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Jesús Andrés Pico

LA ESPERA

Alguna vez oí a alguien -médico probablemente, tal vez sacerdote, quizás soldado- hablar de la muerte. Hablaba de muertes apacibles, de esas muertes con la sonrisa en los labios, como si fuera un sueño, un dulce tránsito, un paseo al atardecer con la muerte de la mano. Yo siempre quise, desde que tuve conciencia de mi muerte indefectible, morir así: viéndole el color de los ojos. Oí otras veces, tal vez a la misma persona, hablar de muertes horribles. La vida se iba en un puro grito, mientras dedos macilentos arañaban las paredes y desgarradas manos se asían a las ramas del aire, en un intento desesperado por retener el aliento que se escapaba de los pulmones. Entonces a mi me daba miedo morirme y quería seguir viviendo, pero no podía apartar las escenas que se formaban en mi mente: veía un hombre sin rostro sobre mi cama, arañando la pared azul, justo donde está la mancha de plátano, aquel plátano que estrujé un día en un gesto de rabia e impotencia y ha quedado ahí, informe e indeleble, sobre la pintura apagada, para recordarme con su anacrónica presencia que aún sigo vivo. Arañaba con desesperación y sobre la pared azul aparecían largos y profundos surcos blancos, pero la mancha de plátano permanecía, porfiada y tenaz, ahora sobre el fondo de yeso. Sería preciso horadar la pared para eliminarla, borrarla del rasguñado soporte, pero no había tiempo y el hombre seguía arañando y gritando sin que se oyera su voz. Yo sentía su angustia dentro de mí y gritaba y mi grito lo hacía desvanecerse. Entonces volvía la mancha de plátano a su fondo azul.

Entre estas muertes, y aún dentro de ellas, hay otras muchas. Variaciones sobre un mismo tema. Versiones individualizadas porque no hay dos muertes iguales. Uno puede morirse plácidamente o en terrible agonía, pero se muere a su manera, que cada cual tenemos nuestra propia muerte, lo mismo que tenemos nuestra propia vida que es, según dicen, única e irrepetible. Única e irrepetible, propia y desconocida, mi muerte. Mi muerte, como mi vida, incógnita y diminuta.

Hay también muertes repentinas que llegan cuando aún no te has obsesionado con ella; a veces, antes de imaginar siquiera que al final de los ríos se halla el mar. Son muertes que producen en los vivos conmiseración y lástima, máxime si el difunto apenas ha disfrutado de la vida. Yo, que apenas he vivido, no quiero inspirar lástima a nadie. Por eso soy huraño y desagradable muchas veces. Sobre todo con mi madre, aunque creo que para ella mi muerte será una liberación.

Hay muertes lejanas, que son las que yo más conozco y me sirven para imaginar, vivir casi, mi propio acceso al más allá, mi último trance. Y hay muertes más cercanas, de conocidos, amigos, familiares, que dejan un poso de dolor, una angustia, un deseo irreprimible de abandonar también esta vida mezquina. Deseo que, al final, queda como una simple mancha de plátano en la pared azul de la vida.

Y hay, en fin, la propia muerte, terrible cuando es una muerte anunciada y cercana. Como la mía. Mi muerte única, cierta y desconocida. Irrepetible. Mi muerte como mi vida. Sabedor de mi muerte paso mis horas y mis días imaginando el trance, más: viviéndolo. La vida para vivir la muerte. Curioso. Ángel me llamaba heraldo negro, pájaro oscuro y masoquista de la muerte, cuando entraba cargado de libros y revistas para mis ocios, de regalos y pequeños detalles que se acumulan debajo de la cama, donde habitan los sueños y el polvo. Ángel pasaba largos ratos conmigo entre viaje y viaje, me contaba anécdotas tal vez inventadas, historias oídas aquí y allá, retazos inverosímiles de otras vidas, otros mundos, otras gentes. Y hablaba, hablaba sin parar, sin medida, como si necesitara vaciarse de palabras para salir de nuevo, expectante y alegre, a llenarse de vida. Y yo olvidaba mi muerte por vivir en sus labios. Sí, quería vivir. Levantarme y vivir.

