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Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .50

Hay veces que a uno le cuesta escribir, Amelia.

Siquiera sea una simple carta. Cuanto más un buen poema, o aquella novela que sólo precisa tiempo y ganas. Hay temporadas en que la inspiración no está por la labor, quizás porque las musas no me pillan trabajando, quizás por otras causas. Entonces, leo. Inicio un libro, retomo otro, les soy infiel con un tercero, me abandono al amor platónico de un libro sin tacto… Leo poemas, relatos, algún ensayo, cosas breves, novelones… Repaso tratados de historia y de lingüística, ciencia y curiosidades… Leo, pienso, dejo pasar el tiempo… Pienso que debiera estudiar y abandonar todas las entidades en que estoy metido… Leo… Leo y amo.

Se acumulan las lecturas comenzadas. Hay libros que se empiezan y nunca se terminan. Libros que se olvidan sin querer y libros que no saben conectar con la gente y se abandonan a propósito. Libros que no son para todos los ojos y libros sólo para mirar. Libros de cabecera y libros para leer en el tren. Libros abiertos por toda la casa, en las ventanas del ordenador. Libros que vuelven del reino del polvo. Libros de poemas en vuelo permanente como lluvia purificadora. Siempre tengo varios libros comenzados y varios más en espera paciente. Pero, de repente, llega uno y toma delantera. Todos los demás quedan relegados. Los momentos de lectura y los momentos de asueto son para ese libro. Le soy tan fiel que incluso dejo otros quehaceres y le robo horas al sueño por entrar en él. Unas veces este enamoramiento precisa de un tiempo de adaptación y conocimiento y llega bien avanzada la trama. Otras es como un flechazo, un amor incontrolable a primera lectura. Tal me sucede con El pan y la tierra, novela escrita en 1959 –tenía yo entonces tres añitos y alguien me fotografió, rubio y trajeado, en el puente del canal- y que fue finalista, en 1961, de un importante premio de narrativa, pese a lo cual el autor, 13 años después, hubo de apechugar con la primera y única edición de esta joya que cayó en mis manos a finales de noviembre con una amistosa y etérea dedicatoria de Ángel Cazorla que me entregó el libro en mano. Ángel es almeriense, de Santa Cruz de Marchena. Es muy buen novelista y muy buen poeta. Un gran escritor, vamos. Leí la novela prácticamente en el largo fin de semana pasado. En capítulos más bien breves describe, con singular dominio del idioma y un amplio conocimiento, el mundo rural andaluz de la postguerra que le tocó vivir. Su rica y sencilla prosa atrapa al lector que va avanzando por las páginas y disfruta de la narración con el alma en un puño porque intuye un desenlace trágico. Al autor lo descubrí en Internet, de la mano de Miriam Barri, poeta argentina que me guió hasta sus magníficos Sonetos al hombre. Indagué, supe que vivía en Terrassa y que con el seudónimo de Kent Wilson, había escrito y publicado un centenar de novelas del oeste y otros géneros, siendo muy joven. Lo conocí en Cornellá en el transcurso de un homenaje que le otorgaron en Semillero Azul. Escribí un soneto durante el acto (en ocasiones las caprichosas musas visitan inesperadamente al poeta), lo leí en la tertulia que se organizó de manera espontánea a la conclusión y se lo regalé manuscrito y dedicado. Posteriormente lo recogí en De decires y alondras.

SONETO AL HOMBRE

 

A Ángel Cazorla

 

Quien se viste de luz y lanza al viento

consumadas palabras doloridas

como aliento vital de tantas vidas

que son al fin un mismo advenimiento.

 

Quien pone en un soneto el sentimiento

germinado en dolor y amanecidas

donde el tiempo reitera sacudidas,

nos cuaja la piel, rompe el aliento.

 

Quien lanza el verbo así, tan bien granado

cual ave luminosa en alta rama

lanza su puro canto ilusionado.

 

Quien canta para el hombre, al hombre clama,

deja desnudo el verso a su cuidado,

será por siempre el Hombre. Ángel se llama.

