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Jesús Andrés Pico

CONFINADOS

De pequeño a menudo me confinaba en casa voluntariamente. O no tan voluntariamente. Tengo vagos recuerdos de un tiempo de enfermedad y postración en que María Jesús me traía tebeos de su hermano pequeño que tenía mi misma edad y tenía un mecano con el que jugábamos a veces en la gloria de su casa. Sebi (se llamaba Eusebio como su padre) tenía muchas cosas, cosas que yo nunca tendría. Pero los tebeos sí, porque me permitía quedármelos para cambiarlos, por San Juan, con el hijo del Mara, el churrero que venía puntual cada año a las fiestas del pueblo. Me recuerdo en cama, leyendo tebeos en días soleados. Don Félix, el médico que murió al estrellar su coche contra un pino viniendo de Valladolid, me inyectaba un líquido duro con aquella jeringuilla multiusos que esterilizaba con agua hirviendo y dejaba flotando en la sala un olor penetrante a alcohol y medicina. Años después, escribiría un relato a partir de este recuerdo; una semana de estas lo compartiré con vosotros. Evoco ahora otros retiros voluntarios, no continuados, obviamente, que la distancia reúne y agrupa como si la infancia hubiera sido un largo periodo de confinamiento. Y es que disfrutaba mucho leyendo y jugando solo. En el corral, entre tablones y haces de leña apilados, monté una especie de cabaña que se convertía en cabina de avión o nave espacial unas veces y otras en puente de mando de un barco pirata. También pasaba muchas horas leyendo los pocos libros que había en casa o las revistas atrasadas que le pasaba María Jesús a mi madre. Y releyendo tebeos, es claro. A veces subía al desván y me pasaba horas mirando por la tronera al cielo y a la calle, o meditaba tumbado con los ojos entrecerrados. Probablemente fuera porque en casa no teníamos ni radio ni televisión. Ni tenía hermanos con quien jugar y pelearme. Aunque en las noches, cuando no se madrugaba al día siguiente, matábamos el tiempo jugando a las cartas en familia, corta, pero familia. Vamos, que si en aquellos tiempos hubiéramos tenido una pandemia como la actual, yo lo habría pasado divinamente. Y sin papel higiénico.

Por enfermedad, una neumonía que casi se me lleva por delante, estuve confinado en casa varios días el verano que iba a cumplir catorce años. Entonces el médico era don Tomás y ya existían jeringuillas desechables. Permanecer los cinco años siguientes interno con los jesuitas, aunque pueda parecerlo en ocasiones, no lo considero confinamiento. En junio del 97 sufrí un accidente laboral en Barcelona que me tuvo durante un tiempo postrado en el hospital hasta que me enviaron a casa con una silla de ruedas. Al confinamiento hospitalario siguió el domiciliario. Lógicamente podía salir de casa, pero dependía de que alguien me sacara. Así que aprendí a pasar el tiempo estilo anacoreta moderno, básicamente leyendo y viendo televisión. Y aproveché para escribir, pese a que ya había pasado mi primera época de poeta, varios poemas que bajo el título de Los pasos quebrados presenté, poco tiempo después, al Villa de Martorell. Mantuve la baja laboral un año y un día, aunque, una vez que comencé a andar con muletas, puede decirse que ya no estaba en situación de confinamiento, como tampoco lo estuve los treinta y dos meses que pasé sin trabajar tras el infarto de 2016 y que supuso mi pase a las filas de los pensionistas y al grupo considerado de riesgo, no por edad sino por enfermedad, en los tiempos de coronavirus que estamos viviendo.

Lo que estamos viviendo... Lo que estamos viviendo quedará en los anales de la historia. No como la más alta ocasión que vieron los siglos, pero quedará. Los tiempos que estamos viviendo, una situación de cuarentena impensable meses, incluso días, atrás; una pandemia que es como un estado de guerra virtual con bajas reales; un tiempo de crisis que agudiza el ingenio, pero también la imbecilidad; que evidencia la solidaridad y entrega de unos y la picaresca y falta de empatía de otros. Tiempos para pensar y definir prioridades. Un tiempo del que mucho se está escribiendo y se escribirá. Tiempo, al fin y al cabo, de esperanza. Son momentos de hacer recuento de pertenencias y recuerdos, de lanzar lo viejo y caduco, momentos de rescatar lo que podamos de los estragos del tiempo, como esas fotografías de Amelia adolescente y la sonrisa en tarde nublada de Juli, mis dos amores primeros que ahora puedo contemplar en la pantalla, al lado de una Felicidad exultante de vida y juventud, para poner una nota de melancolía y secreta dicha en este aislamiento que ha de pasar para que algún día veamos qué nos depara el último y decisivo encierro.

