Semana
18
Jesús Andrés Pico

Cabellera de trenes al viento de la memoria

Género
No ficción
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SARDÓN, 1964

Cabellera era de trenes                                                                                             la tarde

(Dámaso Alonso)

    

     Cabellera de trenes, blanca, negra, azul, densa de humo y carbonilla, tenue de lejanía. Cabellera de trenes, aunque sólo pasara el tren correo y algún lento mercancías, la tarde permanece, ondulante, en la brisa del recuerdo. Los niños de entonces veíamos pasar los trenes de entonces. Caminábamos sobre los raíles, saltábamos de traviesa en traviesa, deteniéndonos de repente, el oído sobre el bruñido acero para escuchar el trepidar lejano del tren que se adivinaba en el azul temblor del aire, entre el pinar, partido en dos por las paralelas infinitas. Recogíamos carbón, escorias, pernos...

     Las vías con sus trenes de ida y vuelta, frontera oriental del pueblo. A occidente el Duero discurría, entre rumor de álamos, hacia un ocaso pesentido. El Duero y sus aguas para barcos de papel. Pero entonces no tenía yo conciencia del tiempo ni conocía a Heráclito y veía pasar los trenes con sólo asomarme a la puerta de casa. Acudía a la estación para comer moras –había moreras en los andenes- y beber agua fresca con regusto a herrumbre extraída del pozo por medio de una bomba aspirante impelente con un chirrido tan entrañable como el de los frenos de los trenes. Subía al vagón perenne estacionado en la vía muerta donde Teresa -¡qué vago su recuerdo!- rozó con los suyos mis labios en aquel juego infantil que era la vida.

     Cabellera era de trenes la tarde y yo, sin saberlo, había tomado el tren de la vida y viajaba en un vagón de tercera. Comenzaba a darme cuenta que no eran los trenes que pasaban, sino yo mismo. Y había de seguir, seguir viaje hasta el final. Y, si alguna vez volvía, ya no sería el mismo, porque comenzaba a morir un poco, como los pinos, la estación y la tarde que era ya una inmensa cabellera de trenes, trenes al viento y sin destino.

 

VALLADOLID, 1974

Si no siempre entendidos, siempre abiertos

(Francisco de Quevedo)

 

     Cabellera era de versos la tarde. Venían del poniente, de los libros abiertos, poblaban las mesas y los estantes de la casa. Aves posadas ofrecían largas, quebradas, rítmicas, sus plumas. Los poetas con sus voces silentes despertaban palabras. Y entre la ortodoxia de preceptivas literarias de principio de siglo y la heterodoxia de los sueños surgían, surcos negros y azules sobre el impoluto blanco de las cuartillas, aquellos versos juveniles. Alzaban su vuelo de repente en las lecturas dominicales de la casa de Cervantes y desde las páginas del desaparecido Diario Regional. Surgían las primeras críticas: “Hay poeta si persevera en el empeño.” Discurría el Duero por mis versos plagados de pinos y de amor, amor que buscaba por las calles de la ciudad donde llegaban los trenes, calles repletas de historia y cabelleras de muchachas. Buscaba palabras y besos donde saciar una sed infinita. Machado, Juan Ramón, Marta, Mina, Miguel Hernández, Federico, Amelia, María del Camino..., poetas y mujeres se entremezclaban en la brisa de aquellas tardes urbanas. Altair que me dejó su luz y un poso amargo, los relatos de Cortázar, las primeras lecturas de Borges, Neruda, las barras americanas, los encuentros con las letras y Fernando Sánchez Dragó. Búsqueda de mi mismo y de la Historia por los libros abiertos, por los cuerpos desnudos, por los sueños despiertos...

 

VALENCIA, 1980

Este beso en tus labios como una lenta espina,

como un mar que voló hecho un espejo

(Vicente Aleixandre)

 

     El Mediterráneo, cabellera de espumas. Luna, fuego, ojos de Felicidad anocheciendo en los míos. El amor tomaba cuerpo y substancia de mujer, se concretaban los sueños y los versos.

     Miré tus ojos, perdí la vida que me dieron un verano. Felicidad, te amaba y te lo dije como te dije amor con otros nombres que ocultaban el tuyo, en otras bocas ávidas de tu boca, hacia otros ojos que anunciaban los tuyos creadores de vida en los océanos. Y el luto amarillo que portaba, cual la pena de un ocaso cruel y del otoño, desapareció al despertar el sol de Levante en tu mirada. Y caminamos juntos, bien lo sabes, desde entonces. Húmedos de mar y besos vemos pasar los mismos trenes.

 

SABADELL, 2000

El tiempo es la substancia de que estoy hecho

(Jorge Luis Borges)

 

     Cabellera de recuerdos, la tarde. La vía sin trenes y el Duero fluyendo continuo. Los versos dormidos y los amores perdidos. Y el tiempo, substancia humana, creciendo conmigo, escribiendo otros libros –puedo soñar, pero no escribir los sueños-. Pasados los cuarenta sólo el amor pervive. Lo demás son recuerdos contra la pura forma del cristal o del agua, algunos versos, muchas ilusiones rotas. Lo demás es derrota, concesiones al tiempo. Quebradas las alas, aún vuelo con los ojos. Veo pasar palabras de otros, trenes que son otros. ¿Dónde quedó el empeño? En esta tarde inmensa, otras lecturas de Borges, soy el río, el tigre, el fuego, soy yo, desgraciadamente.

 

APÉNDICE, 2018

La memoria es el territorio de la ausencia

(Ramón García Mateos)

 

     Cabellera de lluvias en este final de abril y principio de mayo. Tanto me da que llueva o luzca un sol inmisericorde. Voy a cumplir dos años de vida y no tengo que ir a trabajar. Se me paró el corazón y los eficientes médicos de urgencias lo echaron a rodar de nuevo por los raíles oxidados de la existencia, como una vieja locomotora de vapor que apenas puede ya arrastrar vagones. Me han puesto en la vía lenta sin esperar a los sesenta y cinco. Y puedo volver a recoger los sueños y recorrer de nuevo los pueblos y ciudades que marcaron mi vida. Ya pasaron todos los trenes y hora es de contar los paisajes que dejaron en mis ojos la sangre de los pinos y las lágrimas de las vides. Entretanto, el Duero sigue pasando bajo los mismos puentes, llevando otros barcos de papel sobre su lomo encantado y un son de dulzaina mientras vagan, huesos al viento, los muertos del cementerio viejo. Y la memoria, entonces, como dijo Ramón, es el territorio de la ausencia. Nuestra, digo yo, más preciada pertenencia cuando ya la existencia es una tarde otoñal desmelenada de trenes. O una vida nueva para contar la vieja.

Publicado la semana 18. 05/05/2018
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