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Jesús Andrés Pico

TARDE DE LLUVIA

También son ganas de tocar las narices, porque mira que hay días para morirse, que el Ernesto para lo que hacía en vida podía haber elegido cualquier día, un día de esos primaverales por ejemplo, con las márgenes del camino plagadas de flores, el cielo azul y los pájaros cantando, o haberse ido en pleno verano, con el río medio seco y la tierra dura, sí, aunque eso no importa ahora porque ya no excavamos las fosas a mano. Pero no, tuvo que esperar a este otoño inclemente, acechando las previsiones del tiempo para ver cuando iba a caer la del arca y entonces palmarla.

Jarrea con ganas y aquí estamos todos perdiendo el tiempo con el féretro abierto frente al altar. Si te fijas bien el cabrón está sonriendo. Siempre fue de la broma. Socarrón y pendenciero, podía pasar, incluso, por simpático y buena persona, aunque nosotros sabemos cómo se las gastaba en realidad. Pero de los muertos hay que hablar bien y más si han quedado tan presentables como este sinvergüenza. Que, no es por nada, pero tenemos la mejor funeraria de la región y, si me apuras, de toda la península. Que si el Eliseo padre era un artista, del hijo no te digo nada. Y es que hasta para las cosas más sencillas hay que valer. Que vino lo puede hacer cualquiera, pero para el vino bueno hay que tener mano y mucha cultura, o mucho amor, según se tercie. Y un tanto sucede con todo lo cotidiano como hacer pan o asar un lechazo. Y no digamos de lo que acontece de tanto en tanto y que muchas veces trasciende el ámbito local, como este suceso, no por desgraciado, menos importante. A los muertos hay que tratarlos con buena mano y mucho arte.

Estamos aquí, con él, los cuatro que quedamos de la pandilla, que al llegar a una edad comienzan a fallar algunos, aunque lo peor fue lo del José Luis que se nos ahogó en el río con apenas dieciocho años. Al menos nos lo llevamos antes de putas y no se fue de vacío. Quien más quien menos al cumplir determinada edad se desvirgaba en la calle Padilla y nunca acudía solo. Su funeral sí que fue sonado, había gente hasta de la capital y de todos los pueblos cercanos. ¡Claro, cómo salió en los papeles de la provincia! El cuerpo lo recuperó la guardia civil y le practicaron la autopsia y todo. Ya entonces el Eliseo se daba mucha maña para arreglar a los muertos y este muerto le proporcionó fama y mercado. De aquello a la funeraria actual que regenta su hijo todo ha venido rodado. Pero es que ¡mira que lo dejó niquelado! No parecía un ahogado, con la tez más morena que en vida y los labios que daban ganas de besarle. Si hubiera abierto los ojos más de una habría caído rendida a sus pies. Se nos fue también el Telesforo de un infarto, el Teófilo, de cáncer, el Antolín tuvo un accidente con el tractor y el Gustavo lo cierto es que nunca supe de qué murió. Pero, eso sí, todos se fueron en la cincuentena, de ahí que al pasar de los sesenta los cinco que quedamos nos tiramos una semana de fiesta, venga a comer y beber y lo que se terciaba, que no sé cómo no la diñamos todos. Y ahora, ya jubilados y con tiempo para disfrutar del juego y del fornicio, viene el Ernesto y nos dice:

- Un día de éstos me muero.

Y ahí lo tienes. El calavera jaranero que nunca había pasado calamidades porque tenía una pensión vitalicia, decide de repente que esta vida no es para él y la palma. Y, ya digo, tiempo tuvo, pero para mí que barruntó la lluvia y pensó que a ver cómo nos las arreglábamos para enterrarlo. Y riéndose está, mirando desde lo alto toda esta gente congregada en su funeral que cuchichea sin ganas de rezar y se mueve como garbanzos en cocido.

La verdad es que ninguno en el pueblo pensaba que se nos iba a venir el día en agua de esta manera. Y mira que el Rodrigo, con sólo ventear y echar una ojeada al cielo te predice el tiempo como nadie. Pero hoy no más dijo:

- Pué que caiga alguna gota.

Y ahí lo tienes ahora todo consternado, tratando  de justificar su falta de visión para que, al menos, no se le resienta la reputación.

- Esto va a ser cosa del cambio climático - dice, y luego:

- A Noé lo avisó Dios, sino de qué. Que las tragedias y las catástrofes no se barruntan tan fácilmente.

