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Jesús Andrés Pico

LECTURAS  DE VERANO

Hay libros que no leerás nunca. Al menos en su totalidad. Y no sólo diccionarios o libros de consulta que, obviamente, no suelen ser volúmenes de fácil manejo y lectura continuada. Hay libros adquiridos por compromiso de esos que hojeas y relegas al lugar más recóndito de las estanterías. Libros que ignoras cómo han aparecido en tu biblioteca y que no merecen atención. Libros que te han regalado desdeñando tus gustos literarios (tienes grandes tragaderas, pero aún así hay lecturas indigeribles) Libros que comienzas y abandonas como una relación fuera de lugar. Libros que quieres leer y no encuentras tiempo y ocasión para ello. Libros que no posees aún o te gustaría poseer y presientes que no están destinados a tus ocios. Libros que desconoces. Libros que te esperan… Los veranos y la existencia son demasiado cortos para vivir todas las vidas posibles, imaginar todos los sueños contingentes, todas las probables realidades que la ficción, el raciocinio y la metáfora nos ofrecen de continuo.

En las lecturas estivales de la infancia todo estaba permitido: tebeos, fotonovelas, grandes autores rusos y franceses, novelas del oeste, Selecciones del Reader’s Digest…  Pasaba las soleadas tardes a la sombra de una cabaña cuidando el melonar, o en la cuadra fresca debajo de la casa expuesto a pillar una pulmonía, o en el desván recalentado donde dormían eterna siesta cascos vacíos que tuvieron alma espiritosa y el estuche azul de una dulzaina, o en la cocina aprovechando la última luz del atardecer. Leyendo. Siempre leyendo. Mi padre decía que se me iban a volver los sesos agua de tanto leer. Me atreví con El Quijote y la Biblia en rústica…

Vino luego la época de caóticos aprendizajes. Veranos juveniles donde se sumaban ensayos, manuales, libros de texto, diccionarios… Misceláneas lecturas. Me interesaba tanto la ciencia como la literatura. Novela, relatos,  poesía… lo que se debía leer, o al menos eso creía entonces, llegaron después y se fueron instalando en los nidos estivales de donde volaban los primeros pájaros que eclosioné al calor de aquella pura ilusión primera.

Uno va comprando libros y espera al verano para leerlos relajadamente. Luego resulta que te apetece más releer a ciertos autores y emprender otros caminos más cómodos o más complicados como escribir o intentar una vez más acabar el Ulises de Joyce. El caso es que el verano se acerca a su fin y no ha sido un tiempo fructífero en cuanto a lecturas. No he leído más de lo que suelo hacer normalmente. Tampoco importa hacer recuento de temas y títulos. Suelo ser bastante ecléctico en mis elecciones y lo mismo me paso días con el María Moliner abierto sobre las rodillas como me sumerjo en la poesía completa de Aleixandre o me estudio un recetario de Arguiñano. Uno va acopiando libros a lo largo de la vida, los ojea y relega para tiempos propicios. Y pasan los veranos. Y pasa la vida. Y los libros pasan, se pierden o se olvidan. O se van con nosotros a algún descanso eterno y estival. Al laberinto de las lecturas olvidadas. Al cementerio de los libros que no leeremos jamás.

 

Publicado la semana 139. 30/08/2020
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