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Jesús Andrés Pico

LOS PASOS QUEBRADOS (Los poetas. 2)

Ahora que está de actualidad el alcalde de Madrid, cuyo nombre me niego a escribir, por haber borrado del memorial del cementerio de La Almudena el nombre de Julia Conesa, una de lasTrece Rosas, y los versos de Miguel Hernández que popularizara Serrat:

Para la libertad me desprendo a balazos

de los que han revolcado su estatua por el lodo.

Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,

de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,

ella pondrá dos piedras de futura mirada

y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño

reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.

Porque soy como el árbol talado, que retoño:

porque aún tengo la vida.

 

Aunque el cuerpo me pide otra cosa, quiero recordar a los poetas que murieron antes de cumplir cincuenta años, entre ellos Miguel y Federico, víctimas de la barbarie desatada en el 36 y cuya cola de lagartija aún se retuerce en histriónicos aspavientos.

No pretendo un recuento exhaustivo. Hay más de los que aquí aparecen y que he recogido sin ningún criterio preestablecido, atendiendo a su afinidad y calidad poética. Son víctimas, la mayoría, de enfermedades; alguno murió por accidente o heridas de guerra; hay suicidas y dos asesinados, porque la muerte de Miguel, como la de tantos muertos en las cárceles franquistas, fue un asesinato. Algunos dejaron una obra cumplida e ingente; otros, escasa. Todos son españoles; algunos crearon en catalán. La muerte, que troncó sus  vidas y cercenó sus versos, no borrará su recuerdo. Cuanto menos, intereses espurios.

Comienzo por el más antiguo: Garcilaso de la Vega, de quien, hasta que adquirí su obra completa, creo que en Castalia, sólo conocía (¡Oh dulces prendas por mi mal halladas,) algún soneto y que escribió tres églogas. Nació Garcilaso alrededor de 1500 y murió en 1536, a consecuencia de las heridas de guerra que le infringieron en el asalto a una fortaleza del sur de Francia. Y es que Garcilaso fue soldado y de su estancia en Nápoles le dio por el endecasílabo y  los sonetos hechos al itálico modo, popularizando, junto a Boscán, una innovadora métrica y una estética que convirtió a su escasa obra en punto de referencia para los nuevos poetas. No publicó nada en vida, y es que entonces, como ahora, la poesía no daba para vivir y era menester una profesión, aunque fuera tan peligrosa como la milicia en tiempos belicosos.  

Hay estirpes en muchos órdenes, también en poesía. La familia Panero, da para muchas tertulias, pero aquí sólo hablaré de Juan, el mayor de la saga y el que murió más joven.  A Juan, tan solo lo he leído en antologías. Tampoco tuvo tiempo de escribir mucho, publicó un solo libro en vida, otro recogió póstumamente sus últimos poemas. Cuando estalló la guerra civil, Juan se incorporó a las tropas sublevadas y en  1937 murió en accidente de tráfico en la carretera que va de León y Astorga. Tenía 29 años.

En el lado opuesto a los hermanos Panero, los hermanos Labordeta también recibieron la temprana visita de la Parca. Miguel (“nos haces una falta sin fondo”, le escribiría José Antonio) murió repentinamente a los 48 años. Miguel fue conocido como poeta tras su muerte,  gracias a la labor divulgadora de su hermano que alcanzó fama cantando por un país que llevó en su mochila. De Miguel he leído algún poema suelto y tengo un estudio sobre su obra y su vida que conseguí en una librería de viejo.

Gustavo Adolfo Bécquer, a pesar de morir a los 34 años, nos legó una obra inmortal. Enfermo de tuberculosis, abandonaba el mundo en Madrid el 22 de diciembre de 1870 coincidiendo con un eclipse total de sol. Como a muchos genios, el reconocimiento y la fama le llegaron póstumamente.