En el presente y verdadero confinamiento que padezco (mis seres queridos no me dejan salir a la calle por ser persona de riesgo) no acabaré de catalogar todos mis libros, ni de leer tantos que tengo pendientes, ni escribiré la novela que espera agazapada malos tiempos para la lírica; quizás escriba un buen poema o un relato que golpee esta página con decisión de hacerse oír. No lo sé, hay tantas cosas pendientes y en realidad el tiempo, la vida, son tan escasos… Pero la gente está unida y es optimista.

En un mundo globalizado donde hay días mundiales para casi todo, ayer le tocó el turno a la poesía. Quien más, quien menos, lo celebró en la red y en los chats de diferentes grupos poéticos que vieron suspendidos los recitales programados para ese día. Hoy continuaré saboreando los versos diseminados por el éter que merecen un lento paladeo y descubriré otros que no tuve ocasión de leer o escuchar. Os dejo estos versos de Leopoldo Panero que Luis Llorente, poeta segoviano, me trajo a la memoria:

QUIZÁS MAÑANA


Quizá mañana
 
Sí, quizá mañana;
quizá mañana, y ahora estoy tan tranquilo,
y ahora respiro como debajo de un sudario,
y ahora estoy escribiendo palabras oscuras,
debajo de las estrellas, iluminado sólo por mi alma.
 
Quizá mañana mismo transcurriré hacia Tu espíritu,
y ahora, como el que acaba del volver la ultima página de un libro amado,
siento que hay algo que continúa,
siento que es imposible que termine de este modo
- parándose las cosas, interrumpiéndose las manos -
y quizá mañana a mi casa por la noche,
y todo quizá mañana será diferente,
y habré cambiado para siempre de sitio,
y las horas, como una caricia interminable, como si se abrieran lentamente las puertas,
tornan ligeramente desde lo más olvidado,
regresan desde lo invisible,
a posarse sobre este papel donde escribo,
y quizá la postrer palabra no llegue a rozar su blancura.
 
Sí, quizá mañana,
quizá mañana mismo me tenderé hacia Tus manos, Padre mío,
me tenderé temblando, adivinándome en Tu alma,
y ahora vivo yo libre al borde de Tu voluntad
abandonado a ella hasta la raíz de mis cabellos,
vibrando entre lo invisible y lo que toco con mis manos,
palpitando entre la esperanza y el recuerdo,
y miro a mi alrededor para cerciorarme de que vivo,
para olvidarme de que vivo, desprendido del todo entre Tus brazos.
 
Y sé que quizá mañana quedaré tendido en Tu memoria,
y escarbarás en mis maldades, y tomarás a peso mi alma,
y estoy temblando en tu balanza, estoy temblando ahora mismo, temblando fríamente,
y quizá mañana seré otro, y no sé dónde, y mi alma tiembla,
porque sé que es verdad, que quizá mañana me preguntarás, Padre mío,
y estoy trabajando de noche, oscuramente trabajando
para ser más secreto, para medir con mis pies las montañas, esperando tu Profecía,
y las palabras me responden oscuramente, como si algo muy profundo estuviera vibrando,
y voy vertiendo mi corazón, naciendo desde mis raíces,
y quizá mañana todo habrá cambiado, todo será como una casa abandonada,
llena de mujeres llorosas, y abre pasado por sus puertas,
quizá mañana mismo habré pasado, habré pasado, habré pasado por el orificio de una aguja,
quizá mañana mismo habré pasado,
quizá mañana la hora que está ya viva en el futuro,
la hora que cuelga como una lámpara tenuemente velada cada día,
la hora de que esta sed naciera, de que este amor bajara de las estrellas de una noche,
la hora de esta claridad que está sonando dulcemente en mi alma.

Leopoldo Panero. Antologado en En lo oscuro. Cátedra. 2011.

 

 

Publicado la semana 116. 22/03/2020
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