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Jesús Andrés Pico

TARDE DE SOL (Relato, parte I)

En la Plaza del Ayuntamiento cerrado a cal y siesta, una bola de fuego resbala lentamente por el azul de agosto. Media docena de mozalbetes, morenos de polvo y sol, juegan sin juguetes. Gritan, ríen, se persiguen entre nubes de tierra reseca, aventada por sus pies. Y las manos, el pelo, la piel, la escasa ropa, se oscurecen y ensucian en una cenicienta e incruenta guerrilla bajo la fulgente luz del atardecer apenas iniciado.

Lenta y pesada, como si sus goznes soportaran el grávido peso del universo, se abre una puerta. Un rostro de mujer, cansado y seco como la tarde, emerge del umbrío portal. Sus ojos entrecerrados, perezosos, escrutan la plaza buscando entre la cegadora luminosidad el origen de la turbadora algarabía. Y un trueno solar, una voz retumbante, se eleva como candente vaharada, entre la polvareda infantil en el letargo de la siesta interrumpida:

—¡Chicos, coin!  —y luego, más pausada, pero sin bajar el tono— Iros a jugar a otra parte. Me vais a despertar al crío.

Los niños se detienen un momento. Dudan entre el juego y la huída. La mujer da unos pasos vacilantes hacia ellos. El sol se mantiene firme, alto, desafiante.

—¡Si no os largáis ahora mismo, me van a oír vuestros padres!

Y los chiquillos se alejan corriendo. Rebotan sus voces en las cegadoras paredes encaladas, en el adobe endurecido en el horno del sol, en las piedras de antiguas fachadas, en desfiladeros de calles… Se pierden en el alto cielo azul camino de otras plazas y otros juegos…

—¡Demonios de críos! Siempre igual. No puede una con ellos.

Sobre la  plaza  de La Iglesia gravita también una losa de fuego y silencio, roto ahora por el bullicio infantil. Un nido de cigüeñas domina desde el campanario el aire agostado y traslúcido. La sombra desciende, reptando lenta, cansina, por un lateral del templo. Cuatro o cinco niños revolotean, corren, juegan, entre una inmensa nube de polvo. Otro, detenido a la puerta del bar esquinero, entre la cortina de abalorios, el rostro pegado al cristal y las manos alrededor de los ojos, otea el umbrío interior.

—¡Está puesta!  —grita, girando la cara— ¿Entramos?

Y, sin espera, se introduce dentro del local. Distingue, en la penumbra que proporcionan las persianas bajadas, a un chaval con los ojos fijos en la pantalla del televisor y se sienta a su lado.

—¿Qué haces aquí?

—Ver la tele, ya ves.

Susurra el televisor colocado a una considerable altura, susurra el ventilador suspendido del techo, hablan, parcos, los jugadores de mus sentados a la luz que penetra por la puerta entreabierta del patio vacío. Grita en silencio el sol entre los pasos de los chiquillos que siguen al primero.

El dueño del bar se levanta de la silla donde, sentado con el pecho contra el respaldo, contempla la partida.

—¿A dónde os creéis que vais?

Su voz resuena súbita y seca, sobresaltando a las sombras del recinto, sobresaltando a los intrusos, cortándoles el paso apoyada en los gestos ostensibles de unas manos enormes.

—Venga, venga. No son horas de molestar a la parroquia. Id a jugar por ahí.

—Si no  molestamos —aventura uno—. Sólo queremos ver un poco la tele.

—Ya, pues a verla a otro sitio. Aquí no os quiero ver. ¡Largo! ¡Todos! —añade mirando a los dos ya instalados en las sillas.

Salen gritando, cerrando de golpe la puerta. Seis o siete mozalbetes revoloteando, chillonas golondrinas de vuelo bajo, sobre un suelo lunar. Vienen y van, agitando la cortina y pegando los sudorosos rostros sonrientes a la hoja acristalada, mientras el tabernero, ahora tras el mostrador, comenta algo con los jugadores antes de dirigirse, visiblemente contrariado, a la entrada. Los rapaces, al verle, se alejan corriendo.

Se detienen tras la iglesia. Un perro dormita a la sombra de una galera.

—¿Sabéis que aquí había un cementerio?

—No era un cementerio, burro. Enterraron a los fusilados de la guerra, unos encima de otros.

—¿Y no es un cementerio dónde entierran a los muertos?

—Sí, pero sólo si es sagrado.

—Ya. ¿Quieres decir que los cementerios paganos no son cementerios?

—No hay cementerios paganos.

—Aquí no, pero en tierras de paganos ha de haberlos por fuerza.

El perro, interrumpida su sosegada siesta, más por la presencia de los intrusos que por  el concienzudo diálogo, se despereza y, con  andar cansino, se aleja, cabizbajo, camino del río.

—¿Y éste? —inquiere uno, señalando con un gesto de la cabeza al pequeño desconocido que ha salido del bar tras ellos, uniéndose al grupo.

—Es Juan, de los Palomeros, un pardillo de la capital —aclara una voz.

—Ya. Pero, ¿viene con nosotros?

—Claro. Que venga si quiere. —dice otro. Y añade, mirándolo— ¿Te vienes?

—¿Puedo?

Por toda respuesta el aire se puebla de gritos y retumbar de cascos —ensueño de zapatillas sobre la dura tierra—. Bajan los críos en desenfrenada galopada la costanilla que lleva al río. El perro, detenido, los observa, dudando entre seguir adelante o retornar al abandonado cobijo del remolque.

El pueblo queda en silencio.

En el sosiego de la siesta, las campanas de la iglesia crujen ligeramente, como afinando la voz para el domingo de fiesta o el lastimero doblar que entonan de tarde en tarde.  

 

 

 

 

 

Publicado la semana 125. 24/05/2020
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