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Javier Sánchez-Beaskoetxea

El último papel en blanco

“Cuando termines el último relato, todo se acabará”. Esas fueron exactamente las palabras del demonio.

El demonio me ha tenido en vilo durante todo un año. Cada semana me ha obligado a escribirle un relato. Si le gustaba, los tormentos eran menos crueles durante la semana. Si lo que yo escribía no era de su agrado, entonces avivaba el fuego y se incrementaba el dolor al que me había condenado mi malvada vida pasada para la eternidad.

Ya hace casi un año desde mi muerte a manos de la Inquisición. Confesé. Ya lo creo que confesé. Sí, efectivamente toda mi existencia había estado dedicada en cuerpo y alma a martirizar a los débiles y a honrar al maligno. Los inquisidores me prometieron salvar mi alma a cambio de mi confesión, pero tras mi muerte comprobé que estaban equivocados, pues terminé en el más remoto rincón del averno, en vez de subir al cielo con mis pecados redimidos tras mis palabras solicitantes del perdón.

Así que, una vez quemado mi cuerpo en la hoguera, terminé en el fuego eterno. No me importó. En el fondo era lo que buscaba, siendo consecuente con el trascurrir de mi vida.

Pero el demonio, sabedor de mis actos en favor de su causa, me ofreció un trato al llegar. Yo le escribiría un relato a la semana para su deleite, pues él, pese a los miles de almas a las que atormentaba día tras día, se aburre de la manera más miserable. Ni matar moscas con el rabo le saca de su hastío. Así que, al haber sido yo un escritor en vida, tuvo la idea de ofrecerme un tormento de un año, de cincuenta y dos semanas, en vez de un castigo eterno.

Cada semana yo le ido escribiendo el relato, y del sentimiento que le causara ha dependido el grado de sufrimiento de mi estancia en el infierno.

Y esta semana, por fin, llega mi último relato.

“Cuando termines el último relato, todo se acabará”. Esas fueron exactamente sus palabras.

Así que he tomado el último papel en blanco que me ha dado y me he concentrado en inventar una historia que me permita pasar mi última semana aquí lo mejor posible.

Pero no he logrado escribir nada. Ni una palabra. Tal vez sea la presión a la que me somete el saber que de este escrito dependerá mi futuro, o tal vez sea que ya no tengo nada más que escribir. Quizás se me ha agotado la inspiración.

Se me acaba el tiempo. El demonio se acerca en busca de su relato, de su último relato.

—Bien —me dice. —Se terminó el tiempo. Dame esa hoja.

Yo le acerco, tembloroso, la hoja en blanco.

—¿Qué es esto? ¿Acaso osas burlarte de mí?

—No, yo nunca me atrevería a eso, excelencia. Es que, no se me ocurre nada. Me he quedado en blanco.

El demonio arroja el papel al fuego, contrariado. Luego se gira hacia mí.

—Has tenido una oportunidad que nunca a nadie se la he concedido y la has desaprovechado. Si llegas a haber cumplido tu parte, hubiera dejado que la muerte eterna te permitiera descansar en paz para siempre. Ahora permanecerás aquí sufriendo mis castigos hasta que escribas algo que me guste, y después te arrojaré de nuevo al mundo de los vivos, donde tu vida empezará de nuevo igual que la que tuviste. Y cuando vuelvas aquí te ofreceré de nuevo el mismo trato, pero llegará al último papel en blanco y volverás a fallar. Ese será tu tormento para siempre. He dicho.

Y el fuego de sus calderas empieza a quemarme los pies.

Publicado la semana 52. 24/12/2018
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