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09
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Relato
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Las 11:00.

Con un paso lento pero bastante seguro para su edad, Don Andrés sale de la lavandería con el vestido de su mujer en una mano y el bastón de apoyo en la otra.

Don Andrés siempre ha sido un señor, y un señor muy elegante. De joven fue un dandy y un galán, pero pese a que no le faltaban muchachas que le rondaban, él prefirió casarse con su amor de siempre, con su novia de la infancia, Elena, con la que ha vivido enamorado tantos y tantos años. Incluso cuando sus negocios le llevaron a vivir dos años en América, separado de su entonces novia y rodeado de las hijas de importantes hombres de negocios que veían en él a un buen partido por su situación y por su presencia tan exquisita, Don Andrés no dejó de pensar en su Elena, a la que no dejó de escribir una sola semana de aquellos larguísimos dos años que soportaron el uno sin la otra y la otra sin el uno.

Don Andrés sale sonriente con el vestido de su esposa impecable, como cuando se lo regaló en sus bodas de oro. Nada más salir de la lavandería, Don Andrés se detiene solemne, saca su monedero de piel y deposita con delicadeza un buen puñado de monedas junto al vagabundo que come pan –Dinero, dinero,... Dinero es lo que le sobraba. Mejor cariño, el cariño de su hija, el cariño de su esposa muerta, de su esposa que le quería tanto y que se fue así, de pronto, sin que él estuviera preparado, sin que se acostumbrara nunca a aquello–.

El vagabundo no le dice nada, apenas si se ha percatado de la presencia de Don Andrés, al que no le importa si le agradecen o no lo que hace cuando él cree que tiene que hacerlo, como es ahora el caso al ver a un hombre casi de su edad viviendo en la calle. Él se sabe afortunado. Está a punto de cumplir noventa años y goza de buena salud. Vive en una bonita casa y algunos de sus amigos de toda la vida aún viven y pueden charlar de vez en cuando de los tiempos pasados. Por eso le da lástima ver a alguien de su edad en la calle, con la cabeza averiada y sin nadie con quien hablar de tú a tú, de viejo a viejo.

Al llegar a casa, Don Andrés deja el vestido en el armario, junto a los demás. Abajo, bien ordenados, todos los zapatos de su mujer descansan para siempre listos para ser utilizados, listos para pisar la calle con garbo, como hacía ella, como ya no lo hacen desde hace quince largos años. Después Don Andrés se quita su chaqueta y su corbata, las guarda cuidadosamente y se pone el batín y las zapatillas, como hace siempre hasta la hora de comer, cuando bajará al bar a por su menú especial y su vaso de vino. Don Andrés se sienta en su sofá, coge un libro y comienza a leer por la página en la que descansa el marcador. Apenas ha leído un párrafo cuando su mente se distrae de la historia y se pone a hablar él solo.

Publicado la semana 9. 26/02/2018
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