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07
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Las 10:00.

Sollozando, casi gimiendo, Elvira cuelga el teléfono y sigue intentando calmar a su bebé. La medicina que le ha recetado el médico sigue sin hacerle efecto y lleva desde las seis de la mañana llorando sin parar, atormentando la cabeza de Elvira que, sola, intenta capear la vida como puede, mal, para ir tirando adelante, sacando del hoyo en el que está metida al menos a su hijo, que es lo único que su novio le ha dejado, además de miseria y dolor. El niño, inocente él, no sabe nada de otros problemas que no sean su dolor en la barriguita que no le deja ni dormir ni comer, que son las únicas cosas que debería hacer a su edad.

Elvira no deja de pensar en que tendrá que llamar a su jefe otra vez para pedirle la mañana libre, una más. Y no deja de pensar en que él no se la dará, pues ya han sido varias mañanas estas últimas semanas y está enfadado con ella. Pero, ¿qué puede hacer una madre sola con un hijo enfermo? ¿Cómo va a irse a trabajar dejando al niño con la chica así, tan malito? Si la chica fuese madre, todavía, pero es una chavala adolescente que apenas sabe cambiar pañales y preparar algo de comida para que Elvira no tenga que cocinar al mediodía. Si deja al bebé así, sabe que no parará de llorar hasta que ella regrese del trabajo, y qué madre podría pasar una mañana pensando que su hijo llora, llora sin parar. No. Elvira no puede faltar a la lavandería un día más. Se arriesga a perder el trabajo, y necesita el dinero. Pero tampoco puede dejar al niño así.

La tormenta de lloros del niño arrecia por momentos, a la vez que la desesperación de Elvira, que no deja de mirar el reloj. Debía estar ya en su trabajo, y la chica tenía que haber llegado ya. Casi siempre se retrasa, pero Elvira no se decide a echarla y buscar a otra. Más que nada por no tener que estar varios días con el problema de conseguir una niñera que sea de su agrado. A Elvira no le queda otro remedio que pedirle una vez más un favor a su vecina. Sabe que puede contar con ella en momentos así, pero no le gusta abusar de la amabilidad de la gente. El niño es su problema, y no el de su vecina, por muy simpática que sea. Pero a Elvira no le queda otra opción. Los abuelos del niño viven en otra ciudad, y no tiene dinero para contratar a una niñera de verdad, con experiencia y profesionalidad.

Recuerda cuando nació su hijo. Fue feliz ese instante, tras el parto, justo cuando vio al bebé por primera vez. Así, tan sucio, tan desvalido, tan indefenso, le pareció lo más bonito del mundo, lo único por lo que daría su vida sin pensárselo. Del padre del niño hacía tres meses que no sabía nada. Mejor. Desde que la dejó preñada, la vida con él había sido un infierno, y el que la abandonara fue lo mejor que le pudo regalar. Por lo menos el niño no viviría entre gritos, amenazas y alcohol. Además, Elvira era la única que trabajaba de los dos, así que no le iba a echar de menos.

Publicado la semana 7. 14/02/2018
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