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Jesús Andrés Pico

AQUÍ NO SE JUEGA AL MUS

Cuando ella murió el sol picaba de narices, los montes estaban resecos y el río semejaba arroyo o Manzanares por lo escueto. Me quedé con un cacho tierra más por entretener el tiempo y espantar la soledad que por el fruto que pudiera darme. Cuando el sol declinaba iba a la cantina del  Rojo. Nunca supe si Rojo era apellido o un alias. Tenía cuatro pelos grises bajo el cerco de la boina y nadie recordaba si en su juventud había sido pelirrojo o republicano de izquierdas. En todo caso nada interesaba ya, pues hacía años que criaba malvas. A su hijo que le puso nombre a la cantina y hasta le cambió de sexo, se le conocía por el suyo de pila. Sólo cuatro jubilados que jugábamos al mus al anochecer le decíamos Rojo. El mundo se estaba yendo al garete.

Cuando ella murió la soledad dejó de ser compartida. ¡Qué mala es la soledad sin compañía! Si uno lo ha hecho todo en la vida y no tiene a nadie, aunque sea para discutir día y noche, es fácil desear la muerte aunque no sufra de achaques y la mente aún le carrule. ¡Qué perra es la soledad a solas, coño! Las noches se hacen largas e intranquilas y los días son iguales unos a otros y sin premio. Al Benito  le cayeron los iguales pero no le salió a cuenta. Que sí, que en pocos años vivió lo que nunca hubiera soñado, pero ¡qué poco le duró! Acabó viviendo de caridad y se quitó la vida. Tal vez  si hubiera tenido alguien con quien compartir la suerte, otro gallo le cantara. ¡Así es la vida, qué se le va a hacer! 

Cuando ella murió la velamos las moscas y yo. Los hijos llegaron al entierro y volvieron a sus quehaceres. Me dejaron la soledad y la tierra. Es ley de vida. La casa vacía pesaba como una losa. “Qué solos se quedan los muertos” dijo un romántico. Más solos quedamos los vivos.

Cuando ella murió pasaba los ocios en la cantina del Rojo, entonces llamado bar del Cruce, jugando al mus. El Fulgencio y yo éramos buena pareja. A poco comenzaron a aparecer mujeres por allí que le aligeraban a uno la comezón y al Benito el abultado bolsillo. Cierto que aún podía haber encarrilado mi vida, pero la difunta era sagrada y su hueco en el lecho semejaba la hornacina del desamparo y la seguridad al mismo tiempo.  

Un año, con la tierra agostada por la sequía, apareció la Rafaela, la chica mayor que andaba por tierras catalanas. “El Rafael se casa este otoño”, dijo, “bien podrías venirte y probar a vivir con nosotros después de la boda. Ésta no es vida, aquí tan solo”.

Se casó mi nieto mayor y yo ocupé la habitación del pequeño que heredó la suya. Mi yerno andaba buscando un huerto de esos que les dicen urbanos para que me entretuviera. ¿De cuándo acá el trabajo es un entretenimiento? Como si no hubiera ya bregado bastante con la tierra. “Tranquilo, majete -le dije- ya me busco yo remedio para los ocios”.  Aquí, ¡qué coño!, los jubilados vivimos de maravilla con nuestra pensión, el inserso y los centros cívicos. Las sequías  y las inundaciones no nos afectan porque la tierra ya no es nuestra. Es cierto que el mundo sigue yéndose al garete y que los nietos y los bisnietos, ¡qué guapos son los jodidos!, van a pagar el pato con todo lo listos que son. Pero ya se sabe que aquí andamos de prestado y unos tienen más suerte que otros a la hora del reparto. ¡Qué se le va a hacer! Lo único que echo en falta es que ella se muriera con tanta prisa y me dejara solo con los sinsabores y las alegrías últimas. También que aquí nadie juega al mus. Eso sí que es un atraso y una desgracia.

Y ahora, por joder la marrana, han soltado un virus que se ha hecho más famoso que el Gabino y andamos todos con la boca tapada y con el paso trastocado, que ya nada es lo que era. Ya hace que nada es lo mismo, ¡pues no ha cambiado de un siglo a otro! Ahora alguien anda echando órdagos a lo loco para acabar la partida. Y alguno hemos de aceptar. Que es lo que yo digo: hay mucha gente chupando de la teta y esto tiene que reventar. Lo hará por el lado más endeble y los más desgraciados a pechar como siempre. Es lo que hay.

Cuando ella murió no imaginé que acabaría en esta esquina del mapa. Ni siquiera que la sobreviviría tanto tiempo en un país de viudas, aunque parece que la cosa tiende a igualarse, que esa es otra. Pero no voy a hablar de más, que la vida es como es y se ha de apechugar con lo que cae. Que también podía haber muerto yo en lugar de ella y la Rafaela haberse ido a vivir a Bilbao y allí sí que la habría gozado, que los vascos mueven las piedras y soban los amarracos como nadie.

Publicado la semana 132. 10/07/2020
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