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Jesús Andrés Pico

COVID-19

Tiene nombre de mascota olímpica, mascota de juegos pandémicos, de juegos del hambre que han llegado hasta nosotros para quedarse en nuestras ciudades y en nuestros miedos (con nosotros, nuestras calles y nuestros temores) El virus coronado y demócrata se ha extendido  de este a oeste y de norte a sur como un viento invisible y helado. Todos deseamos que desaparezca como vino, o al menos que se deje domesticar y reducir como otros virus ya cotidianos, pero habrá que instaurar un tiempo para instalar a esta nueva pandemia como se merece, entre los juegos panamericanos y la eurocopa, entre la gripe estacional y las enfermedades endémicas del tercer mundo. Es un míster Marshall inverso, un plan de desarrollo y globalización que nos vino de China, en un resoplido somnoliento del gigante asiático que no acaba de despertar, pero ha entrado ya en la fase de sueño ligero. Aunque rebrota en Pekín una cepa europea que quiere instalarse en la ciudad prohibida en lo que parece una represalia del Olimpo helénico y el Asgard nórdico unidos por el euro en la casa común de los dispares.

Dicen que salió de China en el vuelo ultrasónico de un murciélago decidido a extender sus cinco vocales por los cinco continentes como los aros olímpicos de la oscuridad y el confinamiento. Algo así  como la venganza de la Naturaleza harta de sobrexplotación y vandalismo. No faltan las teorías conspiranoides que involucran ocultos intereses económicos y círculos de poder. Se echa en falta un Carlos Jesús que vincule al COVID con Raticulín. Pero ya tenemos a los circos mediáticos y a la clase política para distraer nuestros ocios forzados.

Lo cierto es que a principios de año aquí se veían las noticias referentes a China con la curiosidad e indiferencia con que se siguen los acontecimientos que nos resultan lejanos y hasta curiosos por ajenos y antidemocráticos. Una ciudad cerrada, aislada y en cuarentena forzosa, se antojaba algo exótico y extravagante a nuestra mente occidental y consumista. Pero la cosa se fue extendiendo, la OMS lo calificó de pandemia y se suspendió el mobile word congress de Barcelona (¡qué despropósito!) y se suspendieron las Fallas con todo preparado para la plantà (Eso sí que son palabras mayores. Aquí pasa algo gordo, pensamos y pensamos bien, pero con la mente pequeña) Y llegó Italia y las barbas en remojo. Y cuando los bares chinos se tomaron, de un día para otro, un mes (decían) de vacaciones (ellos que no cierran así se acabe el mundo) ya teníamos el virus detrás de la oreja. Comprendimos entonces que la cosa iba en serio y que tras el canto de cisne de las manifestaciones del ocho de marzo nuestro confinamiento, tras decretarse el estado de alarma en toda la nación, era el menor de los males con todo lo que se nos venía encima.

Y así hemos vivido casi cien días de excepcionalidad, una primavera de ventanas, de balcones y aplausos, de héroes cotidianos e imaginación desbordada. Mi padre vivió la gripe del 18 con 16 años, la dictadura de Primo y la guerra que se montaron cuatro generales golpistas para gloria y enriquecimiento del histriónico Paco, de proverbial baraka y voz atiplada, que nos tocó en desgracia (suerte para algunos) A mi padre no llegaron a alistarlo (en abril del 39 tenía 37 años) y vivió, en la Quintanilla del venerado  Onésimo Redondo, una durísima postguerra. Acumuló sin duda ingente material para contar a sus nietos. Desgraciadamente no llegó a conocerlos. Quienes nacimos después de los cincuenta tardamos en darnos cuenta que habíamos perdido una guerra y teníamos una revolución pendiente, víctimas de un bautismo por inmersión en la santa madre iglesia y el orden establecido. Vivíamos los acontecimientos mundiales desde el córner de la piel de toro que salía de la autarquía para entrar en la era del turismo y los pelotazos. Y en ella seguimos (los mismos perros con los mismos collares) Pero ahora tenemos una pandemia (que es como una guerra sin destrucción material) para contar a los nietos si llegamos a tiempo. Porque esto (al tiempo) no ha acabado.

Ahora, cuando los bares chinos del barrio también han abierto, volvemos a la nueva normalidad, a la cotidianeidad que ya no será lo que era. Ha vuelto el fútbol, el turismo y la lotería, la vida sigue igual, ¡hey!, aunque no es lo mismo. Piensa el personal que esto ha sido un resfriado más largo de lo habitual y andan unos despelotándose por los arenales y las terrazas y otros pidiendo la intervención divina y el cierre de fronteras y lupanares por aquello de evitar la tentación vírica. Las dos Españas se reparten el congreso y las calles, tornan a llenarse los platós de tertulianos y cada quien ve lo que quiere ver. Han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses y ahora lo que prima es ir a una con Europa y el capital.

Nada de lo escrito hasta ahora entraba en mi agenda golpista. La intención inicial era dar forma a un relato al hilo de la actualidad, pero ya es domingo y, en su día, dios dispone. En fin, lo dicho, mi padre no tuvo nietos en vida y con sus hijos no habló mucho. Yo voy por el mismo camino. Eso sí, con mascarilla.

Feliz desescalada.

 

                                                                   

Publicado la semana 129. 21/06/2020
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