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Javier Sánchez-Beaskoetxea

Un atardecer en Florencia

La tarde estaba resultando magnífica. El sol de agosto estaba ya cerca de ocultarse y yo estaba sentada en las escaleras de la Piazzale di Michelangelo disfrutando de una visión increíble de Florencia. ¿Conoces esa sensación en la que todo el universo encaja a la perfección y en la que sabes que estás viviendo un instante único? Pues ése era uno de esos momentos. La luz, la temperatura, los sonidos, la visión de una hermosa ciudad,… Todo se había aliado simplemente para que yo pudiera gozar de ese preciso instante.

Entonces lo vi.

Él estaba un poco más arriba de donde estaba yo, por eso al principio no lo había visto, pues yo, por la belleza del momento, solo podía mirar hacia el ocaso. Pero algo, un sonido, tal vez un movimiento, me llamó la atención y me giré. Y al verlo enseguida sentí que algo había logrado que ese atardecer en Florencia fuera la perfección en sí misma.

Era guapo, eso no hay ni que decirlo. Pero no era solo eso. Tenía algo que lo hacía irresistible. Su rostro podría competir con el del mismo David de Miguel Ángel. Su figura era igualmente perfecta y su presencia allí, apoyado en la barandilla y con el tono dorado que le prestaba el Sol, lo convertía en el centro de las miradas de todas las mujeres que estábamos allí.

Yo intenté disimular, cosa que algunas chicas jóvenes que estaban en un grupo no hacían, pero era tan atractivo que era difícil no mirarlo.

Y en un momento ocurrió algo. Él me miró, me miró fijamente. Yo, algo turbada, en un principio esquivé su mirada. Luego, al mirarlo de nuevo vi que él seguía con sus bellos ojos verdes clavados en mí y, en un gesto de coquetería extraño en mí, me atreví a mantenerle la mirada.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Seguramente solo fueron unos breves segundos. Pero en esos instantes yo sentí que él podría haber sido el hombre de mi vida. Su mirada me transmitió mucho más de lo que yo le podía pedir. Era la mirada de alguien inteligente, tranquilo, de alguien que sabe lo que quiere y que sabe luchar por ello. De un hombre con el que sabía que me podría entender, de quien confiar. Vi mi vida con él. Una vida feliz, apasionada.

No pude aguantar más y con un gesto de falsa indiferencia volví de nuevo mi rostro hacia el ocaso, hacia el Ponte Vecchio que recortaba su silueta sobre las aguas mansas del río Arno.

Disimulé un poco hasta que tomé de nuevo valor para volver a mirarlo. Pero al girarme ya no estaba. Miré hacia todos los lados y no lo vi por ningún sitio. ¿Por qué había tenido que dejar de mirarlo? –me lamenté.

–¿En qué piensas? –me preguntó mi marido que estaba a mi lado.

Le miré a los ojos y sonreí. Me fijé en su cara. El sol de la tarde le favorecía mucho y su camisa blanca resaltaban sus ojos azules y su tez morena.

–En nada –le contesté mientras apoyaba mi cabeza en su hombro–. En que te quiero.

Publicado la semana 49. 03/12/2018
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