Semana
01
Jesús Andrés Pico

El placer de escribir

Género
No ficción
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Coincido con Borges, tal como expuse en el prólogo de “Orento” (VL, 2015), en el gozo y trascendencia de la lectura. Declaraba el genio argentino desde su preclara ceguera, sentirse más orgulloso de los libros leídos que de los escritos. Y es bien cierto que para escribir, a más de conocer el oficio, es necesario haber leído mucho, vivir leyendo y morir con un libro en las manos.

Gusto de decir que cuando comencé a ir a la escuela ya sabía leer. Que mi hermana y su ejemplar de la enciclopedia Alvárez, iniciaron a mis los ojos en el vuelo por los hipnóticos renglones. Ciertamente ella, siete años mayor que yo, confiesa que quería ser maestra y jugaba a darnos clases a Jaime, mi gran amigo desde que nació, siete días después que yo, en la casa medianera y con idéntica distribución a la que a mí me viera nacer, si es que no habíamos trabado ya nuestra duradera amistad en la plácida ingravidez de los vientres de nuestras respectivas madres, a alguno de sus hermanos y a este que escribe, en los últimos días de su infancia. Debía yo ser un alumno aplicado o a caso ella me dedicara más tiempo por tener que cuidarme con asiduidad mientras nuestra madre trabajaba más en las labores del campo que en las de casa. Lo cierto es que tempranamente disfruté del placer de leer, paso previo al de escribir.

Me recuerdo leyendo las lecciones de Historia Sagrada, las de la Historia de España contada por los vencedores de una guerra fratricida que ellos llamaban Cruzada, los textos literarios bendecidos por el Régimen, los de Formación del Espíritu Nacional… Continúe con una Biblia, un volumen antiguo y adoctrinador titulado “El libro del obrero” y, por supuesto, tebeos. También fui pergeñando los primeros escritos, redacciones escolares que mi adicción a la lectura enriquecía y las hacía destacar entre las del alumnado. En mi etapa bilbaína con los hermanos gabrielistas de Castillo y Elejabeitia, entre misas, rezos y lavado de cerebro a mayor gloria de un Dios impuesto y un país sometido, pude disfrutar de una amplia biblioteca que amplió mi vocabulario, enriqueció mi intelecto y pulió mi expresión. Allí vi por primera vez mi nombre impreso al pie de un texto, con la edad (11 años) y una nota aclaratoria que me llenó de orgullo: “El escrito es original del niño.” Se titulaba “El fútbol” y había sido elegido entre los trabajos de todos los alumnos de primero que, por inmensa mayoría determinamos que el balompié era un tema lo suficientemente jugoso para animarnos a escribir. Entre el hermano que impartía literatura y la redacción de la revista “Jóvenes en marcha” elegirían el texto que mereciera ser publicado en ella. Vinieron luego dos trabajos más en formato de crónica, pues me había ganado el derecho a publicar con cierta asiduidad y, además, había decidido ya ser escritor.

Rotas las relaciones con el clero por causas que no vienen a cuento, vuelta al pueblo y a la escuela donde la enseñanza impartida estaba a un nivel inferior de lo ya aprendido en el norte peninsular, por lo que decidí abandonarla. No así la lectura; a los libros de texto que repasaba y releía se unieron cuantos volúmenes, tebeos, revistas de toda índole y papeles (diarios) atrasados caían en mis manos. “Se te volverán los sesos agua”, decía mi padre viéndome leer sin descanso. Alternando con alguna labor en el huerto  familiar y los primeros trabajos remunerados fueron cayendo novelas clásicas francesas y rusas que compraba mi hermana, junto a otras que he olvidado y el Quijote. Andaba entre los  12 y 14 años y una pulmonía doble estuvo a punto de llevárseme por delante. Vino después, interno en Valladolid, la etapa jesuítica y el placer de leer poesía y escribirla. Y compré mis primeros libros. Y escribí, sobre todo poemas, sin orden ni descanso. Alguno se publicó en el Diario Regional antes de que, ya con 18 años, Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña me dedicara íntegra una  mañana de la biblioteca en la vallisoletana Casa de Cervantes. Había poeta. Y escribía versos y otros textos. Y escribía a Amelia, pero esa es otra historia.

Escribía sobre todo poemas, pero me obligaba a escribir relatos, escritos diversos en prosa, alguno fue publicado en El norte de Castilla  en la socorrida sección para un aspirante a escritor de “cartas al director”, y una obrita dramática en un solo acto. 

¿Me gustaba escribir? ¿Disfrutaba escribiendo? Nunca concebí la escritura como placer. Entonces escribía porque quería ser escritor, porque me sentía (lo era, lo soy) poeta. Tenía el sustrato, faltaba la tierra abonada donde brotara la obra bien hecha. No basta con leer, incluso preceptivas, libros de estilo y de lenguaje, metaliteratura y, por supuesto, provechosa literatura. Hay que disponer del suelo fértil y ser labrador que logre con esfuerzo y tesón una aceptable cosecha incluso en desiertos y eriales.

El tiempo que recolecta y malogra frutos, me dio a entender que mi huerto, que había dado ya cierta producción aceptable, no iba a proporcionar excelentes cosechas y decidí no trabajarlo más. Curiosamente en ese largo barbecho adquirí la primera edición en fascículos de “El placer de escribir”, de Editorial Planeta, que vino a esponjar y preparar la tierra para la labor que retomé hace ya más de dos lustros y cuyos resultados irás, lector amigo, descubriendo a lo largo de las cincuenta y dos semanas de este año productivo que hoy comienza. Que los saborees y disfrutes es mi mayor deseo. Tu placer será el mío.

Publicado la semana 1. 02/01/2018
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