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Jesús Andrés Pico

RETORNO

La noche, impenetrable y blanca, iba quedando atrás. La niebla alargaba los últimos jirones de sus manos en un desesperado intento por asirse a las desoladas ramas de los pinos cubiertas de escarcha. El firmamento, frío y estrellado, se tornó sonrosado, se volvió azul cuando abandonó el pinar y cruzó los campos sin labrar. Apareció envuelto en el vaho de su propia respiración que se elevaba silencioso como un humo sin fuego, como un embozo donde el tiempo perdido se revelaba en lentos, pausados intervalos. Caminaba inclinado, tropezando con los duros terrones de barbechos eternos y helados. Alcanzó la desierta carretera que hiende al pueblo como una negra daga. Las suelas gastadas de sus zapatos arrancaban opacos quejidos al asfalto abandonado. El sol, asomando tibio entre los distantes alcores, le daba en el rostro aterido, apenas levantado hacia la caricia dorada, cuando se detuvo en mitad del pueblo. Alzó la vista hacia el mudo campanario, miró en rededor sin divisar un alma, ni atisbar el más ligero movimiento allá donde los rayos nacientes no alcanzaban a destruir el sombrío cobijo de la helada. Sus ojos discurrieron por la carretera que, entre campos dejados de la mano del hombre y de Dios, se perdía entre albos pinares. Más allá, donde los ríos se juntan, la niebla de la que había emergido, extendía su manto resistente aún a los embates del sol.

Avanzó lentamente entre las casas de puertas cerradas y ventanas clausuradas. Extrañamente vacío, el pueblo le rodeaba. Comprendió que estaba abandonado. Muerto, quizás como él mismo. Descendió hasta el río donde bañó su infancia, sumergió sus manos en el agua rápida y cortante y se lavó la cara. El frío del agua y la tibieza del sol, cristal y oro, le despejaron y se reanimó su rostro. Volvió a entrar en el pueblo y al deambular por las calles era como si transitara sobre su propia vida, sobre su cuerpo cansado y desierto.

Abrió la puerta arrumbada y se detuvo en el dintel que traspasara tantas veces en su niñez. Todo permanecía igual, como si no hubiera transcurrido el tiempo. Allí estaba el techo pintado caprichosamente por las goteras, la escalera que llevaba al desván, la mesa, la vieja palangana desconchada. Podía mirarlo todo con ojos infantiles, recobrar aquel tiempo, oler a pan y a estiércol, pero sus ojos no eran los mismos y una extraña sensación de desasosiego y abandono se apoderó de él al descubrir los rincones sin telarañas, las vigas respetadas por la carcoma, y el polvo, tan sólo el polvo, cubriendo desvencijados muebles y suelos sin pisadas. Tan sólo el polvo como un enorme cobertor sobre el pueblo desierto, abandonado por todo ser viviente, vacío, muerto hasta en sus últimos rincones. Tan sólo el polvo, único habitante de aquel pueblo fantasmal, el polvo dentro de las casas, el polvo emergiendo de las calles al deshacerse el hielo ante el imparable avance de la mañana, el polvo que era él mismo que ni siquiera estaba allí, en el reino del polvo, polvo de siglos, de olvido y de abandono.

Publicado la semana 122. 30/04/2020
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