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Jesús Andrés Pico

SUPERVIVENCIA

De nuevo ese sonido ensordecedor, rítmico y letal sobrevolando las alturas, de nuevo este ancestral temor transformado en súbita alegría al comprender que no pasa nada, que la vida sigue su curso y yo continúo arraigado, asido tenazmente a la piel cetrina del pecho como un flexible junco inquebrantable y altivo, desafiando a los avatares del tiempo, de ese tiempo que deja ya de ser circular y extraño para transformarse en un tiempo que nace y muere.

 Hasta que uno no toma conciencia de su propia naturaleza, de su propio ser, de este estar vivo e inmerso en una nada o en un todo, no puede sentir esta alegría por sobrevivir aferrado a la piel más flácida y rugosa cada día que pasa, esta satisfacción inconsciente que aparece cada vez que en la parte alta del organismo que habitamos el sobrecogedor sonido va cercenando (algunos cuerpos mutilados caen sobre mí) las ansias de crecer de mis congéneres. Corren rumores de que no mueren y resurgen de sus raíces con mayor vigor y fe en la vida que se abre de nuevo ante sus ojos. Pero no dejan de ser eso: rumores, leyendas como las que hablan de los seres que nos sustentan en algunos de los cuales crecemos sin medida hasta que estos seres  mueren y nosotros con ellos.

He intentado inútilmente mantener contacto de alguna manera con los hermanos que a mi lado se erizan de repente y caen luego en un sueño plácido. Pero no parecen tener conciencia de sí mismos, son seres vegetales que crecen ajenos a todo lo que les rodea. Ajenos a su existencia viven y mueren como si la vida no fuera con ellos. Mueren, sí, porque últimamente he visto desaparecer a muchos de ellos de manera fulminante bajo un rayo luminoso, cálido y letal, una nueva y certera forma de matar que poco a poco va desplazando otros sistemas más sofisticados que el monocorde zumbido cercenante. Y he llegado a pensar que las voces que oigo no son sino alucinaciones, retazos de un mundo inexistente al que yo he dado vida con mis deseos de sobrevivir en un ambiente cada vez más hostil.

Uno llega a sentir el viento, el agua, el sol, las suaves caricias de una piel ajena a la piel que le sustenta, se siente luego parte de un cuerpo perdido en un mundo de cuerpos vagando por un espacio infinito. Y quizás sean estas sensaciones, esta indefinible alegría lo único realmente importante, el único sentido para esta tenaz supervivencia, para este incomprensible vivir cuando todo en derredor es muerte y destrucción, cuando queda un vacío a tu lado que te llena de angustia y te colma de una impotente desesperación.

Hoy he vuelto a cruzar el umbral tormentoso donde anida el rayo de luz destructor. Es una sesión más, una de esas terribles sesiones que van debilitando mi organismo. Y he sentido al traspasar la frontera traslúcida el horrible presentimiento del fin cercano.

Pero ha sucedido algo maravilloso. El ser que me sustenta ha dicho no a la destrucción sistemática del mundo que conozco. En el último momento ha tomado conciencia de su importancia en el universo que le puebla y ha decidido dejar que la naturaleza siga su curso. Ha comenzado por salvarnos a nosotros para salvarse a si mismo y al mundo en que está inmerso, que no goza, por lo que sé, de muy buena salud. Y ha salido silbando por la puerta con el cuerpo erizado de vello, conmigo y mis hermanos supervivientes levantados en una silenciosa sinfonía de esperanza.

Ahora puedo notar de nuevo la vivificadora caricia del viento y de este tenue sol otoñal mientras espero que renazcan, como hierba fresca sobre la piel desvastada, otros pelos, otros hermanos con quienes intentaré comunicarme tratando de insuflarles la fe en la vida desde la alegría incontenible por la supervivencia de la especie en este mundo que se había tornado inhabitable y gris. Me siento vivo, féliz, esperanzado…

El hombre sale del Centro de Depilación silbando. Nadie diría que hace unos momentos ha tenido problemas con su crédito. Ha intentado achacarlo a un error del lector de tarjetas, del banco, de la informática…, pero lo cierto es que está en números rojos. “La puta crisis”, pensó antes de recibir la llamada de Esther. Esther que quiere darle una nueva aportunidad y le espera con su cuerpo depilado dentro de media hora en el lugar donde se conocieron. “¡Al carajo!  Ya no voy a tener que enseñar mi cuerpo a ninguna desconocida y además el invierno está a la vuelta de la esquina. ¡Qué se joda la economía! El amor es quien mueve el mundo y no cuatro banqueros y ocho políticos corruptos.” Y sale silbando por la puerta, con el viento otoñal, el mortecino sol y el renacido amor erizando el vello de su cuerpo.

 

 

 

 

 

 

 

Publicado la semana 127. 04/06/2020
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