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Jesús Andrés Pico

CERTÁMENES LITERARIOS

 

Escribimos para que nos lean. Con el mismo interés con que leemos nosotros a quienes consideramos maestros o genios. Secretamente queremos ser como ellos. Pocos lo consiguen. Y es que escribir, como cualquier empeño realizado con honestidad, requiere a más de voluntad, aprendizaje y dedicación, cierta valía innata. Hay quien nace para ser mecánico o albañil y quien para ser escritor o poeta, aunque una dedicación no excluya a otra. En mis ensoñaciones infantiles yo iba para escritor. Pero no se ejerce de literato sin una sólida base. Y, por circunstancias de la vida, acabaría siendo un buen tornero antes que un buen autor. Finalmente, ni lo uno ni lo otro. Fue el mundo de la construcción y las estructuras viarias quien se llevó el gato al agua en los que debieran haber sido años de madurez creativa. Tan es así que, cumplidos los cuarenta, con tres hijos, dos libros y muchos árboles plantados, guarde la pluma en el estuche de los buenos recuerdos. Hasta entonces aún mantuve la esperanza  de poder dedicarme a escribir.  Tal vez si hubiera ganado el Adonais, al que me presenté una vez con poemas recogidos después en “De donde nace el viento”, ahora gozaría de cierta notoriedad. Recuerdo haber participado también en un par de ocasiones en sendos certámenes en los que no debí quedar muy mal, pues me enviaron las obras ganadoras una vez editadas. También lo hice, un par de veces, en el Antonio Machado de relatos que organizaba Renfe; en una de ellas, junto con el fallo del jurado me adjuntaron “La sombra del centurión”, de Jesús Torbado que se había alzado con el galardón. También recuerdo haber escrito más de un poema para el Vicente Aleixandre de Radio Nacional. Pensaba entonces que un premio me catapultaría y me obligaría, de alguna manera, a dedicar más tiempo a escribir. No lo pude comprobar, pero imagino que estaba muy equivocado.

La primera vez que participé en un certamen literario fue en Valladolid. Debería tener unos 20 años. Como sucede en muchos premios había un apartado de poesía y otro de cuento. Concurrí a los dos, con un poema sobre Castilla en cuartetos alejandrinos y el relato “Ya no hay pájaros” que, con algún arreglo posterior, he publicado en los golpes de este año. Como la entrega de premios tenía lugar en el transcurso de una comida, me apunté a la misma, pagando religiosamente 650 pesetas de la época (por aquellos tiempos comía por 35 o 70 cuando lo hacía fuera de casa) Y allí andaba yo, entre vates encorbatados y señoras bienolientes y emperifolladas, más fuera de lugar que un pingüino en el Polo Norte, intentando mantener la compostura  en pantalón vaquero y camisa de manga corta. Tal vez para que no desentonara demasiado me sentaron junto a un joven sacerdote castrense que, a la postre, resultó ser el ganador del  apartado de poesía con una serie de sonetos editados días después en una revista de la que él mismo me entregó en una de las visitas que le hice en la Academia de Caballería donde estaba destinado. Salvo alguna excepción en el año 98 (me presenté entonces al Vila de Martorell con “Los pasos quebrados”, poemario escrito durante la larga convalecencia de un accidente laboral y fui finalista en el apartado de teatro del I Certamen nacional El placer de escribir, que puso en marcha Planeta entre los compradores de la obra en fascículos del mismo título, llevándome 200.000 pesetas nominales, 160.000, tras el pellizco de Hacienda que continúa, impertérrita, en la misma línea) este es mi breve curriculum en torneos literarios durante la porción de siglo XX que me tocó vivir, cuando aún tenía esperanza de llegar a ser alguien en el panorama literario patrio.                 

Ya en el presente siglo, trabajando en Santa Coloma en uno de los ramales de la costosa L9 del metro de Barcelona, me dio por escribir una serie de poemas relacionados con la obra que llevábamos a cabo. Un año (2004 o 2005) presenté uno de ellos a un certamen que descubrí en la ciudad del Besós, inaugurando las participaciones en premios y concursos del siglo XXI, que tiene su colofón, de momento, en el recientemente otorgado Amantes de Teruel, que ha supuesto, por fin, el primer premio que consigo con un libro de poemas. Volveré sobre el tema, pues estos últimos 15 años participando con desigual fortuna en centenares de ellos, dan para varios golpes.

Escribimos para que nos lean. Y los premios literarios es una buena palestra para ello. De entrada, te lee un jurado entendido (supuestamente) que valora tu trabajo. Si lo considera merecedor de un premio o mención, puede ocurrir que aparezca en alguna publicación relacionada con el mismo. Y, seguramente, tendrás ocasión de leerlo ante un público, a veces numeroso, que terminará aplaudiendo fervorosamente. Ciertamente serán muchas las ocasiones en que pasarás por estos certámenes con más pena que gloria. Pero si lo que escribes tiene cierta calidad, merece la pena intentarlo. Certámenes hay para dar y vender. Y sonará la flauta, seguro.

Ganamos premios literarios para que nos lean. Y, de paso, conocemos gentes, lugares y maneras de hacer camino y cultura, que de otra manera ignoraríamos. Y, aunque no solemos presumir del curriculum, es indudable que nos da seguridad a la hora de presentarnos ante el público, en recitales y actos diversos, cada vez con más soltura y confianza.

Cada premio a que uno se presenta, se gane o no,  tiene su historia subjetiva, aparte de la oficial no siempre conocida, historia de preparación, de deseos a veces cumplidos, de decepciones mayormente, anécdotas e historias paralelas al desarrollo del certamen... Y, a veces, propicia conocimientos que devienen amistades verdaderas.  De ello, ya digo, hablaremos.

Buen verano, amigos. Guardaros del coronavirus.

 

 

 

 

Publicado la semana 135. 31/07/2020
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