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Jesús Andrés Pico

YA NO HAY PÁJAROS (Relato, parte II)

(Bajan los críos en desenfrenada galopada la costanilla que lleva al río) 

—¡Vamos al Plantío!

—¡Al Plantío!

—¡Al Plantío!

Al finalizar la cuesta cruzan el puente del Canal del Duero y, antes de llegar al río, giran, sin cesar de correr, hacia su izquierda, adentrándose en el Jardín del Carretero por la senda que discurre al borde del agua.

El sol se estrella contra los escudos perennes de las hojas y cae roto en cuchilladas de luz entre los pies que lo esquivan y pisotean, veloces, siempre veloces. Sobre el sendero verdoso del agua persigue a los chiquillos, buscando un remanso entre los árboles para abalanzarse sobre ellos, rodeándoles en un efusivo abrazo luminoso.

El Jardín del Carretero, con sus dos enormes secuoyas a la entrada, se extiende junto al canal en un bancal de sombra y agua entre el pueblo, arriba, y el Duero, más abajo, discurriendo entre olmos que parecen querer frenar con sus raíces las aguas del río machadiano. Frondoso, con la frescura que proporcionan tilos y coníferas llegadas de otras latitudes y arraigadas en el húmedo suelo, es lugar de lentos paseos y besos de sombra al languidecer la tarde. Pero ahora se convierte en selva tropical herida por el lento curso de un Amazonas mesetario, plagada de ocultos e imprevistos peligros acechando detrás de cada tronco e invadida por los gritos que la despiertan de repente del letargo vespertino. Exploradores niños avanzan por el intrincado bosque poblado de seres fantásticos y animales imposibles. Una culebra de agua se transforma en anaconda gigantesca, perseguida por intrépidos cazadores hasta  que consigue escabullirse aguas abajo. Un nido en lo alto de un árbol, es el enorme cubil de un ave Rock, más descomunal aún, que alberga huesos humanos, inverosímiles objetos, oro, joyas y polluelos hambrientos.  

—¿Quién sube?

—Sube tú, Poíllo, que trepas mejor.

—No. Que suba el pardillo.

—¡Si, venga! ¡A ver cómo trepan los de la capital!

—No, no. Yo no sé. Está muy alto.

—¡Va, miedica, inténtalo! No seas niña.

—¡El pardillo es una niña! ¡El pardillo es una niña!

El chiquillo herido en su amor propio duda entre recular y dejar salir las lágrimas que por momentos se agolpan en sus ojos o, ¡con dos pares!, subir a lo alto del árbol, cuando un empellón lo lanza contra el grueso tronco que aleja el nido hacia un cielo alto e inalcanzable. Sin darse apenas cuenta se encuentra aupado sobre un bosque de manos, instintivamente se aferra con toda su fuerza al tronco. Permanece así un buen rato, desaparecidos ya los puntales de carne, ciego de altura y sordo ante el incesante coro de voces que le jalean o insultan, incapaz de mover un músculo, hasta que se deja caer, exhausto y blanco, como una rama desgajada. Rojo de arañazos y rabia contenida, siente manar gotas de sangre en brazos y piernas, y lágrimas en los ojos, y odio en el corazón.

—Venga, que eso no es nada. Mira el Poíllo como trepa.

—¡Mira y aprende, chaval!

El Poíllo abrazado al desnudo tronco asciende, con agilidad simiesca, hasta las primeras ramas donde se cuelga, toma impulso y sube, más ligero si cabe, hasta alcanzar el entramado de ramaje seco y plumas.

—¡Ya han volado!  —grita arrojando parte del nido al suelo.

Y, tan rápido como subió, desciende para correr junto a los demás hacia el puente que cruza el canal y comunica El Plantío con La Pimpollada y la carretera general. El Plantío es término de paseos de enamorados y sombreado lugar de meriendas campestres, idílico paisaje donde una playa de cascajo y algo de arena sueña lejanos paraísos marinos y cálidos en una isla abrazada por el Duero a la que se llega cruzando el río por su brazo más estrecho y pedregoso. Al otro lado las aguas discurren rápidas y peligrosas bajo los árboles ribereños. Entre juncos y verde hierba brota una fuente de claras y frescas aguas que, formando un regato cristalino, van, mínimo afluente, a la corriente del río. Los niños refrescan las resecas gargantas, se mojan la piel recalentada y beben en los cuencos goteantes de sus manos. Luego, en una increíble tregua, sentados en corro bajo la espesa sombra, al arrullo del agua, hablan de nidos y pájaros, de juegos y sueños…

—No hay ya polluelos en los nidos.

—A veces queda algún volandero retardado.

—Pero eso es en primavera. Ya no es tiempo.

—Podemos probar. No todos ponen a la vez.

—¡Tonterías! Mejor nos damos un baño.

Y, como impulsadas por un luminoso resorte, salen las ropas volando, cayendo desmayadas, entremezcladas y sucias sobre el suelo, salen las voces volando, ascendiendo vivas, entremezcladas y limpias al cielo azul. Juan permanece inmóvil, indeciso, extraño en un mundo que pudo ser el suyo, un mundo, ahora, al alcance de la mano, siquiera sea por breves momentos. Contempla, extasiado las mansas manos del río acariciando con bruscos dedos de espuma los cuerpos de ébano. Más allá se alza, indiferente y estático, el espacio arbolado, cobijando en las ramas más alejadas y altas, un nido levemente mecido por una brisa de sombra, un  nido altanero donde se agitan, como una bandera desafiante, algunas plumas blanquinegras. Un nido, tal vez lleno de vida, que lo llama, le invita a integrarse al grupo que chapotea bullicioso, a dejar de ser el pardillo de ciudad. Juan se mete en el agua, cruza el brazo del río, aguantando un par de aguadillas y atraviesa la arbolada isla. Desde abajo le cuesta divisar el nido, pero lo descubre al fin y, venciendo su miedo, intenta imitar al Poíllo. Una, dos, tres veces; al final, sin saber cómo, se encuentra colgando de una rama baja.

—Sube los pies —le gritan desde el suelo.

—Intenta ponerte en pie sobre la rama y luego todo será más fácil.

—¡Salta! ¡Déjalo! ¡Ya no hay pájaros! —dice otra voz, cuando él, abrazado a la rama, gira sobre ella y, notando que le tiemblan las piernas, se pone de pie.

Abajo arrecian los jaleos, los gritos de ánimo, mientras sube de rama en rama, acercándose al nido. Alcanza a ver plumas y cascarones rotos antes de gritar, sintiéndose un héroe pese a todo:

—¡Está vacío! —Y agita la mano con parte del nido en ella—. ¡¡Está vacío!! —grita más fuerte, afianzado y exultante.

Y, cómo respondiendo a su voz, suena un brusco chasquido y cede la rama bajos sus pies. Intenta asirse a las ramas que van cediendo o quebrándose a su paso y de pronto el agua le sube hasta los ojos. Bracea desesperado y aturdido, intentando imponerse a la rápida corriente que lo arrastra, tirando de él hacia el fondo, golpeándole con puños de roca y espuma y abrazándole con remolinos de muerte…

 

Encontraron su cuerpo días después en la presa de Tudela. Cuando lo enterraron en el cementerio del pueblo, sus nuevos amigos depositaron un nido vacío sobre su tumba.

 

Publicado la semana 126. 25/05/2020
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