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Jesús Andrés Pico

LA BIBLIOTECA DE CORAL

En la niñez, cuando el sol descendía hasta el mar por dar a las aguas el calor que tan necesario nos era para sobrevivir, sumiendo las montañas emergentes en tétrica oscuridad y los adolescentes, en el centro del corro, mecidos por el leve oleaje, narraban con énfasis, por hacerlas verosímiles, cierta afectación y un punto de misterio, espeluznantes historias que a su vez escucharon en su infancia, yo ya me sentía distinto. Con un escalofrío recorriendo mi cuerpo, desde la cabeza donde las manos palmeadas comprobaban con horror el rebrotar de los erizados cabellos que mi madre me había rasurado escondidos tras las rocas, hasta la cola que agitaba, ajena a mi voluntad, el agua tranquila y calda, miraba de reojo la oscurecida arena de la playa, no fuera a suceder que uno de esos extraños seres, que nadie había visto, cubiertos de vello y con largas extremidades sobre las cuales se mantenían erguidos y les permitían vivir fuera del agua, se recortara espectral contra la noche naciente y, peor aún, se acercara hasta nosotros con uno de esos extraños artilugios, que nadie había visto, dándonos caza y llevándonos a tierra firme donde sólo Poseidón sabe que sería de nosotros.

Años más tarde, cuando el horrible vello despuntó en diversas partes de mi cuerpo, me supe definitivamente distinto. Intentaron mitigar mi desesperación contándome no sé qué patrañas de la evolución y la genética. Hubo quien me habló de cambios climáticos y grandes cataclismos, de una vida anterior fuera del agua, de la piel dura y áspera de nuestros ancestros cubierta de vello para resistir el frío. Finalmente mis padres optaron por llevarme a la Corporación. Allí descubrí que no era el único con semejante problema. Cuando aquellos fígaros próceres y mágicos consiguieron, tras varias sesiones, eliminar todo rastro de fealdad y anacronismo de mi cuerpo, me sentí renacer. La vida cobró el sentido que le era connatural. Pude acercarme a las hembras jóvenes sin temor al rechazo, nadar mar adentro con el sol en el lomo y realizar inmersiones cada vez más profundas, integrándome con pleno derecho en el grupo al que pertenecía desde mi nacimiento. También se despertó en mí el deseo de saber. En la biblioteca de coral descubrí el mundo de las ideas. Era feliz, hasta que un día di por casualidad con una concha alejada y oculta donde se narraba la historia de las pilosas criaturas que nadie había visto. Pensaba que los relatos sobre ellas no eran más que invenciones para asustar a los niños demasiado atrevidos o pusilánimes, pero aquellas palabras de espuma me revelaron la verdad. Descubrí que la historia del Planeta estaba plagada de inundaciones y glaciaciones terribles, que nuestra raza, pagando siempre un elevado tributo, había sabido adaptarse a ellas y supe algo que ya intuía: que los extraños seres que nadie había visto y nosotros teníamos antepasados comunes. Ellos, huyendo de las aguas, habían sobrevivido en las escasas tierras emergidas sin necesidad de adaptarse al nuevo medio y el vello, tan incómodo y odiado, que aparecía en tantos de nosotros, no era más que el recuerdo de un pasado olvidado.

A partir de entonces me obsesioné con esta rama desgajada de mi propio árbol. Quise encontrarles, enseñarles nuestro modo de vida, las ventajas de un cuerpo liso y depilado adaptado a la vida en el mar. Busqué por las playas, oteé las islas cercanas, me arrastré incluso a su interior inexplorado, afrontando miedos y peligros desconocidos. Me alejé cada vez más en busca de nuevas tierras, las singladuras se tornaron travesías siempre con idéntico resultado. Si alguna vez existieron, si lo que leí no fue, sin más, el fruto de una mente calenturienta obcecada por las historias que alguien inventó para alejarnos de las acechanzas y posibles encantos de las tierras emergidas que iban extendiéndose más y más al evaporarse el agua en brusco contacto con rocas incandescentes vomitadas por enormes bocas de piedra, si alguna vez existieron, digo, se habían extinguido irremisiblemente.

Volví a la Corporación porque el vello me creció de forma desmesurada, quizás para protegerme del frío de las gélidas aguas donde flotaban islas de hielo y la tierra no existía, a las que me llevó mi obsesivo peregrinar. Éramos muchos, quizás demasiados, quienes compartíamos la terrible irrupción del vello en nuestra piel y, aunque al cabo de varias sesiones el problema quedaba erradicado casi de por vida, no me parecía natural que tantos congéneres sufrieran idéntica tortura y oprobio.

Mi innata curiosidad y mi inconformismo endémico me llevaron a indagar por los aledaños de la Corporación. Y obtuvieron su fruto.

Aún a riesgo de perder la libertad e incluso la vida, descubrí el gran secreto al que no eran ajenos nuestros próceres y el Consejo de Buen Gobierno que vela por todos nosotros y rige nuestro destino. Me ofrecieron callar a cambio de una relevante participación en la Cúpula del Poder Establecido. Y acepté por el bien de la comunidad y el mío propio.

Definitivamente depiladas piel y alma, opté por el olvido. Felizmente emparejado, mis retoños no sufrirán jamás el problema que a mí me aquejó. Al saberse perfectos es muy probable que no hereden la sed de saber y el aventurero carácter de su padre, pero serán totalmente felices aceptando la Verdad Oficial que les legamos.  

Escribo estas palabras en el ocaso de mi vida. Las dejaré, junto con las pruebas y datos que he reunido a lo largo de mi permanencia en el Poder Establecido, en una concha perdida en la biblioteca de coral. Si algún espíritu inquieto las descubre algún día podrá decidir si continuar más allá de donde yo conseguí llegar o aceptar los hechos consumados y callar por el bien de la evolución y de nuestra raza. O por el suyo propio y el de sus descendientes.

 

Anexos:

1.- Sobre la existencia y extinción de los seres velludos que nadie ha visto y la posibilidad de vivir fuera del agua.

2.- De las pruebas que la Corporación lleva a cabo en laboratorios secretos con genes criogenizados de seres velludos y fetos de nuestra especie.

3.- Documentos de Alto Secreto referentes a las prácticas de La Corporación y de la función y subsistencia de la misma como mal menor.

4.- Comentarios a las Leyes de Buen Gobierno que rigen nuestros destinos

5.- Consideraciones sobre la evolución y futuro de nuestra especie.

 

Que Poseidón sea contigo, intrépido lector.

 

 

 

 

Publicado la semana 121. 24/04/2020
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