Semana
39
Javier Sánchez-Beaskoetxea

El faro del fin del mundo

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Relato
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Había salido de mi casa varios años atrás, huyendo de los hombres, de la sociedad. Atravesé montañas y valles, selvas y desiertos. Encontré muchas formas de soledad. Pero ninguna era suficiente. Siempre alguien me encontraba, y entonces debía seguir huyendo. Siempre escapando, sin poder permanecer en un mismo lugar más de unos pocos meses.

Y ahora parecía que no iba a poder seguir. Rodeado de un paisaje de rocas áridas, y golpeado por un viento atroz e incansable, un inmenso mar oscuro se abría ante mí. Solo un faro se erguía alto, imponente, estremecedor, poderoso. Un faro que señalaba que incluso hasta allí llegaba la civilización. Era el fin, me dije. Y me detuve ante él.

Poco después salió un anciano del faro.

–¿Eres el farero? –pregunté.

–¿Acaso crees que algún otro podría vivir aquí, tan alejado de todo, en el fin del mundo? –me contestó–. Sí, soy el farero. El farero del faro del fin del mundo. No hay nada más allá de este lugar. Es el lugar más distanciado de la gente. Aquí solo estoy yo. Nadie se acerca, está demasiado lejos de todo.

Así que había llegado al fin del mundo. Mi viaje se había terminado. Ya no podría huir a ningún lugar más apartado.
Construí una pequeña cabaña junto al faro y me instalé allí. El farero no me dijo nada.

Las semanas siguientes pude comprobar que no había, en verdad, ningún lugar más apartado de todo, ya que salvo el farero, que no salía nunca de su torre iluminada, nadie se acercaba nunca a ese lugar. Solo el paso esporádico de algún pequeño barco por la costa nos hacía saber que la sociedad aún existía más allá de las rocas en las que vivíamos el farero y yo.

Pero yo estaba inquieto.

Sí. Era el lugar más lejano a todo cuanto existía, pero igual que yo había llegado hasta allí, tal vez alguien llegaría cualquier otro día. Y esa idea me inquietaba. Yo quería estar solo, solo para siempre.

Así que empecé a pensar.

–Tal vez haya algo más allá– me dije mientras miraba al horizonte del océano–. Tal vez pueda construir una embarcación y seguir mi viaje siempre en la misma dirección.

Pasaban los días y no podía quitarme esa idea de la cabeza. Incluso me atreví a llamar al farero para preguntarle si él sabía si más allá del mar habría otro mundo, un mundo sin gente, un mundo en paz, solo para mí.

–Ya te dije que éste es el faro del fin del mundo. No hay nada más allá de estas rocas– se limitó a contestarme y volvió a encerrarse en el faro.

No sabía qué hacer. Tal vez el farero tenía razón y era inútil navegar alejándome del mundo, pues solo me esperaba la muerte en el viaje hacia la nada. Pero por otro lado no podía alejar de mí la idea de que más gente llegara hasta el faro, invadiendo con su presencia el último reducto que me quedaba.

Finalmente me decidí. Construí un pequeño bote, recogí todo lo que pensaba que me sería útil para el largo viaje, y me preparé para marchar. Pensé en despedirme del farero, pero él estaba en su mundo y yo en el mío. Además, me vería marchar desde su torre. Para qué molestarnos el uno al otro.

Dormí por última vez en mi cabaña y al alba me eché a la mar. Desplegué la vela que me había confeccionado y me dejé llevar por el viento. Miré hacia atrás y vi cómo empequeñecía el faro más y más, hasta que dejé de verlo, hasta que dejé de ver el mundo.

Unos días después vi a lo lejos una vela. Una pequeña embarcación venía hacia mí en dirección contraria. “¿De dónde vendrá?”, pensé.

Mientras se acercaba vi que llevaba solo un tripulante, un hombre mayor de larga barba. Cuando ya estaba a mi lado el hombre me gritó.

–¿De dónde vienes? –me dijo.

–Vengo de un mundo horrible, donde la gente se odia y se mata, donde no hay paz –le grité–. Quiero huir de la sociedad maldita que he dejado allí atrás, en mi mundo y voy en busca de un lugar donde no viva nadie, donde pueda vivir solo. ¿Y tú de dónde vienes?

Se quedó un rato en silencio, como contrariado de mi respuesta.

–Yo también me alejo de la gente que he dejado allí –dijo mientras señalaba a su espalda, a la dirección a la que yo me dirigía.

Publicado la semana 39. 24/09/2018
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