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Jesús Andrés Pico

LA NOCHE DEL COLECCIONISTA (II)

II

 

El espectáculo es horrible. Brutal el contraste:

Arriba, la noche ataviada con sus mejores galas. Rutilantes estrellas áureas, adamantinas. Sutil vestido de raso ocultando apenas la tersa piel morena, ligeramente azulada por la prosapia de su sangre. Y duros senos de luna ansiando, trémulos, una mano, una caricia, una promesa.

Abajo, la noche, ¿la misma noche?, vestida de harapos, salpicada por mortecinas luces de arrabal. La piel negra, oscura, mancillada por su propia sangre, sangre roja, sangre de pobre derramada sobre los muslos abiertos de la tierra.

La luna no osa reflejarse en la pútrida charca cenagosa ni en el río donde nadan peces boca arriba. Los perros aúllan lastimeramente.

La altiva diosa contempla el horrendo espectáculo desde sus miles de ojos sin inmutarse.

La diosa caída vive en su carne herida la tragedia. Se viste de polvo, sangre, gritos. Y tiembla. 

Tiembla…

¿Hasta cuándo?

El hombre mata de nuevo.

¿Hasta cuándo?

Alza sus ojos heridos por la tristeza parpadeante de las farolas rotas y emite aullidos de dolor. Quisiera ser indiferente como la alta noche, ajena a todo, la alta noche de lejana sonrisa enigmática, cómplice de la tuya. Sí, sonríes.

Sonríes viendo a tu hombre. Porque es tuyo, pertenece ya a tu colección.

Tu hombre, jadeante, ensangrentado, con el cuchillo homicida aún entre las manos, abrazando a su hija sin darse cuenta, aún, de la magnitud de su acción, que mañana los diarios bautizarán erróneamente como inhumana. Abrazando a su hija, murmurando:

- No te harán nada, mi pequeña. Tu papá está aquí para protegerte. Tú serás la más bella. Todos, todos volverán la cabeza para verte, suplicarán que les mires. La más hermosa, como mamá. Sí, como mamá.

Y la niña, aterrorizada, sin comprender, sin saber por qué no la ha matado también a ella, hipando, exclamando en un hilo de voz:

- Mamá está muerta.

- No, no está muerta. ¿Por qué dices que está muerta?                                                                                                                                       - Tú la has matado. Los has matado a todos.

- ¡No! ¡Ella era mala! Era mala… Ellos te odiaban, mi niña.

- Los has matado… ¡Los has matado a todos

 - ¡No, no!

Y tu hombre, comprendiendo, ahora sí, la tragedia que ha desencadenado, echa a correr tropezando con los cadáveres degollados, huyendo, horrorizado, de sí mismo. Buscando los recovecos más oscuros donde ocultarse, deseando que todo haya sido una horrible pesadilla. Anhelando despertar, que el tiempo retroceda, que la vida acabe de repente. Respirando entrecortadamente. Buscando el valor o la rabia para quitarse la vida. Incapaz de mirar a su hija a los ojos, arrastrará su infeliz existencia observándola en la distancia.

Su hija… Ávidamente observas el pequeño cuerpo desamparado y roto por los sollozos. Podrías hablarle, alimentar su odio…

Pero no. Tu colección es ya numerosa. Que el tiempo cicatrice su dolor o lo transforme en locura.

Y te alejas. Marchas a tu oscura guarida para colocar la nueva adquisición en su lugar correspondiente.

Publicado la semana 109. 29/01/2020
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