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Jesús Andrés Pico

SANTOS

Hace días, el 5 de octubre, alguien felicitó a Auri, compañera de Poesia a Trenc d’Alba, por su santo, desencadenando parabienes o iniciando la cadena de felicitaciones que se dan en estos casos. Pero ella, atenta como siempre, estuvo al quite advirtiendo que su nombre es Aurelia, no Áurea, y lo celebraba el 25 de septiembre, día en que tan sólo la felicitó una persona por mensaje privado. Así nos va con los chivatazos de la red y las letanías que muchos repiten sin comprobar su aserto o veracidad. Yo no soy muy de santoral, aunque algunas fechas conservo grabadas en el maltratado subconsciente como si fueran el padrenuestro. Y es que, el niño Alberti lo sufrió y nos lo recordó después, nos espantaron las mañanas y nos dejaron grabadas consignas y oraciones a sal y rezo. La religión católica siempre tan presente en esta España miserable, España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, que cantara nuestro Antonio Machado por los campos de Castilla. Y que aún pervive mientras la Iglesia  continúa, con bulas, prebendas y exenciones, apropiándose de bienes culturales pues consideran sus jerarcas que el país sigue siendo suyo como si el ladrón del Pazo de Meirás continuara señoreando, desde estatuas ecuestres, las plazas españolas. Urge recuperar la memoria histórica y lograr ser un estado laico de una vez por todas.

El uno de noviembre, tras una desvaída noche de Halloween que nos llega en pleno confinamiento y toque de queda, los cementerios registrarán, seguro, una gran afluencia de público para celebrar el Día de Todos los Santos (el uso normativo del español me dice que lo debo escribir con mayúsculas y yo obedezco) Yo, ya digo, soy más de cumpleaños y aniversarios, aunque tampoco mucho, la verdad. ¡Y es que para celebraciones estamos!

Mi padre, que no hizo la guerra porque le pilló ya mayor, a pesar de estar afiliado en la Casa del Pueblo socialista, siempre fue católico practicante y esta práctica le salvó cuando los falangistas fueron a buscarlo a casa de sus padres y el sacristán, que los acompañaba, les convenció de que era persona de bien. Mi padre, digo, se sabía el santoral al dedillo. Yo, zaragozano en mano, le examinaba cuando las tardes se alargaban y aún no teníamos radio ni televisión. Aunque, más bien, yo prefería los otros santos de mi infancia. Santo, en Castilla, vale  por imagen, ilustración, estampa, de aquellas que aparecen en libros y revistas. Y, como tales, también eran santos los grabados de las cajas de cerillas y, por extensión, la parte de atrás donde se hallaba la explicación de los mismos. Se hacían grandes colecciones con estos santos (de banderas, trajes regionales, países, hechos históricos, deportes, animales…) Para su almacenamiento y conservación eliminábamos el raspador, que en aquellos tiempos era de papel de lija y los colocábamos por orden, a un lado los dibujos, al otro las letras, como si se tratara de un libro en miniatura. Aunque su uso más general era como moneda en diversos juegos (el cuadrillo y la banca, sobre todo), incluso servía para realizar todo tipo de transaciones y pagos. Para ello se retiraban ambos laterales, obteniendo dos santos por caja. El santo era la unidad pecuniaria, pero el paquete era la más empleada. Un paquete constaba de 18 santos introducidos, en lugar del cajón ya vacío de fósforos, en un paralelepípedo lo más nuevo posible, lo que hacía un total de 20 santos por paquete.

¡Y a jugar! El cuadrillo consistía en un cuadrado de unos treinta centímetros de lado dibujado a ojímetro en el suelo donde cada jugador introducía un número fijo de santos. Se iniciaba la partida lanzando un tostón o tejo desde cierta distancia intentando sacar del cuadrado o cuadrillo al menos un santo que tomaba para sí el lanzador, y repitiendo tirada desde el lugar en que cayera, siempre fuera del cuadrillo, el tostón, hasta que fallaba y pasaba el turno al siguiente. Cuando se vaciaba la geométrica figura, cada cual se quedaba los santos conseguidos y comenzaba una nueva partida. La banca consistía en una caja de madera en uno de cuyos lados mayores se dibujaban seis cuadrados o rectángulos numerados del 1 al 6 en los cuales se apostaba un número de santos. El dueño de la caja, el banquero, lanzaba un dado y a quienes acertaran el número les abonaba generalmente el doble o la misma cantidad apostada. La banca no solía perder, pero algún caso se dio de bancarrota. Ni que decir tiene que los santos sirvieron para muchos mas tipos de comercios que, por ejemplo, las chapas de botellas que, en mi pueblo, decíamos cutucutises.

Ahora hay lugares en la red que nos recuerdan aquellos tiempos que, aunque muy parecidos, tenían sus localismos singulares. Y es que nos hacemos mayores y se nos olvidan los santos. Hablando de mayores. El otro día, en uno de mis paseos matinales por Sabadell, escuché, al pasar por determinado barrio, la conversación que sostenían dos señoras de cierta edad y marcado acento, nada catalán por cierto. Decía una de ellas: “Esto es un no vivir. No se pue hacer na. To esto es por una química que nos han echao”. Y la otra: “Se pasó y nos la volvieron a tirar. Quieren terminar con tos nosotros”. Cagüentó con los santos inocentes.

Ya digo. Aunque aún recuerdo que día es San Andrés o Santa Ana y cuando celebra su festividad alguna que otra Virgen de las muchas que campan por el santoral, soy más de Simón Templar, más de recordar el aniversario del nacimiento de Miguel Hernández, más de sentir la muerte de Sean Connery o Javier Reverte y de añorar a mis padres sin necesidad de acudir a ningún cementerio, por muy Día de Todos los Santos o Fieles Difuntos que sea. Hay otros santos pero están en éste. Rezad con mascarilla y sed felices en la intimidad. Y, ya sabéis, las orgías que no pasen de seis personas.

 

 

Publicado la semana 148. 31/10/2020
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