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Apenas he podido pegar ojo. Mi cuerpo dolorido quisiera tensarse por las calles de Pamplona. Insomne, sí, pero inmerso en plena fiesta. Me levanto trabajosamente y me asomo a la ventana. Nerviosismo y tensión. Los mozos saltan y estiran los músculos de sus piernas anhelando el breve momento intenso de la carrera. Yo busco el lugar idóneo para correr este primer encierro de los Sanfermines. La cuesta de Santo Domingo, rápida y limpia… Tal vez la curva apurada y comprometida de Mercaderes… Pero no, mejor al final de Telefónica, esperando la llegada de un retinto rezagado y peligroso o en el acceso al coso en medio de un tropel de cuerpos caídos sin tiempo para escapar por la gatera, sintiendo como el asta me cercena la piel al tiempo que contemplo, sobre la testa poderosa de un  morlaco, la marea multicolor lanzada hacia la plaza.

Sí, definitivamente, ahí me voy a quedar. Aunque ahora, mientras observo mohíno y febril como los mozos cantan por tercera vez al santo, sólo puedo fantasear, y rezar, y esperar que la cicatriz de este tonto accidente que me apartó de las fiestas de este año tenga todas las trazas del costurón de una buena cornada.

Publicado la semana 28. 09/07/2018
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