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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia . 51

Efímera Amelia,

 

Viéndole ya las orejas al lobo te escribo de nuevo, cercanas las fiestas paganas de la navidad y con el recuerdo de Patxi Andión que se nos ha ido a sus 72 jóvenes años flotando, como su voz ronca, en el aire de la tarde herida de nostalgia. Se acaba la vida de otros y el año se acaba en un ensayo festivo de nuestro propio final. Y, pues cada vez nos queda menos tiempo de vida, se impone pensar en la muerte.

En  el  magazine que ofrece La Vanguardia los fines de semana, hay una sección, que aparece de vez en cuando, titulada el último día de mi vida. En él un personaje famoso responde a un cuestionario de 10 preguntas. Esta semana  lo hace la actriz Macarena Gómez. Se me ha ocurrido responder el cuestionario, ahora que se  acerca el último aliento, el postrer golpe, la carta final. Ahora que estamos abocados a una muerte anunciada y sin palabras. Y te convido, porque tu muerte es la mía, a contestarlo para permanecer unidos más allá de la vida que nos separó:

1.-  Si supieras que mañana es el último día de tu vida, ¿qué harías? ¿Cómo lo pasarías?

Como hoy, probablemente. Escribiendo una carta sin respuesta posible.

2.- ¿Qué te hubiera gustado hacer y ya no podrás porque no tendrás tiempo?

Hacer  realidad aquellas palabras de amor cuando Amelia y yo teníamos quince años.

Y no supimos entonces porque, Serrat lo dijo, no sabíamos más.

3.- ¿Qué aconsejarías a los que se quedan?

¡Vivid y amad! Pero siendo fieles a vosotros mismos.

4.- ¿Cómo dirías que fue tu vida?

Corta. Corta y desaprovechada. He amado poco.

5.- ¿De qué estás más orgulloso?

De mis hijos. Los de carne y hueso y los de papel.

6.- ¿Te arrepientes de algo?

De muchas equivocaciones y errores cometidos. Que volvería a cometer, seguramente, si tuviera una segunda oportunidad. Y de aquello que no he hecho.

7.- ¿El mejor recuerdo de tu vida?

Un paseo  por El Retiro de la mano de Amelia.

8.- ¿Cuál sería el menú de tu última cena?

Hay muchos platos en nuestra gastronomía variados y excelentes. Podría ingerir cualquiera de ellos y disfrutar culinaria y deontológicamente. Hay también muy buenos cocineros a quienes intento emular como a los buenos escritores. Pero, ya que es la última cena, me iría a un menú de la tierra: Surtido de ibéricos y queso curado de Sardón, bien regados con un Vega Sicilia. Luego lechazo asado al estilo de Peñafiel. Para acompañarlo, un reserva de Abadia de Retuerta o Pago de Carraovejas. Y 17 postres, uno típico por  comunidad autónoma, para no desairar a nadie. Eso sí, para acompañar al café solo, intenso, fuerte…, una selección de dulces de repostería Posadas. Luego, en la sobremesa, un whisky de Malta y un Farias, la entrañable y humilde faria que yo pedía cuando se fumaba en los bares.

9.- ¿Te irías a dormir?

Sí, claro. Con Amelia.

10.- ¿Cuál sería tu epitafio?

Por favor, no molesten. Estoy escribiendo un poema.  

Y hasta aquí mis respuestas adecuadas a la ocasión. Seguro que consideradas en otro momento varias de ellas serían distintas. Como serían distintas estas cartas escritas en otra coyuntura y circunstancia. Como seríamos distintos nosotros si…

En fin… Dado que estos días que se avecinan son tiempos efímeros y festivos en los que parece despertar el anhelo de ser felices a fuerza de desear a los demás felicidad, quiero despedirme con un texto que escribí en Facebook  hace unos años y la plataforma me recuerda ahora. Y así, de paso, lo salvo del olvido:

FELICITACIÓN NAVIDEÑA (o algo así)

Debajo de oropeles y lujosos vestidos confeccionados por quienes se presumen dueños del tiempo tirita un cuerpo desnudo.
Bajo cada historia fabulada por los vencedores subyace una historia verdadera.
Sustentando las piedras, las arcadas levantadas para adorar a los dioses inventados a semejanza del hombre, hay restos de ancestrales cultos a desconocidas deidades.
Debajo de cada camino asfaltado hay huellas de pies descalzos sobre el polvo primigenio.
Bajo soberbios edificios, aire contaminado y corazones de metal, late con fuerza el corazón antiguo de la tierra.
Sustentando las palabras convertidas en moneda de cambio subyace, rizoma primordial, una palabra:
La palabra primera pronunciada por el hombre. La palabra olvidada. La palabra desnuda, tiritando en el gélido polvo, ocultándose del sol abrasador en espeluncas oscuras. La palabra que otras palabras –paz, amor, felicidad, muerte- quieren recordar.
La palabra nacida de la tierra y vuelta a la tierra. La palabra que dio origen a la alquimia y a todas las religiones. La palabra que nadie puede destilar a partir de sus frutos. La palabra que intuimos vagamente en el vientre materno. La palabra que por si sola vale por todos los poemas escritos y por escribir. La Palabra.
La palabra que debiera sustituir a todas las que llevo escritas para desearos desde el origen común de nuestras vidas, todo lo bueno que la existencia nos ofrece, prescindiendo de los ropajes que hemos aceptado, como mal menor, en estas fechas. Buscadla en el fondo de vuestro corazón y si la encontráis, lanzadla al mundo entero para colmarlo de paz, amor y felicidad, antes de que el mundo se sumerja en el olvido.

Felices fiestas y un año nuevo marcado por la ilusión que proporciona la búsqueda de la palabra olvidada.

Publicado la semana 103. 19/12/2019
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