 

Desde entonces hemos coincidido varias veces y siempre nos abrazamos como viejos amigos. Ángel es un poeta cercano de quien aprendo y disfruto. Hay otros, pero como te dije ayer, el tiempo se acaba y no puedo hablarte de todos como se merecen. Unos son grandes poetas que comparten amistad en la red, pero no los conozco personalmente, tal es el caso de Alexis Díaz Pimienta, por quien en alguna ocasión te he manifestado mi admiración y de Enrique Gracia Trinidad o Santiago López Navia, por citarte alguno. Con otros, ya consagrados, he tenido oportunidad de departir siquiera sea brevemente. De todos ellos y otros más podría  hablar largo y tendido y recomendarte sus versos. Mas no quiero acabar el año sin poner, junto al de Ángel Cazorla, los nombres de Ramón García Mateos y José Luis García Herrera. Creo que te he mencionado a ambos en alguna ocasión y no voy a repetirte lo que sobre ellos, si te interesan los buenos autores de poesía, encontrarás en Internet. Ramón es salmantino y un poeta enorme. Le conocí, seguro que ya lo sabes, en Tarragona, cuando presentaba, en la década de los ochenta, junto a Leopoldo de Luis, De una eterna voz, un libro de sonetos escrito y publicado conjuntamente. Luego hemos compartido bebida, tertulia y lecturas en alguna ocasión. Con José Luis coincidí por primera vez en dos mil ocho, en una entrega de premios en Nou barris. Desde entonces hemos tomado muchas cervezas juntos. Lo he leído mucho porque tiene una larga nómina de libros premiados y editados. A estos seis autores mencionados puedes leerlos con la garantía que dan los poetas de buen nacimiento y maduración en barricas de roble con dovelas de palabras sabiamente curvadas. Debes añadir, sin duda, al segoviano Luis Llorente, a quien conocí con ocasión de uno de los encuentros que organizaba Norberto García Hernanz, otro buen poeta, en la ciudad del Acueducto. Luis, finalista del Adonais en 2017, aparte de escribir bien, sabe mucho, por formación y afición, de poesía y de poetas. Si lo sigues en Facebook, disfrutarás, como disfrutarás también con Ricardo Fernández y su blog La palabra es mágica. Y, bueno, como pronto acaba el año, quiero mencionarte a otros poetas que conozco o siento afines por la manera de escribir y su trayectoria. En todo caso, poetas que leo con interés y que te recomiendo. Me dejaré a muchos en el tintero y quizás deba, en futuros golpes, hablar de todos ellos. Me vienen a las mentes Felipe Sérvulo, jienense de Castelldefels, con una peculiar y muy interesante manera de escribir poesía; Pedro Gómez, granadino de La Puebla de Don Fadrique, buen poeta y mejor amigo; Ismael Pérez de Pedro, muy recomendable poeta de Viladecans a quien por fin conocí personalmente este año; Juan LuisTrujillo, poeta extremeño afincado en Castellón que sigo y me sigue, desde hace muchos años, por el universo de los blogs; la astigitana de Vila-seca, Rosario Bersabé Montes, que escribe y pinta como ella sola, y su hija, María Begoña Ramos, que escribe y baila como ninguna; la dolorense Dora Leonor Ponce, gran lectora y amiga, adjunta a la nómina de poetas docentes. ¡Cuánto me agradaría hacer un viaje a La Argentina, sólo por conocerla a ella!; los pucelanos, de origen o adopción, Santiago Redondo Vega, Asterio Sorribes Andrés, Boris Rozas,  argentino él y gran poeta, Francisco Javier Hernández Baruque, a cuya poesía castellana llegué por su cuñada Esther Benito Soto, paisana y amiga; Esteban Torres Sagra, ubetense que me cautivó con un relato antes de conocernos a la sombra de Orola; Isabel Blanco Ollero, Vicente Rodríguez Manchado y tantos buenos poetas que acudieron a Segovia y luego a Valladolid, poéticos lugares de gratos recuerdos; María Plana y sus alejandrinos, Consuelo Jiménez, Anabel Pérez Pizarro, tan cercanas... Hay muchos más, alguno no me viene ahora a la memoria, de otros no conozco obra suficiente o la que conozco no me llega tanto. Ciertamente, cualquiera de los nombres que menciono y el de un tal Jesús Andrés Pico Rebollo, llenarán tus noches de sueños y vida cuando ya no recibas mis cartas. Porque leer, leer poesía es la mejor terapia contra el olvido y la usura de los días.

 

Publicado la semana 102. 14/12/2019
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