Semana
22
Jesús Andrés Pico

EL RELOJ SOBRE LA MESA

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Relato
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Llegó con el viento riendo en sus cabellos. Y es así como quiero recordarla.

Todos los ojos la espiaban, todos los ojos la miraban, la buscaban todos los ojos, los juveniles, los extasiados ojos. Y la brisa estival se mecía en sus cabellos dorados por el sol del atardecer.

La llegada de María del Camino quebró el ritmo del tiempo rural y veraniego hasta entonces dormido, monótono y estanco. Todas las chicas buscaban su amistad por conocer de primera mano las excéntricas modas, las calles populosas y las inverosímiles costumbres de la remota ciudad marítima y moderna de que provenía. Y  los chicos, que ya  mirábamos a las chicas con otros ojos, rivalizábamos por atraer su atención. Fue en la fiesta del pueblo. La verbena tocaba a su fin en la fresca noche de principios de verano y ella reía entre el grupo de nuevas amigas. Los chicos de la peña, unos tras otros, le solicitaron un baile, algunos incluso lo consiguieron. Yo la miraba embriagado por la magia de la distancia y el misterio de lo desconocido. Temía acercarme y romper el hechizo, descubrir que no era distinta de las otras o que a sus ojos no era yo más que un pueblerino insignificante, pero no podía quedarme al margen y ser el único que no lo intentara. “¿Bailas?”, le dije, presintiendo la temida negativa, con la voz apenas brotando de mi garganta seca de vedado alcohol y cigarrillos clandestinos. Y aquel ademán suyo tomando mi mano y dejándose llevar al centro de la pista con la suave brisa nocturna acariciando sus cabellos que entonces, aturdido por las circunstancias, no pude apreciar, se grabó para siempre en mi memoria. Bailamos una pieza a la vista de todos y varias más; cumplido el rito de la tácita ostentación pública, buscamos luego los rincones más oscuros, apenas iluminados por las estrellas de finales de junio. Fue entonces cuando el aroma de su cuerpo núbil me impregnó por completo y aún puedo recordarlo cuando subo al desván de los olores en las tardes tristes que configuran mi vida.

Aquel verano transcurrió en apenas un par de meses, un periodo que estuvimos viéndonos a diario sin darme tiempo a pasar del asombro a la certeza penetrante de su aroma, sus labios, su pelo, para sumirme, con su marcha, en este largo otoño que aún habito.

Llegaba con el viento riendo en sus cabellos dorados, nos dábamos la mano, caminábamos junto a las vías del tren, a la vera del río, por las calles nocturnas. Nos encontrábamos en las fiestas de los pueblos cercanos. Entre besos nos prometimos amor eterno. Eran mis noches un agitado soñar despierto, un recuerdo embriagador de su aroma, su suave tacto, un prometerme a mí mismo que al día siguiente mis manos conquistarían sus senos desnudos, descubrirían sus más íntimos secretos, serían mensajeras de mis sentidos y de mi amor. Pero tornaban derrotadas para renacer con nuevos bríos en el próximo encuentro, tras mis largos insomnios. La última noche, para que no la olvidara, se desnudó, nos desnudamos y retozamos, ilusionados y torpes, en el pajar familiar.

Ella se fue y yo le escribía cartas sobre la mesa donde el reloj del abuelo medía lentamente la inquietud de mis días y la esperanza de verla tornar con el nuevo verano. Le escribía cartas y poemas y el reloj me miraba impertérrito, pero a veces parecía comprenderme y aceleraba su ritmo acompasándolo a los latidos de mi corazón. Llegó junio, pasó julio. El viento del atardecer peinaba los cabellos granados de los trigos, recordándome con dolor a María que permanecía lejos de mi camino, mientras apretaba entre mis manos deshabitadas las excusas y promesas de sus cartas: aquel verano tocaba mar, el próximo convencería a sus padres y, si no lo conseguía, vendría sola.

Pero no volvió. Pasó el tiempo y el reloj sobre la mesa fue mudo testigo del nacimiento de doloridos poemas, de su ausencia permanente, de mis regresos cada vez más espaciados. Porque yo también me fui, abandoné el pueblo y, con el tiempo, el reloj y los recuerdos. Viví la vida que me estaba destinada. María del Camino fue sólo una puerta entreabierta a un sueño, una realidad paralela a la que no tenía acceso.

Muchos años después, muertos mis padres, vendimos la casa. Mi mujer se trajo el reloj a la nuestra ignorando que me devolvía mis recuerdos y aquel primer amor que propició el primer dolor y los sentimientos encontrados que a estas alturas experimento por la vida vivida, por lo que pudo ser y no fue. El reloj, sobre otra mesa ahora, es como una tenue infidelidad latente de la memoria, como una sutil llama que mantiene vivo el amor, o el desamor, de cada día. Pero le cuesta caminar y se atrasa. Me mira con un guiño cómplice y cualquier día se parará en una hora mágica y terrible.

Publicado la semana 22. 30/05/2018
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