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Jesús Andrés Pico

ROMANCEROS (Los poetas. 1)

En aquellos tiempos se llegaba a la poesía como se podía. Mayormente a través de textos, escogidos con evidente afán proselitista, sembrados en las enciclopedias y luego en libros de texto con que el franquismo pretendía adoctrinarnos. Yo era niño de fácil lectura y apechugaba con todo. Cierto que prefería al Juan Ramón de Platero y yo antes que al José María de El ama, pongo por caso. Era más de prosa que de verso, cosa normal a ciertas edades, aunque no fuera normal tan desaforado interés por todo lo escrito, ¿o sí lo es? Me recuerdo en Castillo y Elejabeitia, con diez u once años, leyendo libros de aventuras juveniles con el visto bueno de la Iglesia, siempre que tenía ocasión para ello. Y recuerdo que el hermano Avelino nos hizo aprendernos de memoria el Romance de la pérdida de España que figuraba en el libro de literatura: Las huestes de Don Rodrigo/ desmayaban y huían/ cuando en la octava batalla/ sus enemigos vencían. Y ahí comencé yo a tomarles cierta querencia a los romances, cuando más que, al ser uno de los dos que se lo aprendieron completo declamándolo después sin equivocaciones y cierta musicalidad, el hermano me premió con una estampa a colores de cierta santa milagrosa. Y yo, angelito, ¡tan contento! Fui rapsoda antes que poeta, ¡qué cosas tiene la vida!

En mis primeros años de lector, cuando devoraba todo cuanto caía en mis manos, pocos versos más leí, pues pocos me llegaron: algún romance truculento o tradicional en pliegos de papel que aún circulaban por aquellos tiempos y recitaba un ciego con vista, ciertas composiciones que se sabía mi padre, como El milagro de los pajaritos, y declamaba o cantaba si le venía a cuento y que yo aprendía. Luego, ya estudiando Oficialía Industrial, los clásicos del libro de literatura. Recuerdo, porque los aprendí de memoria, La canción del pirata de Espronceda, la Marcha triunfal de Rubén Darío, o el Romance del prisionero. De hecho, la poesía no me atraía tanto como la narrativa. En Campos de Castilla, uno de los primeros libros que adquirí, prefería la versión en prosa que hizo Machado de La tierra de Alvargonzález al propio romance.

Dejándonos de romances y hablando del romance como composición poética, junto a los de Machado y los más líricos de Juan Ramón, leí, ya abocado indefectiblemente a la poesía, el Romancero gitano de Lorca y fui escribiendo, bajo su influencia, los Siete romances de nombre amargo recogidos, junto a otros, en mi segundo libro. Flor nueva de romances viejos de Menéndez Pidal y otras recopilaciones del romancero antiguo o del Siglo de Oro se sumaron a mi biblioteca; de prestado leí Romancero del recuerdo del vallisoletano Nicomedes Sanz y Romancero de la novia de Gerardo Diego. Vino luego, propiciado por la versión musical de Nuevo Mester de Juglaría, Los comuneros, versión arromanzada de Luis López Álvarez sobre la guerra de las Comunidades y, aprovechando un viaje a Suiza donde descubrí que existía Paco Ibáñez y versionaba a los poetas españoles, Romancero de la resistencia española de Darío Puccini  que leí y copié en una libreta para traerlo a España y presumir de libro prohibido. Aquí me hice con el Romancero de la guerra civil española que recoge composiciones de los dos bandos, pero no era lo mismo. Joaquín Díaz andaba por Castilla recopilando romances tradicionales y yo iba grabando como podía sus versiones y las de Paco Ibáñez. Y escribía mis propios romances. En mi primer libro, editado en 1979, aparecen varios de ellos, como este Romance insomne:

¡Ay que no puedo dormir,

que la luna no me deja!

¡Ay que no puedo dormir!

¡Cómo brillan las estrellas!

¡Ay que no puedo dormir!

¡Su canto el grillo no cesa!

¡Ay que no puedo dormir,

que mi alma tiene una pena!

 

En la noche de verano

ni viento ni brisa queda,

muerta el agua del arroyo,

¿quién se llevará mi pena?

 

o el Romance verde que comienza

 

Verde, verde. Todo es verde.

Verde, Federico, el viento.

El río verde, Gerardo.        

 

y que Antonio Fraguas y Pepa Fernández inmortalizaron con su declamación vicevérsico genérica en Radio Nacional. En mi segundo libro, De donde nace el viento, 1989, hay varios romances más, aparte de los siete citados anteriormente. Tal que Obscuro amor, escrito sin signos de puntuación y con este sugestivo comienzo:  

 

Que no quiero verte que

no quiero verte que no

quiero verte sombra quiero

amor verdadero amor.

 

O Romance sin nombre que cierra el volumen:

 

Yo no conozco tu nombre,

mis palabras no dibujan

sobre tu cuerpo desnudo

la herida verde y profunda

que responde con su sangre

a la llamada de espuma

de un mar amargo y lejano

sin ríos, barcos ni cuna.

Felicidad puedes llamarte

mientras la noche nos cubra.

 

Pero calla, no digas nada,

que las palabras no surjan

de la boca que forjaron

los dioses para que fluyan

los besos, la luz, la vida,

impregnados de tu música.

Deja rodar el silencio,

pájaro dormido, y busca

más allá de nuestros cuerpos

la verdad cósmica y pura

sin los concretos lugares

ni nombres que la descubran.

 

El romance, como tantas otras estrofas, siempre ha estado presente en mi día a día lector, escuchante y creador. Hay un Romancero de olvidos en el fondo virtual de un cajón esperando una voz que le diga “Levántate y anda”. Al tiempo todo se andará. De momento esta breve aproximación al tema romanceril me ha servido para iniciar la serie que bajo el título genérico de Los poetas iré intercalando entre relatos para hacer más variado el continuo golpear semanal. Y vosotros que lo leáis.

 

Publicado la semana 111. 16/02/2020
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