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Javier Sánchez-Beaskoetxea

El escorpión

El sol me abrasa. Apenas puedo mover la cabeza un poco y la mitad de mi cara se hunde en la arena caliente. Tengo sed. Abro los ojos y la luz me quema la vista durante un rato. Por fin, para cuando mis ojos se ajustan a tanta claridad solo veo arena y un cielo azul. Arriba, se adivina la intensidad del sol.

No recuerdo dónde estoy. Bueno. Eso lo sé. Estoy en un desierto, pero no recuerdo cómo he llegado aquí. Intento sentir mi cuerpo, sus sensaciones, pero las únicas que alcanzo a notar son las de un agotamiento casi total, una sequedad extrema y una sed como nunca antes la había sentido. Debo de llevar mucho tiempo aquí, en este desierto, para sentirme tan hundido.

—Claro que estás hundido, llevas casi tres días aquí inmóvil.

¿Quién habrá dicho eso? Es como si me hubiera leído el pensamiento. Intento aguzar el oído, pero no oigo nada, salvo el viento arrastrando algo de arena hacia mi reseco rostro.

Algo me roza el brazo. Trato de girar la vista para ver qué ha sido, pero no puedo.

Otra vez. Ahora lo he sentido mejor. Algo se mueve por mi brazo, algo que me cosquillea en la piel y que sube hacia mi cara. Una leve sombra amarillenta aparece difuminada junto a mi ojo derecho. Poco a poco va tomando forma. Es como un palo puntiagudo que se mueve lentamente. Noto ahora el cosquilleo en mi mejilla, y luego en mi nariz.

Es un escorpión.

No me asusto.

—¿Y por qué te ibas a asustar? ¿Crees que puedes estar peor de lo que ya estás?

Me doy cuenta de que quien me está hablando es el escorpión. No sé por qué, pero no me sorprende. Me parece algo normal.

—¿Qué hago aquí? —le pregunto sin abrir mi boca.

—¿No te acuerdas? La caravana. El disparo. Tu sangre.

Trato de recordar, pero me es imposible.

—¿Qué disparo?

—Concéntrate en tu pierna.

Me concentro en mis piernas. La pierna izquierda no me dice nada. Está estirada encima de la arena. Solo noto el calor del suelo. La pierna derecha está ligeramente flexionada. Mentalmente la voy explorando. Empiezo por el pie, luego por el tobillo, sigo por la pantorrilla, la rodilla... Todo parece estar bien. Agotado, pero bien. Subo por el muslo y noto la tela de mi pantalón pegada a la piel. Y luego noto el dolor.

Ahora lo recuerdo. Al tratar de huir de la caravana alguien me siguió y me disparó en la pierna. Luego me dijo que no me iba a matar, que prefería dejarme aquí para que el desierto acabara conmigo. Y la caravana se marchó. Yo seguí unos kilómetros tratando de huir a duras penas de allí, hasta que perdí el conocimiento. Herido, sin agua, sin nada. Cuánto tiempo tardaría en morir.

—¿Entiendes ahora por qué no debes asustarte de mi presencia? Soy un espécimen adulto de escorpión de cola gorda, un Androctonus australis, uno de los escorpiones más venenosos de este desierto. Tal y como te encuentras ahora, una picadura mía sería letal para ti en cuestión de minutos, una hora como mucho. Una buena alternativa, ¿no crees?

Sí, lo creo.

Publicado la semana 47. 19/11/2018
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