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Jesús Andrés Pico

EL POEMA INFINITO

Es innegable que 2020 fue un mal año en general y en todos los ámbitos y que 2021 no nace con mejores perspectivas, pese a las vacunas y los buenos deseos que, como cada fin de año, se han repetido hasta la saciedad. Aunque personalmente no me puedo quejar, debí aprovechar mejor el tiempo y escribir tantas cosas que tengo pendientes o pulir otras que duermen en el olvido. Una de ellas, esa novela que comienza: “Yo no soy escritor” y cuyo primer capítulo ansía continuidad desde el pasado siglo. Será cuestión de levantarse un día y poner manos a la obra para que la inspiración me encuentre sentado en el escritorio. Claro que también esperan turno un par de volúmenes de cuentos y varios poemarios esbozados o ya germinados, más ahora que el Amantes de Teruel ha propiciado la edición de Los nombres del agua. De momento continúo con este rítmico golpear semanal y el compromiso contraído con Poesia a trenc d’alba, mientras vemos que da de sí el nuevo año.

Un año que casi nos ha despertado con la temprana muerte de Guadalupe Grande, poeta, hija de Felix Grande  y Francisca Aguirre (de tales palos…) Buenos amigos poetas que la conocieron se despiden, emocionados y conmocionados, de ella (Manuel López Azorín, Enrique Gracia Trinidad, Felix Maraña…) y los poemas de Guadalupe proliferan por la red como una primavera de almendros en flor sorprendidos por la helada invernal. La poesía está de luto. Partió Félix, lo hizo Paca el pasado año y Lupe se ha reunido con ellos para dejarnos huérfanos de trinidad y de abrazos. A los poetas se les homenajea con sus versos, dice Ramón García Mateos. Leed, amigos, en este enero triste los de Guadalupe abrazada a la ausencia.  Leed también a Elena Santiago, escritora vinculada a Valladolid y Juan José Alcolea,  poeta tardío de verbo azul. Ambos nos han dejado, también esta semana, más desvalidos y apenados, más faltos de sus voces que vibraban aún fuerte y sonoro.

Antes del blanco advenimiento de Filomena, la última borrasca atlántica, y el asalto al Capitolio estadounidense por elementos de una desmesurada ultra derecha  recalcitrante y abominable, se iniciaba en Madrid la escritura de un poema universal, infinito y multicultural, una invitación a  todo ser humano para dejar un verso en cualquier idioma: “Tu verso es un legado personal y único que se convertirá, junto al de los otros seres humanos de este planeta, en el legado conjunto de nuestra especie. Un poema colectivo, escrito individualmente por todos. Un poema sin final escrito hasta el fin del mundo, un poema hermoso, un Poema Universal”. Tengo ligramas en las marachas  dice el primer verso (https://www.universalpoem.com/) y el poema va creciendo con vocación de agua o arena y finitos autores. Creo que el poema universal e infinito, no sólo del ser humano sino del cosmos, de todo lo que nos rodea y conforma, ya está comenzado y lo vamos descubriendo a cada instante, aunque no sepamos leerlo aún. Un poema al que contribuimos sin tener conciencia clara de que somos poetas. Se trata ahora de hacerlo más humano y asequible, de unir el verso inefable con la rima chabacana, el conocimiento con la ignorancia,  el vicio y la virtud, honestidad y libertinaje, a dios con el demonio…  y pretender que perdure más allá de nosotros.

Es innegable que 2020 fue un mal año en general y en todos los ámbitos y que 2021 no nace con mejores perspectivas. El virus se descontrola a lo largo del planeta, proliferan, como siempre, las tertulias de amigos y correligionarios, es noticia aquello que interesa a los poderes fácticos y no nos queda otra que vivir o morir, como hemos hecho siempre, por los días y  los versos de un poema sin final. ¡Salud y ritmo para sobrellevarlo!

 

Publicado la semana 158. 07/01/2021
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