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Jesús Andrés Pico

El singular mundillo de los concursos literarios I

A la pregunta recurrente de por qué escribimos los escritores, se le puede y debe añadir la de por qué nos presentamos a concursos literarios quienes lo hacemos. Y ambas tendrán múltiples y variadas respuestas, tantas como autores y concursantes.

Toda vez que el pasado sábado 21 se falló el III Concurso Litteratura de Relato y Poesía, modalidad esta última en la que he obtenido el primer premio, trataré de responder a la segunda cuestión, dejando la primera para otro golpe u ocasión.

Pero antes sepan que el título que encabeza este escrito está tomado de una página de Facebook, de la cual, naturalmente, soy miembro. En ella se vierten comentarios, preguntas, opiniones de lo mucho que se cuece y se padece una vez que decides presentarte de manera más o menos habitual a ciertos certámenes.

Un poco de historia personal

Mi relación con la escritura se remonta a la infancia. Y con los concursos. Puedo afirmar que gané el primero con 11 años, aunque en puridad no fuera un certamen literario, si no un ejercicio de redacción en el que participó toda la clase (estudiaba primero de bachillerato en Castillo y Elejabeitia) y cuyo premio era la publicación del texto en la revista mensual del centro.

1ª etapa.- Con 17 o 18 años recuerdo haber participado por primera vez con un cuento que aún permanece inédito y un flojo poema (¿Qué te pasa Castilla que te vistes de gala/ con la piel toda llena de estrellas amarillas?) Era en Valladolid, pero no recuerdo de qué certamen se trataba y si me presenté al mismo con los dos textos o eran certámenes diferentes. Sí recuerdo que la entrega de premios fue en una comida a la que asistí (600 pesetas de la época me costó el cubierto) y que el primer premio se lo llevó un cura joven (no tanto como yo) que ejercía su oficio en la Academia de Caballería, con una serie de sonetos (tres o cinco, lo normal en estos casos) que trataban también sobre Castilla (quizá fuera el tema del certamen) con quien compartí mesa, charla y camino de regreso. He olvidado su nombre, aunque permanece en alguna carpeta junto al poema que me hizo llegar, impreso en una revista.

Después me presenté de manera esporádica a algún premio como el Vicente Aleixandre, que lo organizaba, creo, Radio Nacional y a algún otro. Y, al menos un par de veces (conservo dos cuentos de tema ferroviario y uno de Jesús Torbado que ganó en una de las ocasiones en que me presenté y la organización me lo envió por correo), al Antonio Machado de relatos, de RENFE. Me presenté al Adonais al menos una vez, al Ciudad de Martorell, al José Hierro cuando ganó Manuel Ríos Ruiz (1990) con Juratorio que me fue remitido al ser publicado y, en el año 87 al Vila del Perelló en el que se podía participar indistintamente en catalán o castellano. Lo hice con el poemario Las manos en el río, luego incluido en mi segundo libro. Ganó  Tant de díes sense gust de cirera de Joan Callau, del que me remitieron un ejemplar.

Y poco más dio de sí esta primera etapa en la que no gané ningún premio, pero sospecho que en alguno anduve cerca. Veía entonces los premios literarios como un espaldarazo a mi carrera de escritor, una legitimación como poeta que había logrado encontrar su camino, el camino a un estilo propio y reconocible. Con dos libros publicados y el camino iniciado, ordené prioridades, tal vez no me sentí con suficiente fe o fuerza para continuar, y dejé de escribir. No por completo, claro. En el 97/98, convaleciente de un accidente laboral en el que me rompí la tibia y el peroné de la pierna izquierda y el ligamento interno de la rodilla derecha, escribí un poemario que presenté al Villa de Martorell y, ya trabajando, un poema largo para presentarlo al Primer Certamen El Placer de Escribir de Editorial Planeta, con idéntico resultado que los anteriores. Sin embargo, a este último envié también una obra dramática breve que tenía escrita desde hacía años y cumplía los requisitos exigidos en el apartado de teatro o guión. Tampoco gané (el primer premio estaba dotado con un millón de pesetas) pero me clasifiqué entre los diez finalistas, sin derecho a publicación mas con una dotación económica de 200.000 pesetas. Era la segunda vez que me pagaban por una creación propia, la primera fue por una viñeta humorística (500 pesetas) que me publicaron en Hermano Lobo cuando estudiaba Maestría Industrial. Y era la primera por un trabajo literario, aunque no viera la luz.

2ª etapa.- Unos años después, trabajando (sería sobre el 2004) en Santa Coloma de Gramanet, en la L9 del metro, cayó en mis manos la convocatoria de un certamen de poesía en aquella población y escribí un poema con la construcción de la infraestructura del metro como fuente de inspiración. El resultado fue el de siempre, pero asistí a la entrega de premios por ver por dónde iban los tiros y lo volví a intentar al año siguiente, y al otro, y al otro…, hasta que dejaron de convocarlo. Estábamos ya en el siglo XXI, con ordenadores en casa y en el trabajo; abrí un blog, Un verso como el pan de cada día, y fui tomándole gusto a esto de escribir con más asiduidad. En 2006, me presenté al II Certamen de Poesía “Antonia Pérez Alegre”, de Viladecans, como siempre sin pena ni gloria y eso que en este certamen se editaba un libro con los poemas de treinta finalistas aparte de los tres premiados. También aquí fui a la entrega de premios. El primero se lo dieron a una serie de cinco sonetos del madrileño Luis de Blas Fernández, un habitual en estas lides, como averigüé más tarde. Al año siguiente escribí cinco sonetos alejandrinos y con el título de Posesión del fuego, los presenté. Resultado: me otorgaron el tercer premio. El segundo premio se lo concedieron a David Coll, un hijo del humorista José Luis Coll y el primero a una joven poeta de una localidad cercana cuyo nombre no recuerdo. Fue el pistoletazo de salida. Desde entonces hasta el último conseguido hace unos días, me han distinguido con seis terceros premios, nueve segundos y doce primeros, seis accésits, una mención especial y trece proclamaciones como finalista, si no se me ha quedado ninguno en el tintero, sin contar los concursos o pseudoconcursos en los que se publica a un gran número de autores o pseudoautores para que adquieran el libro, en ocasiones a precios abusivos, pero que en algunos casos merece la pena participar y yo lo he hecho en varios, aunque no los tengo contabilizados.

No es un gran currículum, pero tampoco está mal. Sale una media de 2,5 premios por año; si contamos finalistas y accésits, que también tienen su emoción, pasa de 4. Claro, que cada vez me presento a más certámenes y escribo más (quizás lo que dejé de escribir a finales de siglo), tal vez por la facilidad que da internet para encontrar las bases de los premios y, cada vez más, participar en ellos.

Y porque esto no parezca más hostión que golpe, lo dejo aquí y responderé a la cuestión planteada en el próximo. Disfruten de las lecturas y del verano.

 

Publicado la semana 30. 24/07/2018
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