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Jesús Andrés Pico

LA NOCHE DEL COLECCIONISTA (I)

 

I

 

- ¿Se va a suicidar, amigo?

La voz te saca de tu ensimismamiento, del letargo en que te hayas sumido. Surge de las tinieblas, a tu espalda. Como una gélida daga te recorre el cuerpo, erizando tu piel al relente de la noche. Se introduce en tu mente, hace volver las ideas, las sensaciones, ese mundo consciente que has dejado en libertad paciendo en las praderas del cielo, junto a las estrellas que reciben sin un parpadeo tu mirada fija, inmóviles, hipnotizándote, adentrándose en tu ser más íntimo y sensible, narrándote, mudas, insondables misterios.

Y esa voz ronca, terrenal, con un deje de alcohol, impertinente y súbita, inquiriendo, preguntando…

- ¿Se va a suicidar, amigo?                                                                                                                                         Esa voz paseando por tu santuario nocturno sin que puedas detenerla, prohibirle la entrada, deslizándose a trompicones, importuna, por tus oídos, haciéndote volver de repente, recordándote que estás aquí, en este lugar y en este instante, que no eres más que un hombre.

 Esa voz que repite:

 -¿Va a suicidarse?

 Te giras y miras al intruso. Tan sólo aciertas a ver miles de puntos luminosos centelleando en el rostro donde has concentrado tu desconcertada mirada.

Los amaestrados mecanismos de tu cuerpo han recibido las ondas, la oscura vibración y se disponen a contestar:

 “¿Suicidarme? No, ¡qué tontería! Sólo estaba…”

                                                 

Pero se detienen de pronto. No tienes que dar explicaciones. No tienes por qué excusarte. ¿Suicidarte?  No lo habías pensado. Sin embargo no es mala idea, hasta resulta tentadora, un broche brillante para tu colección.                                                                                                                                         

Aunque ahora, ya que ese rostro barbado y sucio que tienes ante ti te ha hecho volver del plácido estado extrasensorial, decides seguirle la corriente, conversar con él, compartir, ¿por qué no?, la mediada botella que sostiene entre sus manos trémulas, compartir la botella y volar a otros mundos situados, también, más allá de los sentidos.

- Si –contestas-, pero no es tan fácil.

Es suficiente. El hombre se coloca inmediatamente a tu vera. Echa un trago y te ofrece la botella. Aceptas y bebes. Como un rito ancestral, un pacto mutuo, una aceptada compenetración. Un acercamiento propiciado por el alcohol o la soledad. Ansioso de pacientes oídos, comienza a hablar:

- Si es por una mujer – primero el fingido interés-, créame, no merece la pena. Mujeres hay muchas, seguramente eso lo sabe usted mejor que yo. A usted se le ve una persona culta, un hombre de mundo. No como yo. Míreme, yo no he salido de este cubil de mierda, de esta ciudad que te oprime el cuello y te ahoga con sus miserias y su polución.

Y su mano, la botella férreamente asida, señala el resplandor de la urbe en duermevela.

- Yo - ahora sí, la autocompasión para despertar el interés ajeno y la posible ayuda- no soy más que un pobre hombre…

Conoces la cantinela. Pronto sabrás de su vida y obra. Habrás visto las sobadas fotografías que guarda en la mugrienta cartera. Oirás, como lluvia, la manida historia repetida. Por eso te olvidas de él y te vuelcas hacia dentro, hacia tus propias incógnitas y conflictos personales, que en el fondo son los mismos aunque tú te creas distinto y original. Luego, tal vez, lo invitarás a una copa y lo dejarás abandonado en una esquina, porque es un tipo que ya posees. Está repetido.

 “Además, hoy no he salido para eso.”

El hombre te toma del brazo y te zarandea suavemente, como temiendo molestarte, pero sin querer arriesgarse a perder tu atención. Muestra en la mano una cartulina de bordes ajados:

- Mi mujer y los críos. El Señor quiso bendecirnos con dos más. Por eso le digo que si va a saltar, si su decisión es firme… Al fin y al cabo en la otra vida no va a necesitar de nada.

Otros se lamentan de tiempos pretéritos, muestran heridas de guerra. Ellos fueron, conocieron… Y ahora… La sociedad, la maldita sociedad indiferente e ingrata…

La sociedad. Todos. Todos nosotros.

Y nadie, nadie puede escapar a esta trama, esta horrible crisálida que nos envuelve indefectiblemente y nos va transformando, metamorfoseando, si es que no éramos ya monstruos en el momento de nacer.

Hay, sin embargo, una escapatoria, la más inteligente, la única posible. Lo demás no es sino mera ilusión, trampas tendidas por el miedo humano a la soledad. Una salida. Y tú has sabido encontrarla, aunque para ti es algo más que una forma de huir, de evadirte. Es la culminación de la búsqueda afanosa, absorbente. La cúspide, la razón suprema por la que has vivido. La ansiada meta tras maratoniana carrera. El golpe de gracia si quieres.

Y este hombre…

 - Mi mujer y los críos.

 Curioso el tipo.

- La mayor, mi pequeña, tiene ya ocho años. ¿Le he dicho que tenemos dos más? Algún día nos haremos una todos juntos. La niña, ¿sabe?, se parece a mi madre. Los mismos ojos, la misma frente, el mismo pelo. ¡Mi santa madre! Toda igual. Aún no pudo hacer la primera comunión. Pero yo le compraré el mejor vestido y tendrá su fiesta digna de una novia. Dejaré de beber. Robaré. Sí, robaré. Mataré si es preciso. Todo por mi niña, mi pequeña. Iré a la cárcel. Pero ella saldrá adelante como una perfecta señorita. Ella, mi madre, si que era elegante. Tenía clase. Así quiero yo a mi niña. Pero mi mujer no, mi mujer la odia. La hace trabajar duro para que sea una desgraciada como ella. Pero eso no ocurrirá. Lo lleva en la sangre. Y lo que se lleva en la sangre termina por salir al exterior. ¿No cree usted?  ¿No cree usted que la clase se lleva en la sangre?

-Sí, claro.

Asientes y esbozas un rápido retrato psicológico del tipo. No te interesa su barba descuidada, su olor de podredumbre, sus ojillos hundidos, expectantes y húmedos, su babeante boca, sus dientes carcomidos, su miserable traza de eterno mendigo, el continente que, de alguna manera, refleja el contenido. Confeccionas, pues, su retrato mental para archivarlo, con sus matices singulares, junto a los otros que conforman tu ya extensa colección:  

Típico espécimen que esconde su debilidad tras la bebida. Complejo de Edipo remanente.

Sí. Ama a la hija que le recuerda a la madre.

“Su vivo retrato.”

 La razón, la única explicación lógica a la ilógica masacre.

 Con la serena seriedad del coleccionista que ensarta el abdomen de una mariposa de raros colores, te aproximas a él y le hablas.

Le hablas…

Con tu lengua sibilante que conoce los dialectos de todos los rincones de la mente, lengua bífida bajo hipnotizadores ojos, babélica lengua tenaz, infatigable.

Le hablas…

Le hablas…

Publicado la semana 108. 23/01/2020
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