Pero indefectiblemente partía de nuevo e, indefectiblemente, volvía a pensar en mi muerte a la que se encaminaba mi vida, si vida puede llamarse este esperar el fin sin esperanza. Y los días pasaban lentos, tristes, llenos de lecturas, sueños imposibles y negros presentimientos. Inmóvil sobre la cama eterna, desahuciado, esperando, poniéndole aire y sol imposibles a mi muerte oscura y acechante, moría sin morir, leyendo los periódicos atrasados que me traía mi madre doblados siempre por las páginas de sucesos. Mi madre, para quien yo no era ya más que una carga, un ser al que había que alimentar cada día, como a las gallinas, pero sin el provecho de éstas, pasaba como una sombra, negra y silenciosa, a veces suspirando, guardándose las lágrimas para cuando su espera callada, como la mía, alcanzara su final. Y transcurrían los días monótonos, cansados, de papel, tristes como mi propia tristeza. A veces llegaba carta de Ángel, o una postal con corazón de paloma y plumas de colores que semejaban calles y monumentos, alegrando desde su lejana libertad, desde su vitalidad inusitada, mi oscura y desasosegada existencia. A veces llegaban noticias de Ángel y era como vivir el tiempo vedado, ser ave y viento, abandonar por unos instantes mi cárcel azul…

Por aquel entonces comenzó a visitarme mi prima. Venía las tardes de los jueves con bombones y sonrisas. Venía Angélica, madura y tierna, por ver si con el amor vencía a la muerte mía. Traía un rayo de sol en la mirada y unos enormes pechos que me dejaba acariciar hasta que los pezones se le ponían erectos y me decía: “Chiquillo, tú aún tienes mucha guerra que dar.” Y se reía, y me besaba todo. Y movía su cuerpo semidesnudo, y se reía,  Y su risa loca alejaba a la muerte. Y yo la quería y quería vivir para ella. Y esperaba su alegría de los jueves para sumirme luego, inmóvil e impotente, en la desesperanza de los lentos días, mientras mi madre murmuraba por los rincones algo así como “desfachatez, oprobio de la familia, vestir santos y calentar camas de señoritos.” Luego todo se volvía pensar en la vaticinada muerte, unas veces deseando su llegada, otras queriendo vivir siquiera hasta el próximo jueves. Luego todo se volvía espera, anhelante espera de las misivas de Ángel, de la presencia de Angélica, de la muerte. Ella, que no quiso ser puntual conmigo, acudió a una cita distante, se introdujo entre los destrozados restos de un automóvil en no sé qué lejana carretera y se llevó la vida palpitante y alegre de Ángel cargada de regalos, relatos e ilusiones. Ella es así, inusitada, cruel, injusta. La premiosa muerte impredecible.

Alguna vez oí a alguien hablar de la muerte, de mi muerte.  Decía, bajando la voz, llevándose a mi madre a un rincón y dándome la espalda: “resignación, no perder la esperanza, confiar en Dios, tal vez aparezca un remedio… Y esperar, esperar, esperar…” Y mi madre, el marido desaparecido en la guerra, maldecía en silencio su suerte, mirando al hijo que no llegaría nunca a ser el hombre que necesitaba la casa. Es duro saber que uno ha de morir en plena juventud, sin aprovechar siquiera los últimos retales de sol y de vida, encerrado, inmóvil, en dependencia constante de los demás, de una madre desesperanzada, del fantasma de un padre desconocido, del amigo ausente para siempre, de los libros que ya no consiguen transportarme en sus alas  fantásticas a otras realidades y de Angélica, que ha vuelto a marcharse a la capital, dejándome en las manos y en los labios el sabor agridulce de sus pechos.

Ya no puedo seguir así. La espera se hace más insoportable cada día. He decidido, ya que ella no quiere venir, acudir yo a su encuentro. Aún no sé cómo, pero mirando la pared azul, algo se me ocurrirá. Cada cual tiene su propia forma de morir y yo he de encontrar la mía cuanto antes para acabar ya, de una vez por todas, con esta creciente desesperación. 

 

Publicado la semana 118. 03/04/2020
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