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Si cierro los ojos puedo escuchar aún el sonido de las olas, de la gente chapoteando en la orilla, de los graznidos de las gaviotas, de los gritos de los vendedores de helados,… Seguramente es uno de los recuerdos de mi infancia que más vívidos tengo en mi memoria. Una memoria que ya empieza a fallarme, por desgracia.

Los días de playa en Coney Island eran lo mejor del verano. Cogíamos el metro en Flushing Avenue, en el centro de Brooklyn, donde pasaba los veranos con mi tía, pues mi madre en verano trabajaba en un hotel en las afueras y no podía estar pendiente de mí, y en una hora llegábamos a Coney Island. Luego nos quedábamos todo el día en la playa, y yo miraba con envidia a los demás críos cuando iban a las atracciones de Luna Park, como a la montaña rusa o a ver a los monstruos de la feria, la mujer barbuda, el bebé de dos cabezas, y cosas así. Al cumplir los trece o catorce ya dejé de ir con mi tía y pasaba los días con unos amigos que se dedicaban a holgazanear y a los pequeños hurtos por los barrios cercanos al nuestro.

Hoy llueve. Hace frío y no hay apenas nadie caminando por el boardwalk de Coney Island. Hacía muchos años que no había venido. Pero esta mañana, cuando he salido de mi apartamento de la calle 123, en vez de bajar a pasear por la parte norte de Central Park, sin una razón determinada, he entrado en el metro y he venido hasta aquí.

Nada más salir de la estación de Coney Island y empezar a caminar hacia la playa, multitud de imágenes y sonidos me han venido a la cabeza. Es curioso cómo se quedan arraigados en nuestra cabeza algunos recuerdos mientras somos incapaces de acordarnos de muchas otras cosas.

Aquel día empezó de forma extraña. Arthur y el resto de los chicos decidieron explorar un poco la zona de las atracciones. No teníamos dinero, pero en un golpe de suerte logramos birlar un billete de veinte dólares de la caja de la montaña rusa sin que nos vieran. Toda una fortuna para cinco delincuentes quinceañeros.

Lo primero que hicimos fue comprar unas hamburguesas y unos refrescos. Luego, con la tripa llena, fuimos gastando el resto del dinero en las atracciones. Para cuando nos dimos cuenta, solo nos quedaban dos pavos y nos faltaba por visitar La Casa del terror.

–Solo podemos sacar cuatro entradas –dijo Arthur, que siempre actuaba como el jefe porque era el mayor por unos meses. –Así que tú, Richard, te quedas fuera.

Siempre me pasaba lo mismo. Como yo era el más pequeño, por unos meses, era el primero en ser descartado de todos los planes. Por mucho que protestara era igual, así que ni discutí esa vez. Arthur y el resto sacaron sus entradas y se metieron en La Casa del terror.

Entre los chicos de Nueva York corría la historia de que en esa atracción solían desaparecer algunos niños y que se encontraban semanas después sus cuerpos en Central Park. Los cadáveres, se decía, siempre tenían buena pinta, como si no estuvieran muertos, sino dormidos. Salvo por el pequeño detalle de que a todos les faltaban las puntas de los dedos meñiques de las dos manos.

Bueno, solo eran historias para asustar a los más pequeños. En realidad, ninguno de nosotros creía en esas bobadas. Pero, en cierta forma me alegré de quedarme fuera en esa ocasión.

No volví a ver a Arthur y a los demás nunca más. Durante el resto del verano todas las mañanas corría hasta el buzón de los periódicos para ver si publicaban la noticia de la aparición de sus cadáveres mutilados en Central Park. Pero nunca se publicó nada al respecto. No sé si sus familias les echaron de menos, porque, la verdad, no sabía ni dónde vivían exactamente. Siempre me encontraba con ellos en un viejo callejón, y nunca estuve en ninguna de sus casas ni vi a ninguno de sus padres. Por supuesto, no le dije nada a mi tía, porque si se llega a enterar de que me relacionaba con ese tipo de chavales me hubiera dado una paliza y se lo hubiera dicho a mi madre, y la paliza de esta hubiera sido aún peor.

Aquel verano no me acerqué más a Coney Island salvo un par de veces con mi tía para ir a la playa. Mientras ella tomaba el sol, yo miraba hacia las atracciones esperando siempre ver a los chicos. Pero nunca les vi.

Después, el tiempo hizo que les olvidara. Hasta hoy.

¿Desaparecieron en aquella atracción de feria? ¿Lo hicieron a propósito para darme esquinazo y deshacerse de mí? Quién lo sabe. Ya me da igual.

Publicado la semana 45. 05/11/2018
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