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42
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–Rápido. No hay tiempo –me grita mientras me tira de la manga de la chaqueta para que le siga. El reloj del 200 de la Quinta Avenida marca las cinco y veinticinco de la tarde. Ya es de noche y llueve. El frío me cala los huesos. No tengo ganas de pensar, así que me pongo a correr detrás de él en dirección norte por la Quinta.

Mientras esquivo a duras penas a la gente y a los paraguas, me da tiempo a echarle un vistazo a este desconocido que me apremia más y más a no dejar de correr. Es un tipo extraño. Yo diría que no es de la ciudad, su acento parece del sur. Es más bien alto, delgado y tiene el pelo rubio, pero está empezando a quedarse calvo. Cojea un poco de la pierna izquierda al correr.

De todas maneras, su aspecto no es muy llamativo. Es un tipo normal, como casi cualquier tipo que te puedes encontrar en Nueva York un miércoles de finales de noviembre a la hora de salir de las oficinas. Viste un traje gris, no demasiado moderno, algo raído por el tiempo. Lleva una gabardina oscura desgastada por el bajo y unos zapatos que en sus tiempos debieron ser muy buenos para los días de lluvia pero que ahora están rotos. No lleva paraguas y se protege de la lluvia, además de con la gabardina, con un sombrero pasado de moda.

Lo que sí llama la atención es lo que lleva entre las manos. Bien sujetos, para no perderlos mientras corre, lleva dos paracaídas. Si no has visto nunca un paracaídas plegado, podrías pensar que lo que lleva solo son dos mochilas grandes. Pero yo escribí hace un par de meses un reportaje sobre paracaidismo en una revista, por lo que me queda muy claro que esas bolsas que lleva, con unas correas y un arnés, son dos paracaídas de salto base, los que se usan para saltar desde lugares elevados, como un acantilado o un puente.

–Vamos, corre más rápido o no vamos a llegar a tiempo –insiste mientras vuelve su rostro hacia mí con cara de preocupación.

Pocos minutos después llegamos al edificio del Empire State. El tipo de los paracaídas se detiene. Yo me detengo con él, jadeando. Pasan un par de minutos hasta que recuperamos el resuello. Luego me dice que le siga y que no diga nada. Saca dos tickets para subir al mirador del piso 86 y nos dirigimos a los ascensores.

En el control de seguridad el tipo coloca los paracaídas en el escáner y pasamos sin problemas. Al parecer, salvo los dos paracaídas, no lleva nada sospechoso ni peligroso para los guardas del control. Nos colocamos en la cola del ascensor y cuando nos toca nuestro turno subimos sin mayores preocupaciones rodeados de los pocos turistas que hay un día laborable en esta época del año.

Mientras el ascensor asciende a toda velocidad hasta el observatorio más famoso de la ciudad, intento comprender por qué he seguido a este extraño personaje hasta aquí. Le miro, y cuando él se da cuenta me hace un gesto para que me mantenga en silencio. No sé por qué, la verdad, pero creo que he hecho bien en seguirle. Creo que va a suceder algo importante, y no me lo quiero perder.

Por fin llegamos al piso 86. Sin perder tiempo cruzamos rápido los pasillos y salimos a la terraza exterior. Hay gente, pero no como en verano o como en Navidades. Damos una vuelta entera a la terraza, pero el hombre de los paracaídas no parece satisfecho y damos una vuelta más. Después se detiene, observa un momento a su alrededor, y se dirige a la cara sur del mirador.

Un grupo de turistas asiáticos está haciéndose unas fotos con la Torre de la Libertad al fondo. Una pareja de italianos se besa mientras se hacen un selfie con el móvil. Cuando se despeja un poco la zona, el hombre deja los paracaídas en el suelo.

–Póntelo, venga –me dice mientras me acerca uno de los paracaídas. Yo miro a los lados, temiendo que venga uno de los guardas de seguridad y me detenga por hacer algo que no sé ni lo que es. Pero cuando veo al hombre colocándose su paracaídas me queda claro que yo también he de hacerlo. En ese momento colocarme un paracaídas en lo alto del Empire State me parece lo más lógico y natural del mundo. Incluso me extraña que nadie más haya llevado su paracaídas para hacer lo mismo.

–Y ahora a saltar, casi no queda tiempo –me dice.

–¿Para qué no queda tiempo? ­–Me atrevo a preguntarle por fin.

–¿No lo sabes? El mundo está a punto de estrellarse. Hemos de saltar ahora.

Y en unos pocos movimientos nos subimos a la valla de seguridad antes de que los guardas se den cuenta y saltamos hacia Nueva York, una ciudad que mientras caemos empieza a desaparecer tragada por la tierra junto con el resto de la civilización.

Publicado la semana 42. 15/10/2018
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