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14
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En la mitad del barranco 
las navajas de Albacete, 
bellas de sangre contraria, 
relucen como los peces. 

FEDERICO

 

Canta la mañana que luce una dura luz de muerte a la hora del vermut, cuando Luis cruza, con la cara hinchada y congestionada por delante del bar.

- Coño, Luis, ¿qué te ha pasado?, ¿quién te ha puesto así la cara? -pregunta Antonio.

- Joder, macho. Una puta reyerta entre gitanos. Y me ha pillado en medio.

- ¿Una reyerta?, ¿sin sangre ni navajazos?- tercia Joan

Y José, antiguo obrero metalúrgico, que estudió maestría industrial con los jesuitas de Valladolid y al aprobar la reválida dio clases de taller en la Escuela Profesional de San Pedro Regalado, barrio obrero y marginal, cuenta, una vez más, que tenía alumnos con grandes manos de campesinos, mayores que él porque eran repetidores que sólo querían aprender un oficio para trabajar, a poder ser en la Fasa Renault. Y tenían buena mano para el torno y la fresa, pero para qué querían tanta matemática y tanta física, sin hablar de las chorradas de la lengua y otras yerbas. Y que había un alumno que iba al curso que le correspondía, menos manitas, pero más inteligente y aplicado, de una estatura semejante a la suya, es decir rondando el metro sesenta, al que un día, al volver de clase, encontró rodeado por una pandilla de gitanos, de más o menos su edad, que se estaban metiendo con él. Como que en el colegio le llamaban Don José, por reafirmar una autoridad que no tenía, quiso ponerse en su papel de persona mayor responsable y educada y terció en el lance con muy buenas palabras, consiguiendo que los gitanos la tomaran con él y lo molieran a hostias.

- Aquello sí que era tener la cara hinchada y deformada. Ni comer podía, ni apenas hablar. Vamos que tuve que coger la baja.

- Que sí, José, que sí. Que tú saliste hecho un cromo, pero tu alumno sin un rasguño, oye. Y no denunciaste por no complicarle la vida.

- Si es que daba miedo andar por la calle a ciertas horas.

- Lo mismito que ahora -dice Luis

- Pero lo tuyo, Luis, ¿cómo ha sido? – Antonio se lo mira de arriba abajo.

- Coño, que estaban ahí dale que te pego con las navajas de Albacete abiertas. ¡Y las mujeres, unos gritos! Yo me paré a mirar - lo que en otros no envidiaban, /ya lo envidiaban en mí- Vino un grupito por detrás repartiendo leña y me tocó. Pero el que me dio está en la UCI.

- Ahí le has dado –interviene Joan- Tú no le pegas ni a una mosca.

- Bueno, va. El otro día fui al dentista y uno de los medicamentos que me dio hizo reacción y se me empezó a hinchar la cara cada vez más, cada vez más… Ahora vengo de urgencias, me han puesto una inyección de cortisona a ver si me baja la hinchazón. Un veneno barallándose con otro veneno en mi organismo. Para que te fíes de los sacamuelas.

- ¿Entonces no hace una cervecita?

- No. Voy a tumbarme un rato a ver si se baja esto, además no me encuentro muy bien.

- Pues nada, hombre. A mejorarse.

Y los tres jubilados vuelven a lo suyo, mientras Luis se aleja y unos moros reponen trozos de acera reventada en la reyerta del tiempo.

Y hasta aquí la anécdota, porque Luis volvió al hogar con una lucha encarnizada dentro de su organismo que era un verdadero campo de batalla, el barranco de la reyerta. Lo sucedido después nadie se lo explica:

 

- No tiene explicación alguna. Por más vueltas que le demos, no tiene explicación.

- ¿Cómo se puede morir por una simple alergia?

-Fue una reyerta, una pelea de medicamentos en su interior.

- Pero, mírale, si tiene la cara deshinchada. La cortisona le hizo efecto. Ha de haber sido por otra causa.

- Ya te digo, una reyerta. Estamos siempre peleando por respirar un día más. Pero no podemos ganar siempre.

- Tan joven… No llegaba a los setenta.

- Y tan luchador. Siempre estaba en todas las manifestaciones defendiendo los derechos de todos nosotros.

- Que los demás también le hacíamos costat

- Pero él era siempre el primero.

- ¡Nos ha jodido! ¡Porque tenía estudios!

- Dicen que se acostó y ya no volvió a despertar.

- Quizá murió de muerte natural.

- O de un ataque al corazón. Que él estaba muy fuerte, pero era castellano viejo.

- Es que andamos con una edad en la que cualquier golpe de aire se nos lleva por delante.

- Chist… Hagan el favor…

Los tres jubilados se miran entre sí, se despiden sin palabras del cadáver de Luis -¡tan serio en su caja!- y salen fuera del tanatorio. En el aire se anuncia la primavera:

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

 

Dedicat als companys de Poesia a trenc d'alba. Ells ja saben per què.

Publicado la semana 14. 06/04/2018
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