49
Jesús Andrés Pico

Epistolario de Amelia .49

(Ayer te escribí la carta de esta semana, Amelia. Problemas con el proveedor de la red me impiden enviártela. En cuanto me sea posible la copiaré en este espacio, aunque coincida con el siguiente golpe. Como en tiempos de la única televisión en blanco y negro, permanezcan atentos a la pantalla.) Et voilà:

Ya estamos en diciembre, Amelia,

Y esto se acaba. Este escribir a destiempo, amar fuera de tiempo, vivir a contratiempo, acaba. Expira el tiempo de las cartas, se aboca el existir a ser tiempo en el tiempo. Te escribo como quien escribe su epitafio, con el tiempo vencido, abocado al tiempo invernal del desconsuelo y las mentiras navideñas. Es tiempo de pensar en despedidas porque el tiempo vivido es un segmento con principio y fin, como los besos dados. La memoria del hombre está en sus besos dice Aleixandre, y beso yo tu ausencia, próximo el fin de los tiempos, el Armagedon de las cartas y la nostalgia, por tener memoria de ti, por vivir en el tiempo diluido y nebuloso al que estamos abocados. El tiempo –llueve- no acompaña en absoluto para huir de esta sensación de derrota, este desconsuelo cósmico, esta proximidad del fin sin tiempo para decirte tantas cosas que aún bullen dentro de mí y conmigo quedarán en un eterno silencio. El tiempo es una magnitud pero también una entelequia. El tiempo de Einstein no es el de Aristóteles, pongo por caso, ni Newton tiene la misma concepción del tiempo que Kant. Stephen Hawking escribió una  Historia del tiempo y Borges una Nueva refutación del tiempo, el científico y el escritor tienen la capacidad de asombrarnos con sus teorías, ensayos, disquisiciones o inquisiciones, con sus palabras, en suma. Ambos resultan gratos de leer, y seguramente sus átomos libres y eternos andarán de conferencia en conferencia por esas galaxias de dios. Pero el tiempo, como tal, sigue siendo, o no. El diccionario de la Rae da hasta 18 acepciones de tiempo, más las entradas compuestas y locuciones. Una barbaridad de tiempo sin fin. Y uno está tentado en este día lluvioso y sin internet (ignoro cuándo te llegará esta carta y qué tiempo hará cuando la recibas) a hablarte del tiempo como un labrador machadiano al uso o demostrarte una erudición que no poseo hablando del tiempo atmosférico, del geológico, del gramatical, del tempo musical, del motor de cuatro tiempos o del tiempo muerto, ponerme a filosofar sin tiempo ni medida, a soltar refranes y locuciones para matar el tiempo o darle tiempo al tiempo. Anochece y Camarón le pone voz a Federico porque los poetas y los músicos tienen el poder de convocar al tiempo:

El sueño va sobre el tiempo

flotando como un velero.

Nadie puede abrir semillas

en el corazón del sueño.

 

El tiempo va sobre el sueño

hundido hasta los cabellos.

Ayer y mañana comen

oscuras flores de duelo.

 

Sobre la misma columna,

abrazados sueño y tiempo,

cruza el gemido del niño,

la lengua rota del viejo.

 

Y si el sueño finge muros

en la llanura del tiempo,

el tiempo le hace creer

que nace en aquel momento.

 

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!

¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

La leyenda del tiempo, el álbum del isleño, es de 1979 cuando ya nuestro amor era recuerdo en el tiempo gris de la memoria. A finales de siglo, Morente también cantó a Lorca e hizo una versión más literal de este tema que, como sabes, pertenece a Así que pasen cinco años, drama vanguardista que el granadino subtituló Leyenda del tiempo. El tiempo, ¡ay!, ¡el tiempo y los poetas! ¿En quién pensaba yo al escribir estos versos, este Tiempo de sol y de cerezas?

No tornarán las aldabas de tu pelo

a repicar en la puerta de la tarde

ni copiarán los labios de las fuentes

la onda cristalina de tus besos.

Los ojos que reían se secaron

y el río ya conoce su final.

 

No mirarás la frente de la luna

que engaña cada noche con robado

fulgor a las parejas y a los niños

ni volverán tus pasos a sonar

en la estancia que muda se recoge

en el solar oscuro del olvido.

 

No volverán las nubes a pintar

caballos galopando hacia el ocaso

por tus ojos inmensos y oceánicos,

no volverán las palabras a ser niñas

ni tus senos en flor a descubrir

el tacto de la lluvia estremecida,

no volverán los trenes que reían

en andenes de nieve y de carbón

a transportar su carga de ilusiones

ni agitarán tus manos tibias brasas

en el hogar marchito donde duerme,

vuelto ya luna, el sol de las cerezas.            

Ya estamos en diciembre, Amelia, y el tiempo no se detiene. En tres cartas no podré decirte lo que mi corazón esconde. Acabará el año y te cubrirá el olvido. Nos cubrirán las sombras y estas palabras habrán sido soñadas por quien te sueña, por quien nos sueña a todos.

Publicado la semana 101. 06/12/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
No ficción
Año
II
Semana
49
Ranking
1 380 0