Y como él otros andan proponiendo teorías y sacando conclusiones disparatadas, mientras se nos viene por momentos el fin del mundo.

Don Teodoro, el cura, nos ofreció la versión corta de la misa de difuntos y así que acabó, los cuatro compinches del finado cargamos con la caja a toda prisa. La tarde se había vuelto noche y fue pisar la calle entre relámpagos y truenos que aceleramos el paso, pero antes de cruzar la plaza se abrieron las fuentes del Nilo. El monaguillo a la cabeza de la comitiva se puso el crucifijo de plata sobre la cabeza como esperando un milagro y miró a Don Teodoro con ojos de cordero degollado o gato escaldado sin saber para donde tirar. Don Teodoro no se lo pensó ni un segundo y volvió al templo empujando a la parroquia que se apelotonaba a la salida de la nave. Nosotros tornamos grupas a toda leche y depositamos de nuevo el féretro al pie del altar dejando un reguero de agua por el camino. Estaba fría la condenada y vamos a pillar, seguro, un resfriado de tres pares de narices. El párroco que se había cambiado en la sacristía mientras el monaguillo y los porteadores tiritábamos entre estornudo y estornudo, alzó la voz:

- Estas lluvias fuertes no suelen durar mucho. Vamos a rezar un rosario mientras escampa y después proseguiremos con el santo rito del entierro.

Iban ya por dos rosarios cuando apareció el Zacarias escupiendo agua por el chubasquero amarillo que le cubría por entero. Estos de la obra pública siempre tan bien equipados. Vino desde el cementerio conduciendo la retroexcavadora con que abrió la fosa.

- El camposanto está inundado- dijo.- Para enterrar al Ernesto va a haber que ponerle plomo en el ataúd.

Visto lo visto, Don Teodoro pensó que había obrado con ligereza y precipitación al decir la misa a toda prisa y decidió aplacar a los cielos con la versión larga y, de paso, entretener a la parroquia que cuchicheaba sin cesar moviéndose por la nave y asomando el careto por ver de apreciar una disminución, aunque fuera mínima, en la intensidad de la lluvia.

Pero ¡qué nones!, aquí seguimos desencajados e impacientes, fumando en el pórtico ante la cortina de agua  como una maldición bíblica y deseando echar a correr, pero a ver quien tiene lo que hay que tener para ir hasta la cantina con lo que está cayendo. Ernesto, a quien Eliseo hijo ha adecentado de nuevo, más por estar entretenido que por otra cosa, es el único presentable. Y, ya digo, se está riendo de todos desde el más allá, que ahora mismo no está tan lejos de nosotros.

Por fin ha parado de llover. El cielo está ahora despejado y un sol rojo, del que dicen de agua, desciende hacia las parameras. Con el camino intransitable y el pueblo escurriendo un sudor frío por todos los poros, va a ser difícil portar al Ernesto a su última morada. A más que, como dice el Zacarias, el cementerio es una balsa de agua y Ernesto, que yo sepa, no es ningún buzo ni su ataúd un submarino. La cuestión es si aplazamos el entierro o tiramos a derecho, cargamos al finado en la retro y  hundimos el féretro en la fosa a base de piedras.

- ¡Qué aberración! – dice Eliseo que no quiere que su obra se descomponga tan de  repente.

En esto que llegan noticias de que el río se ha desbordado inundando las bodegas cercanas y las casas nuevas, que también a quién se le ocurre edificar en la parte baja del pueblo por más que nadie recuerde que el río haya crecido tanto alguna vez, como para abandonar el cauce; bien se dice que las catástrofes son difíciles de barruntar si no hay empeño y voluntad. Don Teodoro, que en estos casos es la voz de la autoridad, decide postergar el enterramiento para el día de mañana y exhorta a los presentes a acudir en ayuda de los damnificados con herramientas y carretillas, a más de la maquinaria de obra disponible. Que si la solidaridad, que si hoy por mí, mañana por ti... Lo cierto es que nosotros somos unos sobrevivientes, estamos jubilados y nos hemos ya mojado de lo lindo. Así que, sintiéndolo mucho, nos vamos a la cantina a entrar en calor por dentro y por fuera y a echar una partida al mus, que para eso somos cuatro y no sabemos cuánto va a durar, lo de ser cuatro, digo. Y el cabrón del Ernesto, que lo sabe, no va a decir nada porque no para de reír con esa mueca de atrezo que le ha dejado el bueno de Eliseo hijo.

Publicado la semana 106. 06/01/2020
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