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Jesús Andrés Pico

LA CARNE QUE NO HAY

En el huerto nunca faltaban las legumbres que padre rotaba de una temporada a otra. A mí me encantaban los garbanzos. Verdes están buenísimos con ese punto  de salitre que dejan en los labios. Y cuando comíamos cocido en casa era una fiesta, aunque en vez de carne solo hubiera un hueso mondo para darle sabor. Aquel año predominaron las lentejas y tras recolectarlas, aparvarlas y aventarlas las guardamos en tarros, casi como jugando. No nos iban bien las cosas (como siempre, pero peor). Padre no conseguía  trabajo y el huerto no daba para tanta boca como había en casa. Pese a todo pasamos un verano feliz, quizás porque éramos niños y nos contentábamos con corretear por el campo y bañarnos en el río. Pero vino el otoño, la vuelta al frío y a repasar la tabla del nueve. La vida, ¡ay!, es más dura que legumbre sin remojar. Aquel día había guiso de lentejas, nuestras lentejas, para comer. Madre cocinaba sin medios y sin apenas ingredientes, y lo hacía de maravilla. Sin embargo al servirnos los platos estaba compungida, así como triste. Las lentejas tenían gorgojos. No os quejéis, dijo padre antes de que nadie lo hiciera, pensad que es la carne que no hay. Yo por si acaso iba apartando los negros bichos. Creo que es desde entonces que soy vegetariano.

Publicado la semana 134. 25/07/2020
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