La tisis o tuberculosis, recordad La montaña mágica de Thomas Mann, fue causa de muerte para otros poetas como el mallorquín Bartomeu Roselló-Porcel (1913-1938), el valenciano Bartolomé Llorens (1922-1946) o el catalán Marius Torres (1910-1948)

Tomás Morales, poeta canario adscrito al modernismo  es un claro ejemplo de obra prometedora truncada por la muerte sobrevenida por su delicado estado de salud. Curiosamente estudió medicina y ejercía como médico. Las rosas de Hércules es la obra magna de este autor a quien se conocía como poeta del mar. Leed estos versos suyos:

FINAL
Yo fui el bravo piloto de mi bajel de ensueño:
argonauta ilusorio de un país presentido,
de alguna isla dorada de quimera o de sueño
oculta entre las sombras de lo desconocido...
Acaso un cargamento magnífico encerraba
en su cala mi barco, ni pregunté siquiera;
absorta mi pupila las tinieblas sondaba
y hasta hube de olvidarme de clavar la bandera...
Y llegó el viento Norte, desapacible y rudo;
el vigoroso esfuerzo de mi brazo desnudo
logró tener un punto la fuerza del turbión;
para lograr el triunfo luché desesperado,
y cuando ya mi brazo desfallecía, cansado,
una mano, en la noche, me arrebató el timón...

A José Luis Hidalgo lo descubrí por casualidad en una antología que le dedicó la editorial Aguilar en colección de bolsillo y tapas blancas. Casi al mismo tiempo llegó a mis manos Cuatro poetas de hoy, de Taurus, volumen que compartía con Gabriel Celaya, Blas de Otero y José Hierro. Él era el único que en aquella fecha (1975) había fallecido; lo hizo en el 47 en un sanatorio, aquejado de neumonía y con tan solo 28 años. El poeta cántabro había dado a la imprente tres libros fundamentales, Raíz, Los muertos  y Los animales.

De Anibal Núñez, muerto por disfunción multiorgánica, según wikipedia, antes de cumplir 43 años, confieso que sólo he leído los poemas que circulan por la red. Este artista plástico salmantino que tuvo dificultades para publicar en vida por no amoldarse a modas y cánones establecidos, se ha convertido en poeta de culto, bajo la aureola del malditismo y las drogas. Llevó una existencia  marginal, ensimismado en su Salamanca natal y mortal y es, sin ningún tipo de duda, un gran poeta.

Empero la etiqueta de maldito, junto a Leopoldo María Panero, se la podemos colocar, aunque él se denominara poeta maldecido, a Eduardo Haro Ibars, hijo de dos conocidos periodistas que falleció, víctima del sida a los 20 años.

El cáncer, otra gran lacra de nuestro tiempo, también ha querido hacer acto de presencia en el panorama poético segando las jóvenes vidas de dos poetas como Maria Mercè Marçal a los 45 años y, más recientemente, la vida en agraz de Carmen Jodra (a los 38) que ganó el Hiperión con 18 años. Ambas eran filólogas.

“Lo hermoso del suicidio es que es una decisión. Es muy halagador en el fondo poder suprimirse. El propio suicidio es un acto extraordinario” escribía Cioran. He reunido a una decena de poetas que decidieron abandonar este mundo con edades comprendidas entre los 19 y los 49 años. Pero los dejaré para una próxima entrega, la de los poetas suicidas.

Para concluir estos pasos quebrados por una muerte temprana y alevosa no puedo, como dije al principio, dejar de recordar a dos de los poetas más conocidos de nuestra literatura y sobre quienes más ríos de tinta se han vertido: Federico García Lorca y Miguel Hernández. Dos poetas que, al nombrarlos se encoge el ánimo recordando su trágico y triste final. Acabo con algunos de los versos de la elegía que Miguel escribió a la muerte de Federico:

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.

 

                            […]

Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,
veo un bosque de ojos nunca enjutos,
avenidas de lágrimas y mantos:
y en torbellino de hojas y de vientos,
lutos tras otros lutos y otros lutos,
llantos tras otros llantos y otros llantos.

 

Vosotros sabéis, poetas desatados, vivos injustamente arrebatados, muertos míos,

que soy de los que gozan una muerte diaria.

Y a todos vosotros, inteligentes lectores, os recomiendo que descubráis y leáis, aunque sea en la red, a estos autores y a tantos otros que nos han legado su obra imperecedera.

 

Siempre es la palabra última:

La honda palabra de la raíz eterna.

A ti se te metió el Siempre en el alma

como un arpón agudo que la fijó en la tierra.        

 

Alonso Quesada (Homenaje a Tomás Morales)

 

Publicado la semana 113. 29/02/2020
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