminadas.

La luz vencía a los fantasmas irracionales del miedo que se retiraban, acechantes, a los recónditos lugares, oscuros y hondos, de la vivienda. Saldrían, sí, al apagarse las luces, pero yo estaría protegido ya por el confortable refugio de las sábanas o el calor redentor de las mantas, aguardando un nuevo día pleno de vida y de juegos. 

Publicado la semana 39. 27/09/2018
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I
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